Una lectura crítica
de Nueva York,
8:45 a.m.

LUCÍA LIJTMAER

El 11 S cambió el mundo. Bueno, a nosotros no nos lo cambió de verdad porque no estamos en Abou Ghraib, pero sí, presupongamos que la cadena de atentados en Nueva York y Washington no solamente marcó el inicio del siglo XXI, sino que realmente cambió el mundo como lo conocemos. Esta premisa es posible por una imagen y una mirada. La imagen es la de un 767 entrando en una torre como un cuchillo caliente en mantequilla. La mirada es la nuestra, occidental, que establece la premisa de que esa es nuestra civilización. Que ese es un ataque a nuestro mundo. Y que nuestro mundo cambia.

Entonces entra el relato.

Ante el décimo aniversario del cambio de nuestro mundo (o no) una buena opción es leer Nueva York, 8:45 a.m., la tragedia de las torres gemelas y la muerte de Bin Laden, que recopila los premios Pulitzer otorgados a periodistas del NY Times y el Washington Post por su cobertura del 11S y sus consecuencias directas. Ahí están trabajos encomiables premiados por su labor conjunta en periodismo de investigación, reportaje nacional, noticias de última hora y noticias de interés público. Son excelentes trabajos, no únicamente por su calidad, sino también porque contienen varias ‘marcas’ de excelencia: Pulitzer, NYTimes, Washington Post. Bob Woodward, Judith Miller -hasta 2004 por lo menos-. Pero no hay que dejar que esas marcas ensombrezcan la realidad en la mirada del lector.

Porque si el 11S cambió o no el mundo, lo que sí es irrefutable es que la mirada ha cambiado. El lector no es el mismo que era ese 11S, ni siquiera el mismo que fue al día siguiente, ni un año después. La lectura, por tanto, es otra. Cuando uno lee a Bob Woodward desvelando en una noticia clásica las acciones encubiertas para matar a Bin Laden, piensa una cosa. Cuando uno lee a David E. Rosenbaum explicar en una noticia clásica cuáles eran las estrategias demócratas para controlar el Congreso a los dos meses de los atentados, piensa una cosa.

Es por eso que el trabajo editorial, también encomiable, queda algo mermado ante una única sensación. Ante eso que uno piensa: yo esto ya lo he leído.

Es así. Pero esto ya lo he leído. En los propios diarios. En su momento. Y después. Ya lo leí. Ya lo sé. Porque un acto noticiable ya fue noticiable. Porque fue el acto más noticiable de toda la década. Porque esa noticia, al estilo clásico, yo ya la leí.

Esa es nuestra mirada, a los diez años, al enfrentarnos a un libro como este. La recopilación de unas noticias recuerdan a ese clásico “no hay nada más viejo que un periódico de ayer”. ¿Qué sentido tiene leer algo -en el apéndice- que comienza “El pasado miércoles, el presidente Obama descartó hacer públicas las fotografías del difunto Osama Bin Laden”? Es periodismo diario, cumplió su función básica y desapareció. Ya lo leí.

Ante eso, hay dos grandes peros, dos enormes razones para no hacerme caso y seguir leyendo este libro. La primera es que lo leímos AHÍ. Esas fueron precisamente nuestras fuentes de información, el NYTimes y el Washington Post, y fueron las del mundo entero -añadamos ahí también a AlJazeera-. Ellos cumplieron ese papel fundamental de informar y cuestionar a los poderes públicos. Y, a la larga, no fue poca cosa.

La segunda es que hay tres o cuatro piezas que contradicen que el periódico de ayer es papel mojado. Son “Los líderes de los secuestradores”, “Una deliberada estrategia de ruptura”, ambos de Amy Goldstein, “Dos mundos unidos por la guerra”, de C.J. Chivers, y “Terroristas destruyen el World Trade Center y el Pentágono en un ataque de aviones secuestrados”, de toda la redacción del Wall Street Journal, premio Pulitzer de noticias de última hora. Y es que no son noticias al uso. Ahí la narración se eleva de la máxima del periodismo anglosajón -toda la información posible debe ser incluida en la primera linea- y trasciende. Ahí el lector se despoja de la información conocida y recuerda, siente, analiza y concluye. Brilla el detalle -los donuts que compran los terroristas durante los entrenamientos en una de las piezas de Goldstein- y horroriza la masacre en el impresionante despliegue de vidas cruzadas publicado el 12 de Septiembre por el Washington Post.

En definitiva: reaparece ese día y sus consecuencias.

A eso se le llama narrar. Larga vida a la narración periodística. De ella depende la memoria.

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NUEVA YORK, 8:45 A.M.

VV.AA.

Prólogo de Ana Pastor

ERRATA NATURAE