Knockemstiff

Donald Ray Pollock y (derecha) Kiko Amat

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Tiene que haber una vida mejor que ésta

El prólogo de Kiko Amat a Knockemstiff

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1. ¡Bienvenidos!

Bienvenidos a Knockemstiff, Ohio. Lo de «bienvenidos» es un decir. Nadie ha sido jamás bienvenido aquí, y los que vinieron no piensan en otra cosa que en marcharse. Pero ustedes ya están aquí (sin duda, por culpa de un error a la hora de mirar el mapa de carreteras) y, ya puestos, habrá que sacarle el máximo partido a esto; a Knockemstiff, Ohio. Pero tengo que avisarles de algo: una vez aquí, nadie consigue salir. Esto es para siempre. Esto es un agujero negro. Un cepo en forma de pueblo de mierda en medio de la nada que les agarrará los tendones y los sujetará de una dentellada metálica y oxidada; y sólo desgarrándose su propia piel, sólo dejando su tejido muscular atrás,podrían algún día abandonarlo. Es lo que tiene Knockemstiff, ése es uno de sus atributos (es un decir): su calidad de trampa atrapamoscas, su superficie imantada a base de sucesivos desastres y decepciones que se adhiere a la suela de los zapatos de uno y le impide dejar el pueblo, y todo lo que éste trae consigo, atrás.

Ustedes se preguntarán dónde está Knockemstiff, y la respuesta podría ser En Ninguna Parte, o En Todas, y aun otras podrían ser Qué Más Dará, o Menudo Agujero Ponzoñoso Es. Lo cierto es que Knockemstiff existe, y es muy posible que sea tan birria como se nos pinta aquí, pero aunque no lo fuera, y Knockemstiff fuese producto de la imaginación de Donald Ray Pollock, este pueblo de Ohio podría ser una representación fiel de todos los pueblos de su calaña que hay en Estados Unidos. Y también en Rusia, y en la meseta castellana, y en medio del Prepirineo catalán, y en cualquier parte donde existan el aislamiento, el analfabetismo, la desesperación, la vergüenza, la culpa, la violencia, el miedo, un clima arbitrario e impenitente, industrias altamente encenagantes y destroza-cosechas y un montón desmesurado de cápsulas de anfetamina y esteroides sin receta administrados a tutiplén.

Knockemstiff, a su vez, con la cursiva atada al cuello, es el libro de cuentos que ahora sostienen en sus heladas manos. El eje alrededor del cual éstos giran es el mencionado villorrio de Ohio del mismo nombre; un culo-de-mundo (ya lo hemos dicho) de la América más profunda al que nadie llega por casualidad, ni loco, y lejos de cualquier centro de actividad cultural, industrial, lúdica o económica. Como sucede en la vida real en los pueblos de piedra y hueso, no hay acto de ninguno de los habitantes de Knockemstiff que no haya pringado a sus vecinos de uno u otro modo, y en consecuencia los relatos están entrelazados y los personajes se repiten de un cuento a otro, realizando cameos inquietantes, o reapareciendo años después (hechos una ruina), o en cuentos precuela (cuando aún no estaban hechos una ruina, pero todo apuntaba hacia ese final). Pero hablaremos de esto —de la coda, de la familiaridad que despierta en el lector la permanencia persistente de los habitantes de este zurullo-de-Dios— más adelante.

De momento digamos que Knockemstiff, el libro, habla de las cosas que pasan en un sitio donde no pasa nada pero donde todo el rato pasan cosas. Cosas tirando a malas, la verdad. Los personajes que lo pueblan, y que luego les describiré en detalle, son gente desesperada (de forma pasiva algunas veces, de forma activa otras), fracasada, hundida, sucia, estigmatizada por el Altísimo (son el perfecto opuesto de El Pueblo del Señor) y sin posibilidad alguna de redención.

Esto hace de Knockemstiff, sin duda, El Gran Libro sobre la white trash estadounidense: la basura de los trailer parks, la generación teleadicta, los culturistas atiborrados de esteroides (con corazones del tamaño de pollos) que sufren infartos y se cagan en los pantalones, las madres solteras y chainsmokers, los cheques gubernamentales por accidentes laborales y un montón auténticamente escandaloso de drogas (más sobre ellas más adelante) cuya ingesta busca desesperadamente un camino de evasión de la espantosa realidad. Casi nadie, y mucho menos Chuck Palahniuk, había logrado retratar al más extremo lumpen aldeano yanqui de un modo tan crudo, real, sincero, poco afectado y, a la vez —sin caer en la condescendencia—, compasivo. Pues, así como al mencionado Palahniuk se le suelen intuir los hilos, y casi lo imaginas apuntando en su libretita «hechos extraños» sobre gente que le importa un bledo para luego tratar de impresionarnos en las novelas, Pollock posee la fuerza Fante-Bukowskiana (o Selby-Algreniana) de LA VERDAD. Una verdad insular y silvestre y deteriorada a fuerza de intenso inbreeding (o sea, primos casándose con primas y gestando excepcionales bastardos de impureza casi total) que sólo grandes mártires de la literatura working class americana como Harry Crews —en sus insuperables A Feast of Snakes o Car— o los citados Hubert Selby o Nelson Algren habían logrado tocar. Una gran verdad, sí, aunque duela.

Porque, después de todo, ¿cómo no contar La Verdad? Knockemstiff es su pueblo natal, y sus habitantes son el tipo de gente que Pollock conoció. Aunque estén ficcionalizados, su germen es bien real. Y, pese a su demostrable y extensa lista de defectos y minusvalías emocionales —por no hablar de los actos delictivos o detestables en los que se involucran—, el autor los ama. En cierto modo. Como dijo Nelson Algren: «I like these people in my book». Pese a que fuesen adictos, víctimas de abusos o abusadores, medio retrasados, rústicos y cafres como ellos solos, demenciados tras años de copular únicamente con herbívoros, escoria escorada que se encamina palo a palo, cápsula a cápsula, violación a violación y cartón de vino a cartón de vino hacia su nada épico final. «Mucha gente tiene la impresión equivocada de que tocar fondo tiene algode romántico o trágico», sentencia el propio autor en uno de los cuentos, y nunca nadie ha tenido tanta razón. Porque, aunque Walter Jackson cantara aquello de «It’s an uphill climb to the bottom», quizás la mayoría de las veces no sea así, y la caída (en lugarejos como Knockemstiff, Ohio) es algo hacia lo que te deslizas sin esfuerzo, un tobogán de ignominia y desastre alisado por una generación tras otra de culos pertenecientes a tetrapléjicos emocionales, lamentables losers patológicos y fuertemente armados y huérfanos a la deriva que parecen componer el grueso de sus habitantes. Y esa caída, la suya, es una caída sin aspavientos, como la de una burbuja que se va precipitando lentamente hacia la acera y que cuando explota lo hace con un inaudible y anticlimáxico plop.

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2. Fatalidad y vergüenza

Hay varios temas importantes recurrentes en Knockemstiff, pero el más relevante es el de la fatalidad, el destino manifiesto de color gris-ciénaga, la inevitabilidad del desastre sordo y turbio. La gran mayoría de los cuentos del libro hablan de vidas destrozadas, sí, pero peor aún, de la incapacidad de estas vidas para efectuar un viraje hacia pastos más verdes. En cierto sentido, esto es el anti-Spanbauer y el anti-Jim Dodge. Porque aquí nadie es bueno, y los que lo son es porque son medio retrasados mentales. ¿Y aquellos que lo habían sido? Bien, la vida les ha hecho torcerse, así que dejaron de serlo y pasaron a engrosar la lista demográfica de Malos Sin Compasión. Y así, frase a frase, golpe a golpe, el autor incide en la obcecada negación de la redención y de la posibilidad de escape que comparten todos estos infortunados, tiñosos, diarreicos y anémicos palurdos con prótesis dentales de pésima calidad «Como éramos quienes éramos, ya sabía lo que íbamos a hacer  ». Y este hecho es, me temo, real como la vida misma en cochinos lugares como Knockemstiff. Esto es la working class más lumpen y lo que le sucede cuando le arrancas todo lo que vale la pena en la vida y tapias con cemento su única vía de escape.

Pero no, déjenme refrasear lo que acabo de decirles: el problema no es que no exista ningún camino para salir de Knoc kemstiff. Es mucho peor: hay una minúscula rendija de esperanza, pero nadie es capaz de meterse por ella. Nadie la dis tingue, siquiera. Es la característica de Pueblo Como Trampa que les comentaba en el primer párrafo. La mayoría de los personajes de Knockemstiff (Bobby, Todd…; luego hablaré de ellos) fantasean con irse, pero —a la manera de los héroes griegos y los de todas las sagas épicas desde entonces— se encuentran encadenados a su destino. La diferencia estriba en que, siendo palurdos bizcos y sifilíticos y bobalicones como son, su destino no es luchar contra sirenas o gigantes de un solo ojo, sino contra accidentes laborales mutiladores, hígados quejumbrosos e hinchados como bebés, pegamentos químicos de sorprendente capacidad estupefactiva, padres con querencia por la extrema agravación física, madres maniatadas a la disciplina de televisor-con-botellón-y-donuts, y un largo y ciertamente nada glorioso etcétera. Y por ello Knockemstiff vuelve en cada una de sus historias al final del Billy Liar de Keith Waterhouse, a la razón por la que aquella dulce y agria novela inglesa —un libro que, por lo demás, no se parece en nada a éste— se tornaba de repente auténticamente amarga: la patente incapacidad de su protagonista para abandonar una vida que —de tener algo él más de valor, o menos cicatrices en el al ma, o menos lazos de sangre estrangulándole el futuro— el lector percibía como perfectamente evadible. Y ese lector, a la usanza de las abuelas antiguas cuando aparecieron los primeros largometrajes, se encuentra de repente chillándoles a los malhadados zopencos de esta obra: «¡Pero vete ya, gilipollas! ¿Qué te impide hacerlo, anormal?». Injustamente, me dirán ustedes; pero es que estas cosas exasperan, más aún cuando uno nació en un pueblo (no similar, nunca similar a éste) y no podía esperar a cumplir los dieciocho para largarse de allí cagando leches. Aunque fuese al servicio militar. Porque cualquier cosa, y quiero decir cualquier cosa, es mejor que quedarse en el pueblucho.

La moraleja subyacente en cada patético intento de abandonar el pueblo queda firmemente instaurada por el autor mediante dos tipos de cuentos. En el primero de dichos tipos, alguien trata de poner pies en polvorosa y la cosa sale espantosamente mal; como en «El destino del pelo», la historia de un teenager a quien su padre —un bruto ultraviolento de aquí te espero— pilla haciéndose una paja con la muñeca favorita de la hermana. El adolescente se ve obligado a huir de casa (después de que el padre, como primera medida pedagógica, le haya rasurado la melena con un cuchillo de carnicero) y, haciendo autoestop, lo recoge un camionero con pinta de cowboy venido a menos. En una novela de Tom Spanbauer, por poner un ejemplo, este camionero representaría algún tipo de antítesis del berzas pater familias, y su existencia (su bondad) indicaría que incluso en el más extremo y violento de los finales se entrevé la esperanzadora lucecita de Un Futuro Mejor. Pero esto no es Spanbauer, ingenuos lectores, y Pollock no nos dejará escabullirnos del cepo ilegal tan fácilmente: el camionero del cuento resulta ser un gordo asqueroso con los pinreles putrefactos (al chico «casi le tiró de espaldas el olor a podrido que emanó de sus pies arrugados y morados y que llenó la sala diminuta. Le recordó al del cubo para el vómito que su madre ponía junto al sofá siempre que el viejo se iba de juerga») que le da a tragar unas cuantas anfetas. Y que luego, ya en su desvencijada y repugnante cabañucha, sugiere que el chico se ponga una peluca rubia, que, cómo no, había pertenecido a la madre muerta del cowboy. Y nuestro protagonista se encasqueta la peluca encima del cuero cabelludo lleno de costras infectadas. Y lo otro ya se puede imaginar. Al lado de esto, Lars von Trier y Michael Haneke parecen Frank Capra y Walt Disney bailando una polca. En otro cuento, «Bactine», se hace hincapié en el mismo destino laberíntico de atrofia y cáncer: «Cuando iba por allí, siempre me encontraba con los cobradores de facturas y con las desventuras de mi pasado, mientras que cualquier esperanza de un futuro que mereciera la pena vivir se alejaba dando vueltas y más vueltas».

El segundo tipo de historia es la que representa «Píldoras» (en mi opinión, uno de los cénits de la obra). Relata el noperiplo en el que encontramos a dos jóvenes, Frankie Johnson y Bobby, tras haber robado 240 anfetas y en pleno gran plan Vámonos a California, Beibe. Por supuesto, nunca llegan allí, para empezar porque ni tan sólo consiguen abandonar la hondonada de Knockemstiff. Se pasan día tras día despiertos, perdiendo la razón, fundiéndose todo su cargamento de esti  mulantes en sus propios apetitos, follando con tías retrasadas y circulando temerariamente en coche para terminar atropellando a un pollo (que luego Frankie se come medio crudo, el muy majara). En el último párrafo observamos atónitos cómo, contra todo pronóstico, Bobby sí abandona a su pardner y —con 50 cápsulas en el calcetín— empieza a andar hacia quién sabe dónde (¿California? Permítannos dudarlo). Y, aunque he tratado de pretender que «Píldoras» representa una modalidad de cuento, como si se tratase de algo común, lo cierto es que es el único que termina con un final vagamente esperanzador para, al menos, uno de los protagonistas (pues a Frankie Johnson volvemos a encontrarlo en cuentos posteriores, hecho una demente birria infrahumana): «De pronto supe que todas las cosas chungas y jodidas que me habían pasado en la vida ya no volverían a sucederme jamás. [...] Para cuando salió el sol por la mañana me pareció que toda la vergüenza y el miedo que había llevado siempre dentro acababan de arder como un montón de hojas muertas». El lector respira aliviado, si bien por un instante que resulta fugaz como un flash. Como un subidón de popper, e igualmente estéril y árido.

Y esto nos lleva a otro tema recurrente de la novela: la vergüenza, auténtico motor vital de la muy ilustre villa de Knockemstiff, Ohio. Pollock habla en cierto momento de un motel como de «uno de esos estercoleros donde siempre suceden cosas que nadie quiere admitir que han pasado», y la definición podría extenderse a este enrarecido municipio. La vergüenza puede venir por vía de la propia miseria, o por el lastre del pasado, o por la sicótica familia de uno, o por el desquiciante presente en el que se encuentran los extraviados paseantes de los cuentos. Pero, vergüenza y asco, siempre. Por el hijo que no pelea como un hombre. Por el padre que vomita el hígado todas las noches en la puerta del bar de Hap. Por la mujer inmunda y de sempiterna chandalidad con la que nos casamos. Por el imbécil inerte y babeante al que llamamos «marido», y que nos embarazó —borrachísimo de whisky barato— a la segunda cita, en el roñoso asiento trasero de su sedán. Por la hu millación a la que nos somete cada jornada el malnacido del capataz (que, además, resulta que se está beneficiando a la gorda aliento-de-prepucio de nuestra esposa). Por estar al lado del letrero del pueblo echando tragos a una botella de algo que serviría para desinfectar bodegas de navíos, habiendo olvidado (peor: sin siquiera haber pensado nunca) que algo mejor po día pasarnos; que, como cantaron Biff Bang Pow!, tiene que haber una vida mejor que ésta. Algo mejor. Y eso no debería ser difícil, porque, ya dijimos, cualquier cosa es mejor.

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KNOCKEMSTIFF

Donald Ray Pollock

LIBROS DEL SILENCIO



Vida

DONALD RAY POLLOCK:
Nacido en 1954, Donald Ray Pollock creció en Knockemstiff, una hondonada al sur de Ohio convertida hoy en un auténtico pueblo fantasma. Dejó el instituto a los diecisiete años para trabajar en una planta cárnica y, más tarde, en una fábrica de papel en la que estuvo empleado durante treinta y dos años. En 2009 se graduó en la Universidad Estatal de Ohio y sus textos han sido publicados en numerosos periódicos y revistas. Con su primera antología, Konckemstiff, logró el premio PEN/Robert Bingham o el Devil's Kitchen, entre otros. Traducido a tres idiomas, sus cuentos han logrado el aplauso de la crítica.

KIKO AMAT:
Nacido en Sant Boi, Barcelona, en 1971, Kiko Amat se declara escritor accidental, periodista cultural sin carrera, anglófilo militante y apasionado fan del pop. Abandonó los estudios a los 17 años para dedicarse de lleno a ser mod adolescente (y medio skinhead por roce) en el extrarradio barcelonés de los 80’s, publicando un fanzine tras otro, bailoteando northern soul y llevando zapatos de hermosura incuestionable. Para alimentarse mientras hacia todas estas cosas no le quedó otro remedio que aceptar los más variopintos empleos: camarero de banqueting en un hotel de Londres (ciudad en la que residió durante 5 años), recepcionista de camping, operario de la cadena de montaje de SEAT y dependiente de una tienda de discos en el Soho londinense. En la actualidad escribe de forma regular para el suplemento Cultura/S de La Vanguardia y la revista Rockdelux, y coedita el fanzine + blog La Escuela Moderna. También pincha ocasionalmente discos raros y bonitos con su colectivo Hungry Beat. Su tercera novela, Rompepistas, fue premiada en 2009 por la Unión Fonográfica Independiente como Mejor Obra Literaria, y declarada mejor novela en los Premios Mandarache 2010 de Cartagena. Además de una cuarta novela, está preparando la publicación Mil Violines, una colección de ensayos semibiográficos sobre canciones pop y humanos prevista para mediados del 2011.

Obra

DONALD RAY POLLOCK:
Konckemstiff (Libros del Silencio, 2010)

KIKO AMAT:
El día que me vaya no se lo diré a nadie (Anagrama, 2003); Cosas que hacen BUM (Anagrama, 2007); Rompepistas (Anagrama, 2009)