El cazador de ratas

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Kike Ferrari.

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When you hunt predators,
the best camouflage is weakness.
Andrew Vassch

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I

—Mirá –dice Estrella, las manos en jarra en la cintura estrecha, la diminuta cartera colgada en bandolera, el flequillo rubio ceniza caído sobre el rostro joven y ajado, las tetas enormes sin las cuales parecería un muchachito esgrimidas como una amenaza– antes de empezar, me das la guita. No me saco ni una media si no veo la guita antes.

Son años en el oficio y aprendió a tratar con clientes difíciles: redentores o enamorados, borrachos o impotentes, machos o simples ventajeros, todos con una característica en común, la única característica que un cliente no puede tener: negarse a pagar. Y aunque en este caso es apenas diferente, algo sigue igual: una cosa por otra, ese es el acuerdo.

—No seas malo, papito, ¿dale? –agrega suavizando el tono.

El tipo –que dice llamarse Radhen, viajante de comercio, cuarenta y cuatro años, separado, padre de dos hijos– sonríe y se recuesta en la cama. Es del estilo macho ganador pagado de sí mismo. Y se tomó dos o tres ginebras más de las que le aguanta el cuerpo. Repite, sonriente desde la cama, un refrito de estupideces que Estrella ya escuchó muchas veces de otros como él. Ilusos, imbéciles, soberbios de 25 centavos.

El asunto empezó un rato antes en el Hameln.

El tipo que dice llamarse Radhen bebía en silencio y miraba a las chicas desnudarse a través del espejo de la barra, sin darse vuelta, viéndolas aparecer y desaparecer entre las botellas polvorientas, cuando sacó un cigarrillo, se lo puso en la boca escondida tras la espesa mata de su barba, y lo prendió con un encendedor de plástico verde.

Estrella se acercó a pedirle fuego y ofrecerle compañía.

—Hola, forastero –dijo–. ¿Me invitás una copa?

Mientras le tomaba la mano que sostenía el encendedor verde –una mano de uñas prolijamente cortadas pero un poco sucias, de piel suave con algunas rugosidades alrededor del dedo pulgar– y la acercaba a su propio cigarrillo.

El tipo le hizo un gesto al camarero para que se acercara y tomara la orden.

—Un destornillador.

—Otra –agregó el tipo que dice llamarse Radhen, alzando su copa vacía.

Por un rato charlaron, entonces, contándose historias dudosas, entre caricias cada vez más calientes, cigarrillos fumados a medias y las copas –ginebra y jugos que se pretendían tragos– que Estrella pedía cada unos pocos minutos y Radhen pagaba sin protestar. Después de la cuarta o quinta ronda, ella se acercó y le preguntó en un susurro si la iba a llevar a algún lado.

—Ando con ganas de acción y charlar con alguien como vos me puso a tono.

— ¿Cómo yo, cómo?

—Alguien de la ciudad, ¿viste?, distinto, no como todos estos paisanos brutos.

— ¿Cuánto? –preguntó el tipo que dice llamarse Radhen y apagó el cigarrillo contra la madera de la barra.

Estrella dijo un número.

—Si te alcanza media hora, claro.

Se llevó la mano a la boca, como si la última frase la hubiese avergonzado, y dijo otro número, un poco más alto.

—Por esa plata podemos ir a una habitación, tomarnos una copa más y soy tuya por el resto de la noche –agregó.

El tipo que dice llamarse Radhen la miró una vez más y subieron a uno de los cuartos.

Ahora suspira, Estrella.

Parada frente a la cama y al lado de la mesa de luz, donde un velador pequeño ilumina apenas el ambiente roñoso de pisos de madera, repite: la guita.

—Dale, nena, si yo sé que te gusto. Si los dos conocemos el verso. ¿O te creés que este es el primer barulo de pueblo en el que paro? ¿Te creés que no vi cómo me mirabas? Si soy el único hombre en este boliche de mierda lleno de viejos pajeros. ¿O te creés que no sé que con todas las copas que me hiciste pagar allá abajo tu tarifa ya está cubierta? Dale, vení para acá, déjate de joder.

Estrella sopla el flequillo que le cae sobre la frente y alza por un momento la vista hasta el aleteó lento del ventilador de techo que remueve el aire caliente.

—Claro que te tengo ganas, papi, –insiste Estrella con tranquilidad y una firmeza cachonda– pero esto es un trabajo y llegamos a un acuerdo: lo cumplís o me voy, sin opciones…

— ¿Qué trabajo, si todavía no hiciste nada, caramelo? Vení, te digo, te hago acabar dos veces, por lo menos, vas a ver –la interrumpe el tipo que dice llamarse Radhen.

—Dale, te busqué a vos porque parecías distinto.

—Sí, seré todo lo distinto que vos quieras, pero mirá cómo estoy.

El tipo que dice llamarse Radhen se agarra el sexo con una mano en la que se hinchan las venas y una cicatriz rugosa que le rodea el pulgar, y larga la carcajada. Ella también sonríe.

—Dale, papito, ya te dije, pasan cosas muy feas cuando uno no cumple…

— ¿Qué? –se levanta de la cama Radhen, frunciendo el ceño, envalentonado por el deseo y la ginebra– ¿me estás amenazando vos a mí? ¿Vas a llamar a alguno de los grandotes? ¿Eh?

La empuja. Estrella trastabilla sobre los tacos altos y va a golpear contra la pared. Estira los brazos hacia los lados, en un intento de recuperar el equilibrio, pero cae sobre sus rodillas. Enseguida un movimiento veloz y hace aparecer un .38 corto que ocultaba en su cartera diminuta.

Apunta, con el pulso firme, al estómago de Radhen, que se pone lívido. Sabe, pese al deseo y la ginebra, que sobrepasó un límite. Teme, por un momento, terminar sus días, después de tantas idas y vueltas, en un roñoso prostíbulo de provincias. Balbucea una disculpa torpe.

—No…yo… no…–dice.

—No pasa nada, no te preocupes. Ya sé. Fue un momento de nervios, nomás. Vos no me quisiste empujar ni yo te quiero disparar. No te estaba amenazando, ni iba a llamar a nadie. Ahora empecemos de nuevo y vamos a pasarla bien, ¿te parece? –le calma Estrella sin dejar de apuntarle– pero primero necesito que me des la plata, ¿dale?

Radhen saca de uno de sus bolsillos tres billetes arrugados y los deja sobre la mesa de luz.

—Mirá –dice Estrella mientras vuelve a guardar el .38 corto en la carterita, aunque no la suelta–, hagamos una cosa: pidamos una cerveza, charlemos un rato y nos tranquilizamos un poco.

Hace una pausa en la que se humedece apenas los labios con la lengua, apoya su mano en el pecho del hombre, deja bajar la caricia hasta llegar al sexo tenso y, en un tono un poco más grave, agrega:

—Después me rompés toda, papi. Toda.

El deseo vuelve a apoderarse del tipo que dice llamarse Radhen que, olvidado del miedo, la abraza y le aprieta el culo con las dos manos. Estrella aprovecha la cercanía y le susurra en el oído:

—Pará, pará.

Se deshace del abrazo, aunque sigue muy cerca.

—La escenita de recién me angustió un poco, mejor nos tomamos una cerveza fría, nos fumamos un pucho y te cuento una historia. Así calmamos los nervios. Si no, no me voy a poder concentrar. Y no sabés las cosas que soy capaz de hacer cuando estoy concentrada… –dice.

—Bueno, pedí, nomás –responde el tipo que dice llamarse Radhen. Prende un cigarrillo y le da una pitada. Después se desploma en la cama.

— ¿Qué me vas a contar? –pregunta, pasándole el cigarrillo.

—Tranquilo, papi –dice Estrella.

Levanta el teléfono y hace el pedido mientras guarda en su media los billetes arrugados que la esperaban sobre la mesa de luz.

Pasan un par de minutos, fumando en un silencio tan sólo interrumpido por el ronroneo del ventilador. Cuando llega la cerveza, Estrella sirve los dos vasos, propone un brindis y, para dejar claro que la tensión pasó, va a dejar la carterita al perchero que hay detrás de la puerta.

Después se sienta en el suelo, frente a la cama, y empieza a contar.

—Yo tenía cinco años –dice.

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II

Con lo muy distintas que puedan parecer, hay cosas que todas las ciudades tienen en común.

Redes de prostitución, por ejemplo.

Un deporte que ocupa las primeras planas de los diarios.

Dos o tres orgullos, diez o doce vergüenzas.

Prohibiciones. Taxistas que saben donde conseguir cosas.

Mercado negro.

Polución sonora.

Un argot, slang, lunfardo; algún sub-lenguaje propio.

Sobrepoblación. Hipertrofia.

Compartimentación social: fortificaciones para ricos, guetos de pobres y, más allá, un amplio espacio donde la clase media cree que es libre.

Bares secretos. Monumentos inútiles. Arrabales perdidos.

Policía. Corrupción policial.

Pero, por sobre todo, ratas.

Miles, millones de ratas, como una guerrilla subterránea y clandestina, alimentándose de nuestras heces y desechos, recorriendo nuestros kilómetros de cloacas, mordiendo nuestros cableados y cañerías corroídas por el óxido, agujereando paredes, fornicando.

Reproduciéndose.

Ratas pequeñísimas y hambrientas, lauchas, ratones. Acechando.

La rata parda o Rattus norvegicus. La rata negra o Rattus rattus. Trabajando juntas. Voraces.

Ratas gordas y grises, con largas colas como látigos siempre sucios, con ojos pequeños y brillantes. Con dientes. Amarillentos dientes afilados. Ratas que creemos que podemos conjurar con un gato mimoso que come alimento balanceado y duerme en nuestra cama o con algún veneno que nos venden desde la televisión como infalible y que no daña sus plantas.

Pero no hay nada que hacer. Ellas siguen ahí, como desde hace más de un millón de años.

Un latente ejército invasor.

Una plaga en la oscuridad.

La verdadera mayoría silenciosa.

Por ejemplo, en el DF mexicano hay cien millones de ratas. En Moscú, más de trescientos.

En Guayaquil, hay treinta ratas por persona, al igual que en Montevideo. En Tokio, cuatro. En Buenos Aires, ocho. En Madrid, tres.

En New York hay ciento cincuenta y ocho ratas por metro cuadrado. Aproximadamente. Una o dos menos que en Barcelona, donde quizá estés leyendo esto.

Lo dicho: una guerrilla subterránea y clandestina, un latente ejército invasor fornicando y reproduciéndose.

Y sin embargo se puede vivir toda una vida en cualquiera de estas ciudades y nunca ver una. Porque, después de tanto tiempo, hay un pacto tácito entre ratas y humanos, en el que unos no se empeñan demasiado en la cacería y las otras siguen ocultas en las sombras. Invisibles.

Hasta que ese acuerdo se rompe.

Y pasan cosas muy feas.

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EL CAZADOR DE RATAS

Kike Ferrari

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Vida

Kike Ferrari nació en Buenos Aires en el gris invierno de 1972, lo que debería explicar varias cosas. Pasó su infancia, adolescencia y primeras aventuras en el barrio de Almagro; después el camino fue más azaroso. Desde 2003 tiene la entrada prohibida a los Estados Unidos, donde vivió casi cuatro años. Marxista-salgariano, rockero de la subespecie metálica y lector omnívoro con preferencias por el género negro. Con cinco libros publicados y cuatro premios en su haber, empieza a pensar que puede escribir. Quizá por eso ofrece talleres de narrativa: en una fábrica recuperada que produce bajo control obrero y en un instituto de menores en conflicto con la ley.

Obra

Operación Bukowski (novela, Buenos Aires, 2004)
Entonces sólo la noche (cuentos, Buenos Aires, 2008)
Lo que no fue (novela, La Habana, 2009)
Postales Rabiosas (artículos, Buneos Aires, 2010)
Que de lejos parecen moscas (novela, Madrid 2011)