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Hernán Migoya. Foto de Raquel Calvo.
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PRÓLOGO
Estado del malestar
… Y en sus venas la sangre circula con lento pulso campesino.
España invertebrada, JOSÉ ORTEGA Y GASSET
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—Presidente, ¿se encuentra bien?
No, era evidente que no se encontraba bien.
Pero Alfredo no se refería solamente a los ojos anormalmente enrojecidos del primer mandatario del país: tal síntoma podía deberse a una de sus muchas noches pasadas en vela o simplemente a una enojosa conjuntivitis.
Lo que con su frase había querido indagar de manera educadamente implícita, con la delicada diplomacia que le caracterizaba, era a qué respondía aquella repentina convocatoria de prensa, que había sido idea del propio presidente y de la que él, vicepresidente y futuro candidato presidencial del partido en el Gobierno, había sido avisado apenas un par de horas antes. Sólo ahora, a unos minutos de ser iniciada, tenía oportunidad de abordar al presidente en el pasillo que comunicaba con la tribuna y tratar de entender qué estaba ocurriendo.
Pero José Luis no pareció captar el sentido tácito de la pregunta:
—Ya sabes, Alfredito, que tengo una esclerótica muy sensible. —Y, como si hubiera dicho una gracia que sólo él comprendía, rompió a reír de manera insólita.
«Pues las encías tampoco las tienes muy saludables que digamos », pensó Alfredo, pasándose la mano por su ibérica calva, al tiempo que su fúnebre semblante adoptaba ese piadoso aire de preocupación también característico que lo emparentaba con los retratos de El Greco. Sin embargo, no era la salud del presidente saliente de España el asunto que le preocupaba en ese instante: rápidamente, se concentró en el motivo de aquella inopinada rueda de prensa, anunciada de forma rauda y unilateral a todos los medios de comunicación del Estado. Mientras reflexionaba al respecto, se acariciaba con insistencia la alopecia, como si se tratase de una reluciente lámpara mágica que funcionara mejor a base de frotar y frotar.
Alfredo echó una ojeada a los periodistas, fotógrafos y cámaras que abarrotaban la sala de prensa. Todo era murmullos y susurros intrigados entre ellos. Muchas frases resultaban ininteligibles, pero de entre el batiburrillo que conformaban siempre se destacaba diáfana la que había provocado el pasmo y la admiración de todos:
— ¡El presidente va a darnos la solución a la crisis!
Efectivamente, ése había sido el anuncio que se había transmitido a las principales cadenas de televisión, emisoras radiofónicas, periódicos de la prensa escrita y agencias de noticias: el presidente había dado con la fórmula mágica que permitiría al país resurgir de la terrible crisis económica en la que no solamente España, sino todo Occidente, permanecían inmersos desde hacía ya más de tres años. Una crisis económica a causa de la cual la nación (¡y su propio partido!) pasaba por su peor momento desde que gozaba de un régimen democrático (¡hacía casi cuarenta años ya de su instauración!), y que había hundido a su población en las simas más deprimentes del desempleo, la pobreza y la desesperación, disparando el porcentaje de afiliados al subsidio de paro, servicio público cuyos fondos estatales ya estaban también a punto de colapsarse, y ampliando la capa de indignados y descontentos sociales hasta llevarlos a las puertas de la insurrección civil.
Por eso nadie daba crédito a la noticia: ¡que el presidente del Gobierno iba a comparecer ante los medios en unos pocos minutos y en la mismísima sala de prensa de Moncloa, para dar a conocer cuál era ese fabuloso remedio que aseguraba haber hallado contra la crisis! Todas las televisiones se encontraban presentes, listas para emitir en directo las palabras más esperadas de la semana, y quizá de todo el año.
Al parecer, ni sus más allegados habían previsto tal acontecimiento: un insomne José Luis había despertado al jefe del Gabinete de Prensa del Gobierno a las cinco de la mañana con la orden tajante, pronunciada por él mismo a través de su móvil personal, de convocar rueda de prensa urgente en Moncloa, porque iba a anunciar, literalmente, «la solución final a esta puta crisis que afecta a los españoles». El tono inéditamente resoluto de su orden no admitía vacilación ni cuestionamiento.
Alfredo fue el siguiente en ser despertado. Le escocía un poco que José Luis no le hubiera hecho partícipe antes a él de cuál era esa bendita solución, permitiéndole calcular las consecuencias del precipitado propósito de comunicarla en público tan de inmediato (y decidir si en el fondo no se trataba de un «despropósito» y el presidente había abusado de su insomnio y se había vuelto un poco lunático): pero en estos momentos, la situación inquietaba demasiado a Alfredo para dejarse llevar por el rencor de su ego herido. Ya tendría tiempo para resarcirse en otros lances. Al fin y al cabo, él encarnaba el heredero natural de José Luis, condición recién confirmada por la élite de barones del partido hacía pocos meses.
Antes quería saber qué demonios estaba ocurriendo y qué diablos tenía aún el presidente en mente que era tan vital como para airearlo así, sin más, sin compartirlo con la cúpula del Gobierno ni pedir consejos ni consultarlo con nadie.
Echó un vistazo entre bambalinas al vicesecretario y portavoz, que bromeaba a pie de podio con algún periodista afín. Pepiño reparó en él y le devolvió la mirada, blanco como la cera, encogiéndose de hombros. Así pues, el gallego tampoco tenía ni puñetera idea de a qué venía aquello. A la secretaria de organización mejor ni preguntarle, aunque la tuviera a su lado: por la sonrisa que esbozaba de oreja a oreja, creía a pie juntillas en el motivo oficial de la convocatoria… El temor de que su presidente se hubiera chiflado acometió de nuevo a Alfredo como una bofetada. Tanta presión popular en los últimos meses podía haber sido fatal para su cordura. ¿Y si llamaba a escondidas a Sonsoles? Quizás ella supiera…
Volvió a atender al rumor de la sala. La otra pregunta que revoloteaba entre los presentes (no solamente los periodistas, sino también algunos representantes del propio partido) era ésta: ¿Había dado el presidente con la salvación para España en exclusiva, o era la suya una solución aplicable a toda Europa? Porque las noticias de la evolución económica europea y estadounidense no eran muy halagüeñas, así que por ahí seguro que no le había llegado la inspiración.
—Señores, señoras…, amigos periodistas…
Alfredo se volvió asombrado, maldiciéndose por su despiste: ¡José Luis no había esperado siquiera una señal de aquiescencia para que principiara el acto y, aprovechando su abstracción reflexiva sobre el caso, se había abalanzado hacia el estrado y ya se inclinaba con su habitual aplomo sobre el micrófono!
¡Había dado inicio a la rueda de prensa!
En la sala se hizo un silencio digno de un conciliábulo eclesiástico…
Aquella figura alta y elegante, que como siempre se erguía de espaldas al escudo de la nación, parecía hoy más desgarbada de lo habitual, sus hombros más cargados y su complexión más nervuda. Pero lo que llamó la atención de los periodistas habituados a la presencia del jefe de Gobierno fueron aquellos ojos, de natural verdes y hoy sembrados de motas rojizas, que los miraban con hambrienta crispación casi canina, por no mencionar ese adelantamiento de torso ligeramente antinatural, más propio de un lobo salvaje al acecho…
—Gracias por haber acudido a esta convocatoria tan precipitada —retumbó la voz firme y decidida del presidente—, pero que de la que sin duda, tras conocer lo que tengo que comunicarles, saldrán encantados y como nuevos…
Otra vez José Luis estuvo a punto de prorrumpir en una risotada, que se quedó en resoplido reprimido por la comisura de los labios. Los periodistas se miraron: no era habitual en el presidente tal relajación en el trato ni descuido en las formas. Pero ahora les interesaba más lo que tenía que decirles:
—Como ustedes saben, llevamos varios años sumidos en una fuerte crisis que, desde el Gobierno, no hemos sido capaces de atajar como debíamos…
Alfredo se llevó una mano a la sien, consternado. ¿El presidente con semejante actitud de autocrítica? Mal empezábamos…
—… Soy el primero en reconocerlo. Nadie ha sabido encontrar remedio a esta situación sumamente grave, que amenaza con dejar sin empleo a gran parte de nuestra población y abocar a la miseria a demasiados de nuestros ciudadanos. Pero, efectivamente, he dado con la solución, una solución completa y definitiva a este caótico estado de cosas.
Imperceptiblemente, los cuellos de los periodistas se adelantaron un milímetro. Ningún oído quería perderse las siguientes palabras del presidente, palabras cuya trascendencia adivinaban todos porque José Luis había adoptado ya su postura favorita: las manos enfrentadas por delante, los dedos tocándose, enfatizando con la gravedad del gesto la contundencia de lo que pretendía transmitir a renglón seguido:
—Como ustedes saben, somos un país que vive eminentemente de los servicios, del turismo. No somos un país con grandes recursos ni con una gran industria, capaz de hallar en la competitividad de nuestros productos o de alguna inusual materia prima la salida a este tormento económico. Pero un país que sólo depende del turismo, de su pobre nivel industrial y de su precario desarrollo mercantil lo tiene difícil en estas duras circunstancias…
Un murmullo de asombro recorrió la sala: ¡nunca jamás el presidente había hablado con tanta sinceridad y naturalidad de la situación real de la nación!
—Sin embargo —prosiguió José Luis, sin prestar aparente atención a la perplejidad que despertaban sus palabras—, nuestro país sí cuenta con un potencial en el que no habíamos caído hasta ahora, con un recurso que puede llegar a convertirse en la llave maestra de nuestra salida del hoyo: materia prima explotable que cubrirá ella sola las necesidades básicas de toda la nación.
Nadie osó interrumpirle o formular la pregunta directa de cuál era ese recurso, esa materia prima que convertiría España, de la noche a la mañana, en el primer país occidental en recuperarse enteramente de la crisis.
Pero todos estaban pendientes de las declaraciones del presidente…
—Ese potencial que nosotros tenemos es…
Los periodistas aguantaron la respiración, a la espera de que la frase fuera completada. ¡Hasta los compañeros de partido del presidente aguantaron la respiración!
—… los españoles.
Un siseo de decepción desinfló aquel espacio nutrido de ansiedad. Así que todo se había tratado de eso: de un simple farol, otro bluf más del presidente. De nuevo estaba aferrándose a sus famosas metáforas que no significaban nada.
José Luis percibió esa decepción y reaccionó con una acritud inesperada:
— ¡No estoy hablando por hablar, imbéciles!
Un frío helado se aposentó en todos los presentes. Alfredo consideró la posibilidad de acceder al estrado para interrumpir a su patrón, que había perdido claramente su acostumbrado temple, pero José Luis ya estaba hablando de nuevo, con inusitada virulencia:
— ¡Escuchad por una vez lo que os estoy diciendo, retrasados mentales! Os estoy comunicando que los propios españoles, a partir de ahora, seremos autosuficientes. ¡No necesitaremos para sobrevivir nada más que nuestra propia especie! ¡Nos valdremos solos para salir adelante y tendremos tanto plus de energía y tanta superioridad física que, pese a nuestro déficit intelectual, volveremos a ser capaces de invadir al resto de países!
En ese momento, el «Ooooh» de conmoción de la prensa allí representada casi ahogó las propias revelaciones del presidente, pero no únicamente por el siniestro significado de éstas: mientras peroraba a los periodistas, su boca de muñeco diabólico empezó a segregar desbocada una maloliente babaza de extraño color entre amarillo y ocre. Algunos de aquellos grumos saltaron como de un aspersor a las manos y cuellos de los cámaras más cercanos, que se dolieron del contacto con la saliva, como si ésta hubiera adquirido propiedades corrosivas.
— ¡Ah! La madre que me… —exclamó el cámara de TVE, frotándose la mejilla, que le ardía.
—¡¡¡Vamos a tener tanto remanente de energía que conquistaremos el mundo con nuestra Nueva Raza!!!
Nadie podía creer lo que estaba oyendo: de pronto, el presidente de la nación se acogía a un discurso supremacista más propio de tiempos pasados, conceptos caducos y dictadores afortunadamente muertos. Pero un detalle aún más alarmante empezó a llamar la atención de los plumillas avizores: en el fervor de su arenga, el acalorado orador había cedido a uno de sus vicios privados. Éste consistía en roerse las uñas o, más apropiadamente, despellejar con los dientes la carnecita que las rodeaba.
Pues bien, en ese preciso momento, aprovechando una pausa de su perorata y llevado por la agitación de la circunstancia, ¡el presidente se había distraído unos segundos lanzándose a comerse los padrastros de sus falanges! Pero lo que provocó el horror en las miradas de las decenas de personas que le contemplaban allí dentro (y en las de unos cuantos millones de ciudadanos desde la seguridad de sus hogares) fue comprobar que su presidente estaba comiéndose, más bien devorándose LITERALMENTE, las puntas de los dedos.
— ¿Qué ocurre? ¿Por qué me miran así? —farfulló mientras por los intersticios dentales se le escapaban fragmentos de su propia carne.
Nadie se atrevió a musitar objeción alguna. Él era el presidente. Entonces, José Luis pareció reparar en su acción y en la sangre que ya comenzaba a brotar de sus yemas desgarradas.
—Oh, perdón. —Y, sin mayor preámbulo, alcanzó la bandera española plantada al lado de la tribuna y se limpió las manos en ella, añadiendo más rojo de la cuenta: la franja amarilla casi queda teñida del mismo tono que las que la flanquean.
Un agudo, casi operístico grito de horror surgió de alguna periodista patriota, sobrepasada por aquel proceder. Fue el instante en que Alfredo se decidió a abordar el estrado para intentar apartar a su presidente de las cámaras. Pero José Luis se zafó sin esfuerzo de las manos del vicepresidente y volvió a encararse con su audiencia: estaba claro que aún no había terminado. Inclinado sobre el micrófono, su boca arrojando espumarajos que siseaban en contacto con el suelo y abrían pequeños boquetes humeantes, sus ojos encarnados como los de un vampiro en huelga de sangre, los dedos abiertos y supurantes de espeso líquido rojo…, el presidente de la nación pronunció las últimas palabras de su rueda de prensa:
— ¡Yo terminaré con la crisis… gracias a la carne de los españoles! ¿Cómo no? ¡SI AQUÍ LO QUE SOBRA ES CARNE!
Alfredo lo sujetó de los brazos con cierta violencia, dispuesto esta vez a poner fin por las malas a aquel acto bochornoso: definitivamente, su líder había enloquecido, eso era lo que acaecía cuando se llevaba tanto tiempo en el poder.
Pero de repente, con imprevisto ímpetu, José Luis fintó el placaje de su heredero natural y, volteándose presa de la más pura rabia animal, le miró con unos ojos que ya destilaban lágrimas de sangre:
—Nunca me caíste bien, Alfredo.
El vicepresidente no tuvo ni tiempo de titubear alguna réplica oportuna. José Luis se le lanzó a la cara y, sin mayor miramiento, cerró el cepo de su dentadura sobre la nariz de Alfredo, arrancándosela de cuajo.
El país entero abrió los ojos de espanto: ¡el presidente había dejado sin nariz al vicepresidente!
Alfredo no supo muy bien qué le había pasado a su cara: sólo vio un reguero rojo que brotaba de una zona inferior a sus ojos, y que regaba como un surtidor la corbata del presidente, mientras éste, muy campante y como apreciando su sabor, mascaba con delectación y parsimonia la cruda probóscide desgajada.
—Muy rica nariz, Alfredín —comentó José Luis, y por un segundo pareció recobrar su talante apaciblemente afable. Pero la bestia volvió a asomar en cuanto descubrió que la marea de periodistas se abalanzaba cagada de miedo hacia las puertas de la sala de prensa, pretendiendo salir de allí. No había para menos. ¡El presidente se había vuelto un carnívoro psicópata!
José Luis se dijo que había sido muy sensato al ordenar cerrar las puertas para que nadie pudiera escapar de la sala. Era el presidente, nadie iba a poner en duda sus órdenes.
Los ojos de Alfredo comenzaron a adquirir un tinte tinto. El contagio estaba surtiendo efecto. Para matar el tiempo mientras aguardaba a que el vicepresidente se convirtiera en uno de los suyos, José Luis enfocó su atención en las piezas de ganado que trataban de huir.
Sus ojos ávidos, inyectados en sangre, se fijaron en la secretaria de Organización, que había desplazado su abundante humanidad hasta una de las salidas bloqueadas, dedicándose a golpear histérica las dobles hojas, eficazmente trancadas, que resistían con solidez sus pesados embates.
— ¡Leireeee! —bramó el presidente.
Y a continuación emprendió una breve y sanguinaria carrera entre sillas volcadas y tribuletes indefensos, mordiendo aquí, descuajaringando allá: dedos (esta vez ajenos), brazos, cuellos y, su debilidad, la ternilla de las narices (parte blanda y sumamente jugosa del animal humano).
De esta manera, recreándose en sus mordiscos al por mayor, terminó por plantarse frente a Leire, que seguía gritando como si le acabaran de retirar el carné del partido.
José Luis se la quedó mirando fijamente: la piel blanca de la moza, plagada de incitantes venillas azules que latían de pavor, le excitaba y enternecía a un tiempo.
— ¡Siempre quise hacer esto! —aulló el presidente.
Y sin esperar respuesta, hundió su testa sobre el escote de la secretaria, que no atinó a defenderse, pues en su lugar optó por alzar las palmas y lanzar un vibrante alarido, como si fuera miembro (o, mejor dicho, miembra) de un voluntarioso grupo de góspel.
— ¡AAAAAAAAAAH! —rugió con voz mediocre al sentir el lacerante dolor en sus pechos: José Luis reapareció a su altura con los dos pezones de Leire ensartados entre sus dientes. Los había extirpado, a base de pura dentellada, a través de la tela del vaporoso vestido de la joven, por el que ahora asomaban dos senos con la corola amputada, rezumando sangre como una fuente de vino y ofreciendo pura carne viva a la vista, donde antes sólo había areolas color cacao.
El país entero no daba crédito a aquel espectáculo transmitido en vivo y en muertos por TV. Nunca una rueda de prensa había resultado tan imprevisible y agitada. Se habían visto convocatorias de prensa tensas, incluso festoneadas de cierta violencia contenida, pero jamás había llegado la sangre al río.
En aquel momento, nadie se acordaba de la crisis.
El presidente continuó su caza humana, desvencijando miembros como si fueran racimos de uva y triturando pieles como si tuviera veinte chicles en la boca, cada uno de un sabor a cuál más arrebatador.
Mientras tanto, Alfredo había culminado su conversión a la misma clase de fiera caníbal en la que también se había transformado, horas antes, su jefe. Esclavo del más puro instinto, sin necesidad de aprendizaje previo, el vicepresidente se arrojó sobre la cara de una periodista a la que hacía tiempo le tenía echado el ojo, echándole el diente en su lugar y procediendo a desgajarle, a bocados, los ojazos que le hacían tilín…, con la mala suerte de que la muchacha contaba con un nervio óptico excepcionalmente grueso. Debido a ello el pobre hombre se vio obligado a tironear desesperado, con ambos globos oculares metidos en el buche, los cuales no conseguía arrancar de sus ligaduras a las cuencas del rostro de la reportera, que además no paraba de berrear. Así que optó por deglutirlos como pudo y luego escupir los restos, cual higos secos aún colgantes de sendos hilos que surgían de la ultrajada faz femenina… Por intuición, Alfredo supo que le había hecho una putada a aquella criatura: a partir de entonces, la periodista sería un ser carnívoro como ellos, insaciable y… ciego.
La masacre se sucedió en progresión geométrica, conforme los primeros damnificados se iban agregando a esa nueva raza de la que los dos hombres más prominentes del país ya formaban parte: una nueva raza que, de manera natural, buscaba alimentarse con las reses cada vez menos humanas, en calidad y cantidad, que permanecían allí encerradas.
Sifones de sangre atravesaban la estancia, producto de desgarramientos y tarascadas. Oleadas de hemoglobina cubrían ya un par de centímetros sobre la empapada moqueta del suelo, procedentes del cargamento vivo que había entrado humano en la sala de prensa… Y nadie atinaba aún a saber en qué estado terminaría ese cargamento… o si escaparían por su propio pie.
En sólo unos minutos, el país entero volvió a creer en Dios y rezó para que aquellos seres no salieran jamás de aquel recinto.
Alfredo dio alcance a José Luis justo cuando éste se enfrascaba en dejar mondo un codillo crudo de analista hostil a su ideología.
—A este hijoputa ya le tenía yo ganas… —masculló mientras masticaba.
—Presidente… yo… —Alfredo estaba perdiendo la capacidad de hablar a pasos agigantados—. Quiero darle un muerdo… a su esposa —le confesó por fin.
—Ncht, ncht… —El presidente chasqueó la lengua con la mayor jovialidad, palmoteando al mismo tiempo la mejilla de su subalterno sin nariz—. ¡Bandido! Ella ya está convertida. Y mis niñas también. Imagínate, ellas encantadas, con lo que ya les iba el rollo siniestro…
—Qué… pena… —se lamentó Alfredo, antes de quedarse sin su legendaria habilidad oratoria por mor del intrusivo virus bestializante.
—Igual puedo convencerla de que te preste los desechos de su última liposucción. Engordan bastante, pero son nutritivos… Aunque antes vamos a hacer algo mejor que eso… —sugirió José Luis y, volviéndose hacia aquellos seres que, por una mudanza más radical que la meramente ideológica, iban engrosando paulatinamente sus huestes, gritó en tono imperioso e incontestable—. ¡Vamos a por los de la oposición!
Y hay que reseñar que tanto los que ya eran miembros de su partido como los periodistas a los que ni les iban ni venían los partidismos, saludaron con el mismo entusiasmo la orden del presidente y se lanzaron con idéntica euforia predadora sobre las puertas que, si antes resistieron incólumes las acometidas de las antiguas víctimas humanas, ahora cedieron al primer bandazo propinado por los nuevos verdugos, que de humanos ya no tenían nada y sí poseían en cambio una fuerza sobrehumana… Y así inició su partida aquella comitiva de infrahumanos, aquella horda de rabiosos dispuesta a arrasar Madrid y convertir toda España a la nueva raza.
Pero ¿cómo era posible que hubiera llegado a producirse este apocalipsis?
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PRIMERA PARTE
EL AMOR ES TUERTO
1 – Luz para Eva
Tanto como tú me quieras, s entrañas mías, te quiero yo.
La campanita, de ALMAGRA-VILLACAÑAS, en la voz de Manolo Escobar
Esa noche, Eva perdió el último amigo que le quedaba.
Era viernes y se habían citado delante del Mama Me, la famosa discoteca gay que en esos días arrasaba en el Barrio Gótico. Eva estaba harto de los locales de ambiente, porque no los consideraba su rollo —básicamente porque él no era homosexual—, pero había vuelto a transigir por fidelidad a su colega Pere, quien seis meses atrás había salido del armario y desde entonces no condescendía entrar en un bar hetero ni loca.
—No me han dejado publicar nada, Evaristo —le confió Pere por todo saludo en cuanto le vio en la entrada. Pere siempre le llamaba Evaristo cuando se dirigía a él en tono marcadamente serio.
—No te preocupes, ya me lo esperaba —le replicó, comprensivo, Eva. Y así creyó haber zanjado el asunto. Pero se equivocaba.
Tuvieron problemas para entrar, como casi siempre. En este caso, no influía solamente el hecho de las horrendas cicatrices que rubricaban los brazos y el rostro de Eva, esos estragos que dejan la piel como papel encerado y que sólo pueden ser obra del fuego. Tales cicatrices suscitaban en muchas ocasiones miradas de indisimulada aversión cuando algún viandante despistado tropezaba con él en medio de la calle a plena luz del día; con más razón en la penumbra de la noche a la entrada de una sala de fiestas por parte de unos porteros celosos de su cometido. Ni siquiera el pelo largo y enredado que se había dejado crecer, como el de un héroe de manga, para ocultar la ausencia de cejas y la huella del lametón escarlata que le había arrebatado la visión del ojo derecho y surcaba su otrora piel blanca y casi femenina, lograba camuflar su presunción de monstruosidad al criterio de unos desconocidos impresionables.
Pero, en esta ocasión, las cicatrices horadantes de Eva no eran un problema, ni tampoco su vestimenta, pues su camiseta de Samantha Fox —quién le iba a decir que su heroína de niño garrulo de periferia obrera acabaría lustros más tarde convertida en icono gay—, su pantalón rojo ajustado y la chaqueta de cuero marrón resultaban altamente modernos y hasta cool para aquel entorno. Esta vez el problema no era él.
Pere podía haber salido del armario hacía ya medio año, pero su ropa no se había enterado del proceso: seguía vistiendo los mismos pantalones de pana con el fondillo lustrado de tanto uso cinéfilo, y la misma gastada camisa a cuadros de bitono marrón que había estrenado adolescente en 1997 para ir a ver la trilogía de Kaspasovsky en la Filmoteca de Catalunya. Su apariencia física tampoco había mejorado: un pelo crespo y resinoso, sobre el que a veces se posaba alguna mosca golosa, tan abombado y denso que jamás había permitido ni el asomo de una oreja, hasta el punto de que Eva dudaba que las tuviera; una barba más de leñador que de oso, tan abundante y desaliñada que ningún fetichista homoerótico la hubiera encontrado digna de exploración; una piel de un blanco enfermizo, acosada por granos y pústulas varias de diversos tonos tirando a púrpura y algunas lindantes con el verde vómito; y unas gafas de concha rayadas y grasientas, tan incrustadas en un vado sobre el puente de la nariz que ya formaban parte de él por sedimentación. Cuando anunció a Eva su decisión de militar en las filas de los homosexuales —en la fila heterosexual nunca militó en realidad, pues era prácticamente virgen—, su amigo intentó persuadirle para que modernizara su ropaje y presencia (¿que se había hecho gay?; para Eva como si se había hecho lagarterana… ¡cualquier pretexto era bueno para mejorar!), así como que se operara la miopía galopante cuya gravedad amenazaba con romper todos los sistemas de medición conocidos por la oftalmología mundial. Pero Pere se negó, mientras se rascaba una mancha de grasa que relucía en el muslo de su pantalón desde hacía años, tantos que ya le había puesto nombre y todo: la grasa Moncho.
—Que ahora sea maricón no significa que tenga que renunciar a mis principios estéticos —afirmaba Pere con un convencido golpe de mentón que había copiado de su héroe predilecto del séptimo arte, Stan Laurel.
Pues ahora sus «principios estéticos», emparentados con la trilogía de George A. Romero que tanto le entusiasmaba (Pere era un loco de la ficción generada en torno a los muertos vivientes, incluso participaba activamente en marchas zombis sin siquiera tener que disfrazarse ni añadir mucho maquillaje extra a su desastrado look), le estaban acarreando inconvenientes para acceder al Mama Me. Los porteros, dos locas cubanas de dos metros por metro y medio, no se creían que Pere fuera gay: ¡era demasiado sucio e infecto para ser gay! Sólo cuando el joven crítico de cine se ofreció a besar a cualquiera de ellos con el objeto de demostrar su orientación venérea, al tiempo que sonreía descubriendo sus pequeños dientes marrones, mermados por el sarro y la cirrosis, le franquearon la entrada con pusilánime actitud. Eva le siguió con precipitación, reprimiendo la risa.
Los dos veinteañeros se encaminaron directamente hacia la zona del bar, vadeando con cuidado la tumultuosa y vociferante pista de baile, mientras Eva pensaba en qué habría cambiado realmente la vida de su amigo desde que anunciara su auténtica sexualidad: las noches de farra juntos no habían variado tanto, pues si Pere nunca había destacado por sus triunfos como seductor en el coto de caza heterosexual, en su nuevo campo de acción no es que pareciera desenvolverse por contraste con éxito arrollador. El mismo Eva, debido a sus lacerantes marcas cutáneas, tampoco era precisamente un latin lover, aunque su condición de huérfano le había hecho acostumbrarse a la soledad desde infante. «En realidad Pere no es gay, como tampoco nunca ha sido hetero —reflexionaba Eva para su coleto—: En realidad Pere es asexual.» Dudaba incluso de que hubiese decidido si le iba más dar o tomar, aunque por su carácter lánguido y su afición a pasarse la vida sentado delante de una pantalla, sospechaba que prefería lo segundo: la pasividad era una constante en su existencia.
De hecho, en lo único que se notaba realmente que Pere había abrazado la homosexualidad era en que ahora parecía un poco menos homófobo.
—Tú, bujarrón —exhortó Pere al delicado brasileño que colocaba los vasos limpios como si estuviera jugando a las damas—. Dos cañas.
El muchachito huesudo y de hermosa dentadura sonrió como si le hubieran ofrendado el más lindo halago. Era una suerte que entre gays urbanos se hubiese extendido la manía de usar los insultos como apelativos cariñosos, o al menos así lo entendió el barman, quien se apresuró a servirles con solicitud de garza.
En cualquier caso, las cervezas a pie de barra seguían proporcionando el más seguro y celebrado pasatiempo de ambos amigos. Sin embargo, esta vez Eva no recibió el habitual choque de vasos con que solían brindar al comenzar cada noche de parranda.
Pere se mostraba aún algo apocado y cohibido en su actitud hacia Eva. Los acontecimientos de los últimos días debían de haberle afectado más de lo que éste creía.
—Lo intenté, pero en la redacción no me dejaron, Eva —insistió el crítico de repente, mientras echaba un codicioso reojo a un grupo de cachas de gimnasio que bailaban a tres metros, con el musculado torso desnudo y ceñidos culottes de licra.
—No le des más vueltas —insistió Eva a su vez —. Ya te has disculpado. Y es lógico que en Claqueta no quieran que escribas de la estafa a mi película: es una revista de cine, les dará miedo meterse en esos berenjenales. Me jodió que ni siquiera quisieran publicar tu crítica, para una buena que iba a salir sobre la peli. Pero ya sabes que en realidad lo único que me molestó fue que no me contestaras las llamadas.
Pere sacudió la cabeza levemente, como manifestación de su pesar, casi olvidado de la cerveza que sujetaba… y luego, con un ostensible batir de párpados, evidenció acordarse de ella y observó el vaso con ojos de estupor, mientras ejecutaba otra cabezada más vigorosa, como de impotencia, análoga a la cólera que debe de sentir una saltadora de pértiga que se queda clavada en la línea de salida, incapaz de dominar el pánico escénico y sintiéndose absurda y medrosa con el palo en las manos…
—El director me dijo que nunca permitirá que escribamos sobre los entresijos del cine español y sus subvenciones, que era contraproducente para nosotros sacar a la luz los casos de estafa, aunque fueran tan flagrantes como el que sufriste tú. Y que si incumplía sus órdenes… me despediría.
—Venga, bebamos y olvidemos. Los amigos lo aguantan todo. Pero Pere parecía especialmente amargado esa noche. Una hora más tarde, una vez despachadas cinco cervezas por barba, Pere volvió a su torturado mutismo. Eva sabía que algo no iba bien. De pronto, el crítico se inclinó, apretando con ambas manos el borde de la barra, como si de golpe le hubiera entrado un acceso de licantropía. Las dos hileras de sus dientecitos se comprimieron la una contra la otra, chirriando debido a un escape de furia mal aplacada, y las lentes de sus gafas se empañaron, víctimas de un súbito aumento de temperatura corporal. Entonces alzó el rostro y se encaró con Eva:
— ¡No, los amigos NO lo aguantan todo! —se despepitó, como si no hubiesen transcurrido más de sesenta minutos entre la frase anterior de Eva y su réplica; y entonces miró a su amigo con angustiado aire de reproche—. ¡No tenías que haber hecho público el asunto!
—Pero Pere… —respondió Eva sin perder la calma—. Tú sabes que el sistema está podrido. Esa productora quiso producir mi proyecto sólo para ganar dinero a costa del Estado: consiguieron setecientos mil euros en subvenciones únicamente por ser una película de director novel, por estar rodada en catalán (cuando en realidad la rodamos en castellano), y por mil absurdidades más. Luego dijeron que se habían gastado un presupuesto de un millón de euros en la peli cuando invirtieron doscientos mil euros, como mucho, la estrenaron en una sola sala de cine para cumplir el requisito a fin de confirmar la financiación pública y sin avisar a la prensa para no llamar la atención sobre la desfachatez de la estafa, y compraron a cualquier exhibidor corrupto, que los hay a patadas, las entradas de taquilla que necesitaban presentar como justificante. Es posible que con más de la mitad de pelis que se ruedan en España se lleve a cabo ese mismo fraude con dinero público… ¿Tú quieres que eso le siga ocurriendo a la mayoría de chavales que quieren dirigir cine en este país? ¿Que les sigan produciendo películas mal estrenadas adrede, que nadie va a ver jamás porque no sabrán de su existencia, solamente para que estos tíos puedan robar millones de euros de los ciudadanos? Tú también tienes tu responsabilidad…
— ¡Claro que no quiero que les ocurra! ¡Pero les va a ocurrir! ¡Y la mayoría de ellos lo saben! Lo sabe todo el mundo: el Ministerio de Cultura, el Gobierno, la gente del cine, la prensa… ¡hasta los ciudadanos lo saben y les importa tres pitos! ¡Despierta de una puta vez, Eva, estamos en España! Bueno, en Catalunya, pero para esos efectos es como si aún fuéramos España… ¡Y cuando a un director que está empezando su carrera le ocurre eso, se calla la boca y espera la próxima oportunidad de hacer otra película! Pero tú no… —Ahora la expresión de Pere era de absoluta y agresiva recriminación—. Tú tenías que denunciar a la prensa lo que pasa… Tenías que montar un pollo en los medios y dejarnos en evidencia a todos los demás… haciendo peligrar el trabajo de tus colegas.
— ¡Pero es que está mal! Cuando algo está mal, hay que denunciarlo, ¿no? ¿No es así como hay que proceder? Es lo justo… Joder, Pere… —A estas alturas, Eva se sentía él mismo indignado con las palabras de su amigo y sabía que si proseguía la discusión, él también se acaloraría—. No puedo creer que estés echando tierra sobre lo apestoso del asunto sólo para justificar el hecho de que… —Se frenó un segundo, pero la ira le pudo más—. ¡El hecho de que tú hayas sido un puto cobarde que no se atrevió a respaldarme con un mísero artículo y ni siquiera tuvieras la presencia de ánimo y los cojones de cogerme el teléfono durante todos los días que duró la denuncia!
— ¡Me amenazaron con echarme! ¡Estaba acojonado!
— ¡¿Y cómo crees que estaba yo?! ¡Me quedé solo! ¡SOLO! Hasta el guionista se rajó a la hora de firmar la petición de que los medios investigaran la financiación de mi peli, por miedo a que nadie le ofreciera trabajo nunca más… ¡Era cuando más te necesitaba, cabrón! Me da igual que no publicaras nada del tema sólo porque el pijo de tu director no quiere llevarse mal con algunos productores mafiosos… ¡Pero no contestarme al puto móvil!
— ¡SIEMPRE LA ARMAS! ¡TENÍAS QUE HABERTE CALLADO! ¡A VECES HAY QUE CALLAR PARA PODER VIVIR! —gritó Pere con brusca vehemencia.
Ésa fue la gota que colmó el vaso de Eva. Asió a su amigo de la mugrienta camisa, que crujió como pergamino, y lo zarandeó mientras le aullaba a la cara:
— ¡Serás hipócrita! ¡Si por ti fuera, todos los gays perseguidos y humillados durante el franquismo por arriesgar el pellejo luchando por sus derechos se hubieran podrido de asco! ¡No hubieras levantado un dedo por ellos de puro miedo! ¿Así es como hubieras reaccionado también entonces? ¿Diciéndoles que a veces hay que callar para poder vivir? ¿Te parece eso normal? ¿Cómo es posible que seas tan cobarde como todos los demás? ¿Cómo es posible que me recrimines el denunciar las injusticias? ¿Dónde estarías tú si no hubiera habido gays que sí lucharon por los derechos de todos vosotros?
Pere respondió con una vaharada de halitosis y saliva expelida en un brote de furor, que le hizo cerrar los ojos mientras vociferaba:
— ¡EVARISTO, POR MÍ SE PODÍAN MORIR TODOS! ¡ME CAGO EN TI Y EN TODOS LOS MARICONES ENFERMOS INVERTIDOS HIJOS DE LA GRAN PUTAAA!
El bullicio y la jarana se evaporaron como por un chasquido de dedos. A su alrededor se hizo el silencio, sólo punteado por la percusión del tema bailable. Varios clientes se habían vuelto hacia ellos con semblante poco amigable, también los culturistas con el plexo al aire. Pere se asustó ante el efecto causado por sus palabras, refugiándose detrás de Eva como un chimpancé travieso que teme una reprimenda.
— ¿Qué has dicho, nene? —le preguntó el mazas más fornido, adelantándose.
—Y-yo… eh… No iban por ahí los tiros… —titubeó Pere, tembloroso como un flan, al tiempo que se encogía contra la pared sin barniz de la barra, como si allí hubiera un resorte que le pudiera hacer desaparecer cual Houdini.
Eva plantó cara al grupo ofendido que se había formado frente a ellos:
—Disculpadle… es que… aún lleva un poco mal su nueva identidad sexual. Acaba de salir del armario y a regañadientes…
Mientras hablaba, Eva atrasó ligeramente un pie y ladeó la cara con respecto a sus interlocutores, como un guerrero ninja antes de presentar batalla, aunque en su caso adoptaba esa postura porque sólo veía por el ojo izquierdo y/o para escabullirse corriendo si la cosa se ponía muy fea…, porque estaba claro que contra aquellos titanes hipermusculados no dispondría de ninguna oportunidad de defender a Pere. Una cosa era hablar sin miedo y otra recibir golpes sin medida.
El sansón que lideraba el grupo le miró con cierto respeto al tener las agallas de interceder por Pere:
—Pues dile a tu amigo que ojito con lo que grita, a ver si lo vamos a volver a meter en el armario a patadas.
—S-sí, yo se lo digo.
Pere seguía aferrado a los codos de Eva, gelatinoso y achicado tras la espalda de su amigo, porfiando en mimetizarse con las botellas del bar.
Los contendientes se relajaron y comenzaron a desfilar de regreso hacia la pista, atraídos por el nuevo ritmo que el DJ había decidido pinchar para que todo retornase a su festiva normalidad. Eva empezó a volverse hacia Pere, probando a romper la tensión del momento:
—Ya has visto. Ser gay y homófobo al mismo tiempo tiene sus inconve…
No pudo terminar la frase. Una mano lo había aprehendido de la horquilla del brazo y lo arrastraba con vigor de tiburón hambriento que se lleva un bebé a la deriva.
— ¡Eh! —voceó hacia atrás, asustado al creer que se trataba de su litigante cachas, que había vuelto para atacarle por la espalda.
— ¡Chissst! —le susurró al oído una voz que se le antojó de lo más femenina—. No voy a hacerte daño si eres dulce conmigo…
Eva se puso rígido como una vara: la frase había provocado instantáneamente el efecto contrario al que a buen seguro buscaba, pues ser forzado sexualmente en aquel antro suponía para el joven un final muchísimo más terrorífico que la mayor de las palizas.
Se soltó de un empellón y confrontó a su adversario. Por el contraluz pensó que, como había imaginado, se trataba del líder del grupo beligerante, ya que los focos brillaban fuertemente sobre el cráneo rapado, así que intentó insuflarle a su discurso suficiente agresividad para disuadir a aquel rival de cualesquiera que fueran sus intenciones:
— ¡No te equivoques! ¡Yo no soy…!
Se calló a media declamación, al ver a quién tenía ante sí. Si la voz de aquella persona que ahora se medía con él le había parecido femenina, era porque la voz era femenina. Y la persona, fémina.
Y encima era una fémina fenómena.
O sea, guapísima.
—Guau —se limitó a musitar. Y enmudeció.
—Miau —le emuló la chica—. Así que mi intuición era cierta. A Eva le costó salir de su embeleso contemplativo frente a ella.
— ¿Q-qué intuición? —preguntó alarmado.
—Algo me decía que no eras gay. No te gusta el heavy, ¿cierto?
—N-no —respondió Eva, sin saber a ciencia cierta si era la contestación acertada.
— ¿Ves? No eres gay, ni siquiera reprimido —concluyó su interlocutora—. Tu manera de enfrentarte a esos tíos. Tenías una actitud muy valiente y nada macarra… Muy… resolutiva.
A Eva le entró la vena suspicaz:
— ¿Por ser valiente y porque no soy heavy ya no soy gay? —Y de la suspicacia al menosprecio hay un paso—. ¿Es que te intereso solamente porque soy el único hetero en este local?
— ¿El único hetero? —La carcajada que la chica lanzó le sonó de lo más genuina—. ¡Mira a tu alrededor, panoli! ¡¡¡Esto está a petar de heteros!!!
Eva hizo un barrido tímido con su ojo sano en dirección a la pista de baile: en el jolgorio había una mayoría de clientes masculinos, pero también varias mujeres bailando, por lo general sitiadas por hombres semidesnudos que revoloteaban en rededor y les sobaban hombros y senos como pulpos vivientes.
—Y-yo estaba convencido de que esta discoteca era sólo para gays —se excusó.
—Y lo es: pero muchos heteros piensan que hacerse pasar por gays es la forma más fácil de ligar. Las tías nos sentimos menos agredidas y más confiadas si al principio creemos que quien nos toca es maricón. De hecho, yo he follado ya con varios supuestos maricones de este antro.
—Serán bisexuales —arguyó él.
—Qué va. Son heterosexuales de pura cepa que no se comen un rosco en sus ambientes.
A Eva le volvió el recelo:
— ¿Y tú piensas que yo soy uno de ésos? ¿Que vengo aquí a ligar con chicas haciéndome pasar por homosexual?
—Al principio lo pensé —clarificó ella con el mayor desparpajo—. Pero luego, al ver la seguridad con que defendías al pringado de tu amigo, me di cuenta de que no estabas aquí para ligar.
— ¿Ah, no? —se desazonó Eva, casi más resentido ante esa suposición—. Y entonces ¿por qué te figuras que estoy aquí, chica lista?
—Por amistad. Estás aquí por amistad. Porque eres un buen amigo. Y eso me gusta.
La réplica de la muchacha hizo callar de nuevo a Eva, porque sólo ahora se apercibía él de hasta qué punto era cierta la deducción de ella, de hasta qué punto era aquélla la verdad que se agazapaba detrás de su proceder. En efecto, estaba en aquel lugar única y exclusivamente por amistad con Pere, el único amigo real que había tenido nunca.
Aquella respuesta fue como si hubieran quitado un tapón en la bañera de su angustia: de pronto le entraron ganas de llorar, de dejar fluir tantos años de soledad e incomprensión acumuladas. Pero no podía permitírselo. Aún no.
Miró a la joven y deseó que la penumbra del local no disfrazara de belleza idealizada aquellos rasgos, como le había ocurrido otras veces con otras tantas chicas que había conocido en discotecas heteros cuando aún creía que podría ligar como cualquier otro chico. Deseaba no verse estafado por la engañosa luz de la sala tanto como que a ella tampoco le afectara la oscuridad reinante con respecto a él: pues las angulosas facciones de Eva resultaban en claroscuro muy viriles y atractivas, y solamente el detalle minucioso de su rostro, por cercanía o iluminación, desnudaba la fealdad que las heridas de la infancia habían infligido a perpetuidad sobre su piel. En más de una ocasión había visto reflejarse en las pupilas de un posible ligue el horror más nauseabundo al salir de un bar a oscuras y enfrentarse a él por primera vez a la implacable luz del sol.
Así que, previendo una casi segura decepción inmediata por parte de aquella chica que le había arrastrado consigo con una determinación inaudita, se recreó primero en la hermosura que adivinaba en ella.
La muchacha era alta y espigada, más alta que él. Tenía una facha agresiva, debido a sus botas militares y sus pantalones de cuero negro. El torso sólo lo cubría una camiseta blanca, bajo la que se modelaban dos tetas pequeñas de enormes pezones. Su piel resplandecía por el sudor que a buen seguro había secretado un bailoteo continuo, pues aún jadeaba ligeramente. La cabeza relucía de humedad corporal: una cabeza redonda y cuidadosamente rasurada, punteada por una nariz chata y carnosa, sobre una boca grande y risueña, elástica, como de amante italiana. Sus ojos y sus dientes refulgían con especial énfasis en la negrura reinante, como si aquel blanco puntual fuera eléctrico o fosforescente. No llevaba pendientes ni aros ni nada —aunque sí lucía señales y marcas de haberlos usado con profusión en todo el rostro—, y el único rastro de vello a la vista era la fina e incitante línea ovalada de sus cejas.
Ah, se me olvidaba añadir que era negra.
— ¿De d-dónde eres? —preguntó Eva, sin saber muy bien qué preguntaba.
—De dónde voy a ser. De aquí.
—Ajá —asintió él, como si hubiese entendido, aunque en realidad no entendía nada—. La verdad es que tienes un acento perfecto.
—Eso es porque te repito que soy de aquí, gilipollas.
—Ah —volvió a asentir, sintiendo que aquello no era un buen comienzo… Elucubró en una décima de segundo cómo arreglarlo—. ¿Quieres una birra?
—No… —Ella sonrió, pasándose una lengua increíblemente rosa por unos labios creíblemente violáceos.
—Te pareces a Grace Jones, ¿sabes? —le dijo él.
—Bueno, al menos no me has dicho a Skin, como todos…
« ¡Eso, era a Skin, la cantante de Skunk Anansie!», pensó Eva, que no recordaba el nombre de la solista y por eso no la había mencionado.
—Bah, a ésa no tanto… Pero sigues sudando… ¿De verdad no quieres una copa? ¿Aunque sea agua? Has estado bailando mucho, ¿no? Lo bueno que tiene el Mama Me es que ponen la mejor música.
Ella le miró como si estuviera cavilando si de veras había hecho bien abordándole:
—Mira, en realidad no estaba sudando por eso. Bueno, sí, pero el baile es lo de menos. La cuestión es que hoy he roto con mi novio, un gilipollas que está muy bueno, porque yo me suelo liar con gilipollas. Y para olvidarme de todo he venido aquí, pensando que me encontraría menos heteros que en cualquier otro local, para no pensar en los tíos por una vez… Pero me he cruzado contigo y… me has gustado. Y me han entrado ganas de follar, por eso estaba bailando. Para no pensar en ello. Pero me gustaría follar contigo en cualquier otro sitio.
La mente de Eva carburó más rauda de lo que había funcionado nunca:
—Vale, yo sé adónde podemos ir.
Eva se sorprendió: era como si otra persona hubiera intervenido eficazmente por él. ¿Quién había usurpado el mando en su cabeza para hacerle capaz de superar la timidez y aprovechar la ocasión cuando la pintaban calva (nunca mejor dicho)?
Ella le tomó de la mano con una naturalidad que le dejó pasmado, guiándole hacia la salida de la discoteca. Él se quedó varado y ella se tornó a mirarle, como un remolcador temeroso de que su presa despertara.
— ¿Qué pasa ahora?
—T-tengo que ir a mear.
—OK, pero no tardes, porque no acostumbro a esperar a nadie. Eva volvió sobre sus pasos, buscando con urgencia el cuarto de baño. Al pasar junto a Pere, vio que éste seguía sentado con la frente apoyada sobre la barra, hablando con su mancha de grasa del pantalón:
—Para mí está muerto, Monchito, muerto y enterrado… Se acabó nuestra amistad… Por cierto, ¿qué haces tan solo a estas horas de la noche? Contesta, no seas malo… ¿Por qué tú tampoco quieres hablarme? Te invito mañana al cine…
Eva no le hizo caso.
Distinguió una amplia hendidura en la línea de pared del local y se adentró por ella. Creyó haber dado con la sala de urinarios, pero estaba totalmente a oscuras. La vejiga realmente le acuciaba con su presión dolorosa y le urgía vaciarla. Se encogió de hombros, achuchó el pene por la bragueta y comenzó a orinar hacia el rincón más próximo.
—Aaaah… —suspiró alguien delante de él, justo en la dirección en que se perdía su chorro de orina.
Eva se asustó y se le cortó la meada. Su mano tanteó por el muro lateral para hallar el interruptor.
De pronto sus dedos tocaron algo duro y viscoso.
— ¡Ah! —gritó, sin poder creer que aquello fuera lo que parecía que era: ¡una cría de Alien!
—Aaaah… —le secundó la otra voz, esta vez sí inequívocamente masculina, y con mayor intensidad si cabe.
—Aaaah… aaaah… —susurró en coro otra plétora de voces en torno a Eva, quien cayó en la cuenta de que se había metido en el famoso «cuarto oscuro» de las discotecas gays.
—Sigue, coño —le espetó la voz propietaria del húmedo pene que había acariciado sin pretenderlo—. ¡Échamelo todo encima, maricón!
Eva salió corriendo de allí dentro. Se le habían quitado de cuajo las ganas de mear.
Se apresuró hacia donde aguardaba la chica y esta vez fue él quien se la llevó de la mano hacia la salida.
—Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Luz —Ella no le preguntó su nombre a su vez—. ¿Ya has meado? Eres rápido…
Cuando resurgieron al revelador fulgor de las farolas de la calle, Eva comprobó que Luz seguía siendo hermosísima y que, más importante aún, no se asustaba de él. Luz le contemplaba y sonreía como si adivinara que habían hecho un descubrimiento mutuo que sería relevante para sus vidas. Los dos transpiraban felicidad por primera vez en mucho tiempo.
— ¿Lo de ese ex tuyo ya está finiquitado? —preguntó él.
—Muerto y enterrado. Era un boix noi con mucho de noi y todo de boix. Por cierto, ¿te gusta el fútbol? —preguntó ella.
—No, lo detesto —respondió él.
—Entonces ¿qué haces con tu delantero centro asomando la cabeza fuera por si esta noche hay partido? —preguntó ella, mientras señalaba la bragueta abierta de Eva.
Él no respondió; se endosó como pudo el pene dentro del pantalón (hubiera jurado que al sacarlo era mucho más pequeño y flexible), se subió la cremallera y, ofreciendo la misma mano que segundos antes había guiado a casa a su miembro viril, esperó que Luz la aceptara.
Ella así lo hizo.
Y así, él la remolcó de la mano hasta su piso.
Esa noche, Eva perdió el último amigo que le quedaba.
Y esa misma noche, Eva encontró el amor.
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Hernán Migoya
EDICIONES B








