Tristessa

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Jack Kerouac.

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Voy en un taxi con Tristessa, borracho, con un botellón de bourbon Juárez en la mochila para enseres ferroviarios que me acusaron de robar en un tren en 1952. Estoy aquí en Ciudad de México, tarde lluviosa de sábado, misterios, me asaltan viejos sueños de aceras sin nombre, el callejón que recorrí entre lóbregos indios vagabundos envueltos en sus rebozos trágicos hasta el llanto bajo los que creí adivinar destellos de navajas. Sueños lúgubres y trágicos como ése que tuve aquella Otra Noche Ferroviaria donde mi padre aparecía acuclillado en un vagón nocturno para fumadores, afuera un guardafrenos portaba luces blancas y rojas y alumbraba los vastos y tristes raíles de la vida. Sin embargo ahora despierto en esta meseta Vegetal, México, bajo la misma luna de Citlapol con la que tropecé hace tres noches en una azotea somnolienta camino de ese baño ancestral de piedra que no deja nunca de gotear. Tristessa está colocada, hermosa como nunca, contenta de volver a casa y de disfrutar de su morfina ya en la cama.

La noche anterior la pasé con ella en un silente y lluvioso ir y venir de barra en barra, cenando pan y sopas y bebiendo ponche Delaware a media noche; luego me alejé y en la cama tuve una visión en la que Tristessa yacía entre mis brazos, la rareza de sus adorables pómulos aztecas, esa muchacha india de pestañas misteriosas y ojos de Billy Holliday me hablaba con voz melancólica, como la de esas actrices vienesas tipo Luise Rainer, rostros tristes que hicieron llorar a Ucrania entera en 1910.

Su piel se tiende y se ondula gloriosa sobre mejillas de pera ósea, sus pestañas largas y tristes, resignación mariana, complexión de café amelocotonado y asombrosos ojos de misterio inexpresivo como las profundidades de la tierra, mitad desdén, mitad lamento dolorido. «Estoy enfeerma», nos dice siempre a Bull y a mí en el patio. Estoy en Ciudad de México, loco y desmelenado y montado en un taxi, dejando atrás el Cine México para internarnos en un atasco bajo la lluvia mientras chupo de la botella. Tristessa gesticula para explicarme que anoche, tras subirla a un taxi, el chófer lo intentó con ella y tuvo que darle un puñetazo, noticia que nuestro taxista recibe sin comentarios. Nos dirigimos a su casa para colocarnos. Tristessa me ha advertido que está hecha un desastre porque su hermana se pasa el día borracha y enferma, además El Indio estará allí también con su semblante majestuoso y una aguja de morfina clavada en el brazo, mirándote con ojos vidriosos a la espera de que el pico encienda la deseada mecha y luego decir «Umm-za… Bendita aguja azteca en mis carnes en llamas», mirándolo todo como un todo, igual que aquel tiparraco que me mostró el número 0 la vez anterior que me bajé a México en busca de otras visiones. El extraño tapón mexicano de mi botella de whisky amenaza con aflojarse y me preocupa que la mochila termine macerada en Bourbon 86 proof.

El taxi se abre paso por un bullicio callejero de sábado noche semejante al de Hong Kong, avanza despacio por las callejuelas del mercado hasta salir a la calle de las putas donde nos bajamos por detrás de los puestos de fruta y antojitos y tacos, todos con sus bancos fijos de madera. Estamos en la depauperada Colonia Roma.

Le pago al taxista, 3,33, le doy 10 pesos y le pido seis de vuelta, los guardo sin rechistar y me pregunto si Tristessa me tomará por uno de esos gringos beodos que vienen a México a despilfarrar. Pero no hay tiempo para conjeturas y nos apresuramos por las resbalosas aceras bañadas en destellos de neón y velas de minoristas de nueces expuestas sobre toallas extendidas. Embocamos rápido el callejón pestilente camino de su guarida en esa colmena de dos pisos. Pasamos junto a cubos bajo grifos y goteras y niños y ropa tendida hasta su puerta de hierro enquiciada en adobe y abierta así que pasamos a la cocina al tiempo que la lluvia se desliza aún por las hojas y tablones que techan la cocina, colándose y cayendo en un rincón enmohecido lleno de mierda de gallina, en el cual, milagrosamente, detecto también la presencia de un gatito rosado que hace pis sobre un manojo de quingombó y pienso para pollos. El dormitorio interior está atestado de basura y todo revuelto como por obra de un loco, periódicos descuartizados y pollos picoteando granos de arroz y restos de sándwiches por el suelo. En la cama yace enferma la hermana de Tristessa enfrascada en un cobertor rosa, resulta tan trágico como la noche en que dispararon a Eddy en la lluviosa Calle Rusia.

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Tristessa está sentada al borde de la cama ajustándose sus medias de nylon, tirando de manera absurda de ellas hacia arriba con los zapatos puestos mientras su rostro ausente observa los esfuerzos con labios fruncidos. Contemplo cómo entorna compulsiva los pies hacia dentro cada vez que se mira los zapatos.

Es una chica preciosa, me pregunto qué dirían mis amigos en Nueva York y San Francisco y qué ocurriría si la vieran con gafas oscuras avanzando con su lento caminar bajo el sol de Canal Street, tratando de abrocharse el quimono al chubasquero sin importarle que el quimono haya de abrocharse al abrigo, hablando sin parar, torpe, diciendo en plena calle «ahí viene un taaxi» –ahí ho ahí ho –te traeré la lana de vuelta. Lana sollozante. Lana que me recuerda a mi vieja tía francocanadiense de Lawrence, «No quiero tu lana sino tu amour», amor es amour, es la ley, el amor es la ley –Lo mismo que Tristessa, siempre tan colocada, enferma, chutándose diez gramos de morfina al mes –Tambaleando su belleza por las calles mientras la gente se vuelve para mirarla –Sus ojos brillan radiantes sobre mejillas bañadas en rocío y su pelo indio es negro y fresco y aceitoso y le cuelga de la espalda en 2 trenzas que dejan atrás el resto recogido en rulos (su pelo es una auténtica catedral india) –A cada momento baja la vista hasta sus zapatos nuevos, en absoluto escuálidos a diferencia de sus pantorrillas por las cuales se escurren todo el rato unas medias de nylon que no para de ajustarse compulsivamente una y otra vez mientras tuerce los pies –Uno podría imaginarse a esa preciosidad en Nueva York, con una falda amplia a la moda, suéter cachemir de Dior rosa ajustado y sus ojos y sus labios seguirían ahí igualmente poniendo el resto. Aquí en cambio vive reducida por la pobreza y obligada a vestirse con tristes harapos de dama india, como todas ésas que pueblan la lobreguez de los portales como agujeros en la pared y nunca como mujeres –sus ropas hasta que miras de nuevo y descubres la nobleza y el coraje de esas Señoras, madres, mujeres, Vírgenes María de México –Tristessa tiene una imagen enorme dela Virgen María en un rincón de su cuarto.

Preside la estancia, hacia la pared de la desolada cocina, desde la esquina derecha se proyecta hacia ésta, por cuyo techo de ramas y tablones podridos se filtran inefables goteras (refugio devastado por las bombas) –El icono representa ala Santa Madreasomándose bajo su manto azul, con su túnica y sus arreglos de Gran Dama, a la que El Indio dirige sus plegarias cada vez que sale a pillar algo de mierda. El Indio, supuestamente, es vendedor de baratijas –Pero yo nunca lo he visto por San Juan Letrán vendiendo crucifijos, en realidad jamás lo he visto en la calle ni en Redonda ni en ninguna parte –La Virgen Maríatiene encendida una vela, de esas baratas en vaso de vidrio que tardan semanas en consumirse, como las incansables ruedas de oración tibetanas que nos acercan al Buda Amida –Sonrío al ver tan adorable imagen.

Junto a ella fotografías de los muertos –Cuando Tristessa alude a los «muertos» entrelaza ambas manos en actitud sacra, manifestando así su creencia azteca enla Santa Muerte, así como en la santidad de la esencia –Por eso tiene una foto de mi difunto y viejo amigo Dave, que murió a los 55 de una subida de tensión –Su rostro indogreco nos mira desde la borrosa palidez de la fotografía. No consigo verlo en medio de la nieve. Seguro que está en el cielo, con las manos en V, en el éxtasis eterno del Nirvana. Es por eso que Tristessa junta las manos y reza y dice: «Quiero a David», y cierto que amó a su antiguo maestro, a ese hombre mayor enamorado de una jovencita. Adicta desde los 16. Él, que también era un drogota callejero, la sacó de la calle y redobló sus esfuerzos hasta que dio por fin con otros yonkis más acomodados y le enseñó cómo vivir –Solían caminar cada año hasta Chalmas donde subían parte del cerro de rodillas hasta el santuario repleto de muletas abandonadas por los peregrinos que sanaban de sus males y pilas de paja en la niebla en las que dormían al abrigo de mantas y chubasqueros –para volver luego, devotos, hambrientos, sanos, a la luz de las velas dela Virgeny hacerse de nuevo a las calles en busca de morfina –Sólo Dios sabe de dónde la sacarían.

Me siento a admirar a la majestuosa madre de los que aman.

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No hay forma de describir la horrible sordidez de esos agujeros en la techumbre, el halo marrón de la noche citadina en esas alturas verde vegetal sobre los tornos blakenianos de los tejados de adobe –El estruendo de la lluvia en el Valle norte del Actopan –Chicas hermosas surcan a la carrera los charcos de las alcantarillas –Perros que ladran a los coches –La vacua llovizna inquieta, la pétrea frialdad de la cocina y el portón de hierro reluce mojado –El perro aúlla de dolor en la cama. El perro es una madrecita chihuahua larga de doce pulgadas, de patitas delgadas y negras pezuñas, una criatura tan «fina» y delicada que apenas la tocas chilla de dolor como si la mataran –«S-í-i-p»– Lo más que puedes hacer es acercarle la mano y dejar que te olisquee las uñas y el pulgar con su naricita húmeda (negra como la de un toro). Una dulce perrita –Tristessa dice que está en celo y por eso llora –El gallo chilla bajo la cama.

El gallo ha estado todo este rato bajo la cascada de la cocina, meditando, contemplando la quietud de la oscuridad a su alrededor, ajeno al ruido de la dorada humanidad sobre su cresta, «¿Kiki-ri-K I I?», grita, aúlla, interrumpiendo la media docena de conversaciones simultáneas ahí arriba, broncas que suenan a papel hecho trizas. La gallina ríe.

La gallina está fuera, se pasea entre nuestros pies, picotea gentilmente el suelo y estudia a la gente. Quiere acercarse y restregarse sin límite contra los bajos de mi pantalón, pero no le doy pie, en realidad no me había percatado de ella hasta ahora y de pronto todo se me aparece como en aquel sueño en el que el furioso e inconmensurable padre salvaje aullaba arrasador a su paso por Nueva Escocia, inundándola de aguas marinas que engullían la ciudad y su periferia rural de pinares allá, en el norte infinito. Y ahí estaba Tristessa, Cruz en la cama, El Indio, el gallo, la paloma sobre el mantel (sin otro sonido que algún aleteo ocasional, mero ejercicio), el gato, la gallina y la maldita chihuahua faldera en celo.

El cuentagotas de El Indio está completamente lleno, aprieta la aguja con fuerza, tan roma que no atraviesa la piel así que aprieta aún más y aguarda en pie, boquiabierto, el éxtasis hasta la última gota –«Señor Gazookus, tiene que hacerme usted un favor» dice Old Bull Gaines sacándome de mis pensamientos. «Llévame hasta Tristessa –Ando algo escaso». Pero para entonces estoy ya saturado y listo para perder de vista Ciudad de México y chapotear sin maldecir y sin interés, por los charcos bajo la lluvia hasta llegar a casa y caer muerto en la cama.

Es la locura ensangrentada del libro de los sueños de este mundo maldito, lleno de intereses, traiciones y acuerdos por escrito. Y chantajes a los niños a cambio de caramelos, niños por caramelos. «La morfina es para el dolor», lo sigo pensando, «el resto restos (o descanso), nada más, y yo soy lo que soy, Adoración a Tathagata, Sugata, Buda, perfecto en toda esa sabiduría y compasión adquirida, adquiriente y por adquirir… todos esos términos del misterio».

Para eso tengo el whisky, para beber y colapsar al cruzar la cortina negra –Y ser a la vez un cómico en la ciudad de la noche –Atormentado por las sombras y la calma, aburrido, bebiendo, venerando, haciéndome pedazos –«Qué más puedo hacer» –Arrastro la silla hasta una esquina de la cama para poder sentarme entre la gata y la Virgen María.La gata, pequeña Tathagata de la noche, color rosa áureo, 3 semanas de vida, naricita rosa chicle, rostro enloquecido, ojos en verde, bigotes como tenazas de un león dorado. Deslizo el dedo por su diminuto cráneo y activo por un rato la máquina del ronroneo mientras ella observa la habitación y contempla satisfecha lo que pasa a su alrededor. –«Dorados sus pensamientos serán» pienso –A Tristessa le gustan los huevos, de no ser así jamás permitiría la presencia de un gallo en este asentamiento femenil. Cómo habría yo de saber cómo se crea un huevo. Las llamas devotas de las velas arden a mi derecha junto a la pared de arcilla.

Es infinitamente peor que mi vieja visión onírica de Ciudad de México en la que surcaba el vacío de blancos apartamentos como alma en pena, gris, solo, o que cuando el horror se apoderó de mí ante los escalones de mármol de aquel hotel –Nada comparable a las noches de lluvia en Ciudad de México en pleno distrito del Mercado de los Ladrones donde El Indio es un reputado ladrón y donde incluso Tristessa ejercía de carterista así que no dejo de palpar el bulto en el bolsillo de mi blujean en el que con artes de marinero llevo enrollado el dinero dentro del estuche de mi reloj ferroviario; en el bolsillo de la camisa guardo los cheques de viaje que en cierto modo son inútiles de robar –Ah, sí, ese lado de la calle está lleno de pandilleros mexicanos que me paran y hurgan en el bolsillo de mi chubasquero, se apoderan de lo que les parece y luego me llevan a tomar un trago –Esta tierra es tan siniestra como imprevisible. Soy consciente de las innumerables manifestaciones que una mente pensante puede llegar a fabular con tal de levantar el muro de los horrores entre ella y la más pura, simple y perfecta aceptación de la inexistencia de dicho muro ni de tal horror, tan sólo una Luz Lechosa flotando en el Vacío dela IncombustibleEternidad, verdadera y perfecta en la vacuidad de su naturaleza. –Ya sé que todo está bien pero quiero pruebas y los Budas y las Vírgenes están ahí para recordarme el solemne compromiso con la fe en esta tierra cruel y estúpida y que sumerge eso que llaman nuestras vidas en un mar de angustia, carne para las morgues de Chicago –mi verdadero padre y mi verdadero hermano yacen hombro con hombro bajo el lodo allá en el norte mientras que yo estoy llamado a ser más rápido que ellos –me daré prisa y pronto estaré muerto. Fijo la vista en los demás, me perciben sentado ahí en el rincón, perdido en mis pensamientos mientras lidian con sus propias preocupaciones, interminables, salvajes (mentales al 100%) –Parlotean en español, sólo puedo entender fragmentos sueltos de esa charla viril –Tristessa intercala un «chingar» en cada frase, como un marine malhablado. –Maldice con desprecio, mordiéndose el labio, lo cual me sobrecoge. « ¿Será que no conoces a las mujeres tanto como creías?» –El gallo, impertérrito, deja escapar su canto explosivo.

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TRISTESSA

Jack Kerouac

Traducción de Daniel Ortiz Peñate

Ilustraciones de Dani Orviz

EDICIONES ESCALERA



Vida

Jack Kerouac nació en 1922 en Lowell, Massachusetts. En su paso por la Universidad de Columbia conoció a Allen Ginsberg y William S. Burroughs, y más tarde a Neal Cassady, todos ellos pilares de la generación beat, con quienes trazó el mapa de una América marginal impregnada de carretera y be bop. Denominó a su escritura "prosa espontánea", y prefería no diferenciar entre narrativa y poesía. Su libro “En el camino” y su propia vida acabaron convirtiéndose en ejemplos señeros de la generación de la década de los 60 que revolucinó la cultura norteamericana. En el legado literario de Kerouac destacan, entre otros, títulos como “Los vagabundos del Dharma”, “Tristessa”, “Los subterráneos”, “Big-Sur”, “La vanidad de los Duluoz o Dr. Sax”. Su obra ha influido en artistas como Bob Dylan, Jim Morrison, Patti Smith o The Who. Víctima de su propia leyenda, Jack Kerouac murió el 21 de octubre de 1969 a los 47 años, convirtiéndose por derecho propio en un baluarte de la literatura estadounidense del siglo XX.

Obra

En el camino (1957, 2009)
Ángeles de desolación (1958)
Los vagabundos del Dharma (1958)
Los subterráneos (1958)
Mexico City Blues (1959)
Tristessa (1960, 2011)
El viajero solitario (1960)
La vanidad de los Duluoz (1968)
Big sur (1968, 2011)
Libro de Jaikus (2007)
Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques (2010)
Pic (2010)
Poemas dispersos (2011)


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