De todo lo que perdimos en Chernobyl

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En portada y aquí, Ismael Martínez Biurrum, por Mireya de Sagarra.

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RAÚL ARGEMÍ

¿Qué es una novela fantástica? ¿En cuánto se aparta de la realidad? ¿Es fantasía la medalla que representa una gota de sangre radiactiva, la medalla de los “liquidadores” de Chernobyl, en poder de un rusito adoptado que vive en Madrid? ¿Por qué camino un escritor de un país como España, tan apegado al naturalismo, llega a jugar con lo imposible verosímil? Con estas preguntas en la faltriquera me reúno con Ismael Martínez Biurrun en la librería La Central, de Barcelona.

Ismael Martínez Biurrun –dos veces premiado con el Celsius de la Semana Negra de Gijón- acaba de publicar El escondite de Grisha, con Salto de Página, una editorial para tener en cuenta siempre.

RAÚL ARGEMÍ. Tu novela tiene un problema, es inclasificable. ¿Fantástica, de terror, novela sin más? Los libreros se van a volver locos.

ISMAEL MARTÍNEZ BIURRUN. (Sonríe) Sí, es un problema para los libreros, y los editores, que necesitan saber en qué estante la ponen. Yo cada día hago menos caso a los géneros, y no creo que un escritor deba preocuparse por eso.  Para mí lo fantástico es un espacio para mirar, más un modo de ver y narrar que un género.

R.A. Eso dice Rosemary Jackson en Fantasy: literatura o subversión. Un modo, una manera de ver que compara con los espejos de Jorge Luis Borges, que nos muestran, nos hablan de la realidad desde una imagen inversa o distorsionada, que impide que hurtemos la mirada. O sea El doctor Jekill y Mister Hyde, con la que Stevenson desnuda la represión sexual victoriana, cosa que no podría haber hecho desde el naturalismo realista. Y agrego: nos da la posibilidad de vernos en ese espejo.

I.M.B. Yo creo que hay dos clases de novelas. Las que hablan del mundo “exterior” y las que hablan de nuestro mundo interior; de quiénes somos. A mí me interesa leer y escribir del mundo interior. Entonces los recursos, la libertad de la fantasía, que tiene mucho de juego, de distracción, me permite reflexionar sobre las cosas que todos tenemos en común. Por ejemplo la relación padre-hijo. En El escondite de Grisha, sin que me lo hubiera propuesto, esa relación está presente de muchas maneras. Tanto en Grisha, que quiere saber quién fue su padre, como en los hombres que lo protegen como padres voluntarios. (Sonríe irónico) Hoy parece que las cosas están confundidas. Muchos padres aspiran a ser amigos de sus hijos, y eso no es así. El padre es padre y el hijo, hijo. Cuando uno es hijo está en la edad del protegido, cuando se es padre en la del que protege, y el tránsito de una edad a la otra es inevitable. Grisha es protegido, pero por su historia personal y por su edad, está haciendo el cambio hacia la otra categoría. Al fin, mi novela, fantástica o no, es una novela de tránsito hacia la madurez.

R.A. Resulta poco usual, entre los escritores y lectores españoles, el aventurarse en el terreno de la fantasía; combinar elementos reales con otros no tan reales, aunque sean verosímiles. ¿Cómo, por qué camino, llegas a jugar en este campo, en un medio tan reacio a la fantasía o la ciencia ficción?

I.M.B. Creo que la culpa la tiene el librero de mi barrio, que me recomendaba libros cuando era adolescente y leía mucho de terror. Por él conocí a Stephen King, a Lovecraft y a Ray Bradbury. Con Lovecraft entendí que el horror no se puede describir, que hay que apelar a una manera indirecta, porque el peor horror será aquel en el que se reconozca el lector. Y con Bradbury y sus Crónicas marcianas, que aunque la acción transcurra en el futuro y otro planeta, siempre estamos hablando de quienes somos cuando escribimos, o cuando leemos la historia. El último libro que he leído, de los que me gustan, es La fortaleza de la soledad, de Jonathan Lethem. Dos chicos de Brooklyn, con una vida dura, que de pronto pueden tener poderes de súper héroes. Lethem consigue el equilibrio entre lo real y lo fantástico en una narración creíble, que ahonda en el entorno social. Creo que, al fin de cuentas, lo fantástico tiene que ver con nuestros sueños, con el mundo onírico. Y nuestros sueños nos conmueven porque tienen raíces en nuestra realidad no soñada.

R.A. Esto no retrotrae a algo que dijiste antes: que no te habías propuesto trabajar sobre la relación padre-hijo, pero El escondite de Grisha se te llenó de padres e hijos. Tengo claro que cuando uno escribe, por suerte, no controla su inconsciente y de allí se escapan los personajes y los temas. En esta novela es muy potente la presencia de Chernobyl y los liquidadores. Esa gente que se quemó en los fuegos oscuros del reactor número cuatro. ¿Desde dónde te llega Chernobyl?

I.M.B. Cuando sucedió yo era muy joven, y creo que, aparte de las noticias, casi no me di cuenta de su dimensión. Pero en algún sitio me quedó grabado, esperando la oportunidad; oculto tal vez porque es muy amenazador. Hace poco, con el desastre de Japón, pasó lo mismo; fue noticia unos días, y luego olvidamos el desastre y los liquidadores japoneses, esa gente que, como en Chernobyl se sacrificó enterrando a punta de pala los residuos nucleares. Pero el olvido no es definitivo, esas cosas siempre vuelven, y un día se te aparecen y tienes que escribirlas. ¿Por qué? Tal vez porque el temor, la muerte, es patrimonio de nuestro inconsciente colectivo y termina por manifestarse directa o simbólicamente. Narrar desde la falta de límites de la fantasía me da la posibilidad de que lo real y lo simbólico o alegórico se intercambien en un mismo plano.

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El escondite de Grisha es una novela donde los fantasmas de los muertos persiguen a los vivos. Donde un niño doblemente huérfano se esconde por las noches en una biblioteca. Donde un niño llamado Grisha puede no llamarse Grisha, y los fantasmas, otra vez los fantasmas, de las radiaciones nucleares vuelven una y otra vez como lo que son, fantasmas de la muerte.

Ismael Martínez Biurrun es un escritor que hay que leer, porque recupera para sí la capacidad de emocionarnos como el mejor Bradbury. Porque puede decir, como en la última historia de Crónicas marcianas, cuando los niños preguntan dónde están los marcianos y el padre ve en el cielo el estallido de la Tierra: aquí están los marcianos, al tiempo que les muestra su reflejo en el agua.

¿Fantasía? Sí, como en los espejos del Callejón del Gato. Nosotros, nuestra imagen, apenas distorsionada.

 

 

EL ESCONDITE DE GRISHA

Ismael Martínez Biurrum

SALTO DE PÁGINA



Vida

Nacido en Pamplona en 1972, Ismael Martínez Biurrun es licenciado en Periodismo y trabajó como guionista antes de dedicarse en exclusiva a la escritura. Obtuvo el Premio Celsius de la Semana Negra de Gijón a la mejor obra fantástica de 2009 con su segunda novela “Rojo alma, negro sombra”, con la que también mereció el Premio Nocte de la Asociación Española de Escritores de Terror. Con “Mujer abrazada a un cuervo” obtuvo de nuevo el Premio Celsius en 2011. Ha participado con sus relatos en las antologías “Visiones” (AEFCFT, 2006), “Hombre Lobo” (451 editores, 2008) y “Aquelarre. Antología del cuento de terror español actual” (Salto de Página, 2010). Vive en Madrid, muy cerca de una biblioteca pública.

Obra

Infierno nevado (2006)
Rojo alma, negro sombra (2008)
Mujer abrazada a un cuervo (2010)
El escondite de Grisha (2011)