Tres apocalipsis, ayer

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RAÚL ARGEMÍ

Y del humo salieron langostas sobre la tierra; y se les dio poder, como tienen poder los escorpiones de la tierra. Y se les mandó que no dañasen a la hierba de la tierra, ni a cosa verde alguna, ni a ningún árbol, sino solamente a los hombres que no tuviesen el sello de Dios en sus frentes. Y les fue dado, no que los matasen, sino que los atormentasen cinco meses; y su tormento era como tormento de escorpión cuando hiere al hombre. 

Y en aquellos días los hombres buscarán la muerte, pero no la hallarán; y ansiarán morir, pero la muerte huirá de ellos.

Apocalipsis/Juan 

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Nuestro apocalipsis no es el libro de Juan. Nuestro apocalipsis es una revelación del miedo a perder lo conocido, porque será malo, pero lo que vendrá será peor. Nuestro apocalipsis no es el final, es el tránsito. ¿Qué tiene el Apocalipsis que se convierte, una y otra vez, en material de nuestras narraciones? ¿Por qué nos centramos en los días posteriores al apocalipsis? ¿Por qué ese mundo tiene que ser, necesariamente, peor que lo que hemos conocido?

Esa es la pregunta, provisoria, que se fue gestando con tres libros que he leído, en distintos momentos, pero que por estos días se me sumaron. Dos novelas y un libro de relatos. Plop, de Rafael Pinedo (1954), Últimos días en el Puesto del Este, de Cristina Fallarás (1968) y Los caníbales, de Iván Humanes (1976).

Y no es por casualidad que cifro junto a sus nombres el año de nacimiento. Intento hallar el hilo conductor entre un libro de profecías escrito, supuestamente, en los siglos I o II, con Pinedo, un hombre nacido 12 años después que una bomba atómica llamada Litle Boy llevara Armagedón a Hiroshima. O con Fallarás, nacida en el Año de los Derechos Humanos, los estudiantes que arrojaban adoquines en París, la Guerra de Vietnam, y el crecimiento de los movimientos revolucionarios, contestatarios o contraculturales. O con Humanes, que llegaba a un mundo en que el capitalismo terminaba de abatir cualquier otra opción, y con la Thatcher como bandera barrería cualquier clase de utopía, aún las más humildes y reformistas.

Resumamos desde dónde miran y narran estos tres autores, para ver si podemos dejar a la vista lo esencial.

Plop, título que parece una onomatopeya, es eso, el ruido de algo, de un recién parido que cae al barro. Ya ha sucedido. ¿Lo llamamos apocalipsis? Y el mundo que la gente conoce es una llanura contaminada, cubierta de basura y barro, bajo una lluvia casi constante. La vida se ha reducido a sobrevivir. El pasado es una sospecha que más vale no recordar. El futuro, dentro de un rato; la próxima comida.

El suelo es siempre plano. Debajo de la basura siempre es plano.

La Llanura, la llaman. El horizonte está apenas cortado por grandes pilas de escombros y basura.

Dicen los viajeros que lejos, a más de treinta días de camino, el suelo se levanta y hay partes de piedra y no hay cascotes ni latas.

Pero nadie les cree.

En Últimos días en el Puesto del Este, un levantamiento triunfante de fundamentalismos varios, indefinidos, se ha cargado la civilización occidental. De las otras nada sabemos. La protagonista narradora, y un grupo de gente que, en el fondo, le resulta ajeno, soportan el asedio en lo que comienzan a ser las ruinas de una casa de campo señorial. El futuro es la muerte. El pasado, un refugio en la memoria para huir del presente.

Los relatos de Los caníbales fragmentan el retrato de lo porvenir desde el refugio en la fantasía y el homenaje a Borges, Cortázar, Poe, Burgess y varios otros que seguro se me escapan. Pero, en todos, está presente la huída, el pánico ante lo que vendrá, siempre peor de aquello que ya es venido. La huída, hacia el fondo de la Tierra, como en El campamento Güstrow, porque es mejor pertenecer a algo que estar afuera. La inevitabilidad de la caída, como en Frigg, porque aquello de lo que huimos, nuestro verdugo, no necesita saltar barreras, ya está adentro de la fortaleza.

Los tres libros, los tres autores, coinciden vitalmente en tiempos de inquietud y miedo a lo que vendrá. Tal vez, como dijo Erich Fromm, naces solo y mueres solo, y en el medio, la soledad es tan grande que tienes que compartir tu vida para no recordarlo.

Pinedo es un hijo de la Guerra Fría. La bomba, las bombas, amenazan desde sus bunker subterráneos con dar fuego al mundo. Gran parte de la Ciencia Ficción de esos años recrea la idea de que seres de otro planeta, superiores en todo, llegarán a la Tierra para darle paz eterna. Los miles y miles de avistamientos de Ovnis y las leyendas que se crearon en torno de ellos, dan fe de la íntima necesidad de que sean los de afuera quienes salven a la humanidad del desastre.

Un par de pasos más allá que La carretera, de Corman McCarthy, en que el fin del mundo conocido se produjo hace poco tiempo, en Plop, ya ni la memoria de lo sucedido ha quedado. El barro puede con todo. La carne es comida para vivir un día más; no importa cómo se llamara un rato antes esa carne, si era tu hijo o era tu madre.

Los años 70 de Fallarás pueden parecer más constructivos, o positivos, porque aparecen respuestas a una sociedad básicamente injusta. Propuestas alimentadas con mucho cristianismo primitivo: si le damos la oportunidad, el humano será lo que es, esencialmente bueno. Pero eso no significa tranquilidad espiritual. Todo cambio, en la medida de que sus resultados no son seguros, genera una dosis de ansiedad y miedo que actúan como freno. Sobre todo porque la utopía del hombre bueno, como la del Hombre Nuevo, que sostenía Ernesto Guevara, huelen a catequesis para niños.

La narradora de Últimos días en el Puesto de Este, la Rubia, la puta del Capitán, la altiva, como quiere verse en esos días de cerco, mierda y muerte, recuerda a su hombre y sus amigos como niños que juegan a la guerra. Niños que no terminan de comprender que el nuevo enemigo, antiguo como la memoria, juega con otras reglas; que de su triunfo no habrá retorno y, lo peor, que será aceptado.

Luego, aquellos que veían los miembros apilados al sol, las hogueras, aquellas atrocidades que hicieron con los hijos de los muertos, aquella sutil forma de eugenesia, se echaban las manos a la cabeza, Cómo puede ocurrir aquí, Cómo no haberlo visto venir. Y luego decían Quizás, quizás estas cosas son necesarias, Hay que sobrevivir, no hay que mirar atrás. Yo lo recuerdo, yo alcancé a verlo y oírlo como un vómito llega, yo aún estaba allí presente, no sitiada, cuando los que iban quedando, tras el pavor de las mutilaciones y tras la imposición del silencio, empezaron a menear las cabezas de aquella manera que quería decir En fin, quizás esto era lo mejor, si todos están de acuerdo, y todos parecen estarlo, quizás sí es mejor así. Yo vomito al recordarlo todavía.

Tal vez, si esto fuera una película, se oiría la voz del Coronel Kurtz, murmurando: “Es imposible para las palabras describir, para aquellos que no saben, lo que el horror significa. El horror tiene una cara… y uno debe hacerse amigo del horror. El horror y el terror moral son tus amigos. Si no lo son, son enemigos a los que hay que temer. Son enemigos de verdad”

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Ya dijimos que Iván Humanes nació en plena ola neoliberal, cuando se decretaba el fin de la historia y se enterraban sin ceremonias, casi con vergüenza, las aspiraciones humanistas nacidas con la Revolución Francesa. El pragmatismo, la renuncia a cualquier clase de principios, se convertía en la ideología generalizada. Al margen de esa postura, como una constante que se presenta sustentada en mandatos bíblicos, millones de personas se refugian en iglesias que les aseguran que, con el cumplimiento de unas pocas reglas, estarán en el reducido número de los elegidos, aquellos que serán salvados cuando llegue el apocalipsis.

En Los caníbales Humanes se permite, desde una prosa elaborada y rica, colocarse en los mundos fantásticos que imaginaron los clásicos, para narrar el miedo, la violencia, el hombre que devora al hombre, desde una distancia estética que evita que la sangre huela demasiado a sangre, y los descuartizamientos sean solo eso, un acto macabro. No necesita nombrar al apocalipsis para que esté presente; y ya haya sucedido.

Silvia en el desierto es el lago Qarun. Su norte es vacío, vergel el sur. Es el más cercano a la capital egipcia. La sal lo consume, borra sus límites y lo hace pesado. Su densidad será petróleo. De vez en cuando hablarás sin labios y lo agradecerás, porque el sonido será canto I, Estrofa VI, de Maldoror: “Hay que dejarse crecer las uñas durante quince días”. Más, “Hundir las largas uñas en su tierno pecho, pero evitando que muera, pues si murieran, no contaríamos más adelante con el aspecto de sus miserias”.

Este es el punto en común de los tres libros: se dice o flota la convicción de que el apocalipsis es cosa sucedida, y que lo que queda por delante es comerse los unos a los otros, como una puesta en actualidad de aquello de amarás al prójimo como a ti mismo.

Pero, entonces volvemos al principio: ¿Por qué el tiempo postapocalíptico tiene que ser peor que lo que hemos conocido?

Queda claro que es una abierta contradicción con la profecía de Juan. En ella, la matanza, la destrucción del mundo, el horror, es necesario para limpiar la obra de Dios y, al final, que los justos sean compensados con la vida eterna junto a su creador. El Apocalipsis de Juan es una visión esperanzadora, el fin de un tiempo de error y pecado. Somos nosotros quienes imaginamos el apocalipsis no como el final sino como el comienzo de algo muy parecido al Infierno.

Tal vez la pregunta estaba equivocada desde un principio. No debería ser por qué estos tres libros nos hablan del después del apocalipsis, sino por qué leemos, como si nos alimentáramos, historias que narran ese pos apocalipsis. Cuál es nuestra necesidad de realizar esos libros, y otros semejantes, en su lectura.

Está bien… los leemos porque están muy bien escritos. Porque son literatura de la buena. Pero eso no alcanza para explicar por qué se los publica, por qué los leo, y por qué tengo que escribir esto.

Tal vez encuentre una respuesta cuando pueda decirme en voz alta cuándo sucedió mi apocalipsis.

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ÚLTIMOS DÍAS EN EL PUESTO DEL ESTE

Cristina Fallarás

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PLOP

Rafael Pinedo

SALTO DE PÁGINA

 

 

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LOS CANÍBALES

Iván Humanes

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