Una de amor: Últimos días en el Puesto del Este

Portada: perros de la guerra.

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ERNESTO MALLO

Se trata, sí, de una novela de amor. El amor como es, en primera persona, la que cuenta. Pero atención, no se encontrarán en ella atardeceres dorados, amantes corriendo en cámara lenta por la playa, rosas carmín ni perfumes asiáticos. Ninguna de las escenas con que nos empacha y empalaga desde hace demasiado tiempo el romanticismo. Porque Cristina Fallarás, que no le teme a la escritura ni se permite el lujo del engaño, escribe como una pantera. Un par de ejemplos:

“Caminé hacia el mar con una copa en la mano y, cuando regresé de una memorable actuación sin más público que mi deseo y mi furia, ya no estabas, no podía saber desde cuánto tiempo atrás.”

“Quizás creer que bebes el espejismo es de algún modo beberlo. Ésa ha sido mi apuesta.”

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Cristina Fallarás.

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Ni bien comenzar nos informa la protagonista que el sitio del Puesto del Este ya lleva nueve meses. El tiempo de gestación de los humanos. No es un detalle menor, pero su importancia y significación sólo se desvelará en el desenlace, diez días más tarde. Ella pasa de la burbuja en que está sitiada, a la burbuja del recuerdo, del amor carnal cuando no era ausencia, de la incógnita, del hambre, de la ternura cuando su hijo le revela que había querido sorprenderla con una rata para el desayuno. Contiene entre portada y contraportada, ese desgarramiento esencial, atávico, prehistórico del que nunca lograremos librarnos y en el que pocas veces osamos mirarnos. No dramatiza, no juzga, no opina, no adjetiva: es lo que es, lo que narra. Este despojamiento fundamental nos pone al borde del abismo donde nos preguntamos si no es éste el zeitgeist, el espíritu de nuestro tiempo. Una novela que hay que leer por la mañana, lo más lejos posible de la noche, porque entonces nos hará sentir que los sitiadores han tumbado la puerta y se acercan a despedazarnos. Pero, aunque lo protagoniza, no es una novela de terror, lo dicho, es de amor. Al límite, arriesgada, imprescindible, acabadamente parida por el Siglo XXI. De mujer ¡carajo!, no de chicas. Quien no la lea, nunca sabrá. Por esta obra, uno se va al infierno: valiente la autora al escribirla, valiente el jurado que se atrevió a premiarla.

La trama es sólida, pero no la notamos, repta por debajo de su poética del desamparo como un río subterráneo que sólo manifestará su arrolladora potencia sobre un final para arrancarse los ojos y que llega, si embargo, con la mayor naturalidad, como lo único que procede, hecho que lo hace más trágico, si cabe. Tal vez no sea una novela de amor, sino una novela sobre el destino, o será quizás que amor y destino son la misma cosa.

EMPIEZA A LEERLA AQUÍ.

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ÚLTIMOS DÍAS EN EL PUESTO DEL ESTE

Cristina Fallarás

DVD EDICIONES



Vida

Escribe Ernesto Mallo sobre sí mismo:
Nací demasiado joven y sin la debida preparación para enfrentar a este mundo. A la edad de 6 años me vi forzado a abandonar mi educación para asistir a la escuela. Esa experiencia me enseñó las virtudes de la ‘autodidactia’, la vida me enseñó sus pesares. No pertenezco a ninguna asociación, partido político, confesión religiosa, club o trenza ya que, como Groucho, jamás aceptaría pertenecer a un club que me admita a mí como socio. A los 20 pensé que era mi deber cambiar el mundo. Lo cambié, es éste, disculpe. Destruí varios matrimonios que me dejaron la módica suma de 6 hijos que, con todo y a pesar de todo, siguen siendo mi obra más acabada. La vocación por la literatura se me despertó muy temprano, provocándome desde entonces dificultades para dormir. En realidad esta actividad, que algún psicoanalista diagnosticó como una necesidad compulsiva de llenar hojas con la intención de que no queden más papeles en blanco, es el más eficaz salvavidas que he podido conseguir.
A una edad que debería ser respetable me queda la improbable gloria de haber sobrevivido a mis padres, a la sinrazón del mundo, a las sustancias prohibidas, a mi propia estupidez, a los gobiernos militares, a los gobiernos civiles y, hasta el momento, a la globalización, aunque no sé cuánto pueda llegar a aguantarla. Maestros tuve: Elsa Osorio, G.B. Shaw, el Gabo, que aunque no lo sepa me debe parte del éxito de "100 años…", Vicente Ninno, Cortázar, Italo Calvino (sobre todo Italo Calvino), Monterroso, Groucho Marx, Poe por supuesto, Hawthorne y Chaplin entre muchos otros que no nombro por pereza. Ya que estamos: la pereza es mi peor debilidad pero la compenso careciendo de envidia. La dicha y la desgracia han llamado a mi puerta con igual insistencia, de la primera aprendí lo efímero que es todo, de la segunda que no he aprendido a vivir sin amor.

Obra

La aguja en el pajar (Planeta, 2003)
Delincuente argentino (Planeta, 2007)
El Relicario (Planeta, 2010)
Crimen en el Barrio del Once (Siruela, 2011)
El policía descalzo de la Plaza San Martín (Siruela, 2011)