El primer baile fue en el campo. Era de noche y había una fogata. El chico me agarraba haciendo un arco perfecto entre nuestros brazos, rígido y él estaba muerto de vergüenza. Nuestros brazos parecían palos de escoba y no dábamos una. No es para menos, teníamos trece años y ni la más remota idea de lo que estábamos haciendo. Nos pisábamos, íbamos completamente descoordinados y eso era de todo menos lo que debía ser, la relación entre dos cuerpos. Y es que a nadie de mi edad que conozca nos enseñaron a bailar como, de hecho, no nos enseñaron a hacer ninguna de las cosas importantes en la seducción: ni a bailar, ni a jugar al billar. Creo que lo que bailamos fue esto:
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Bueno, sin sangre, eh. Era 1990.
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El segundo baile memorable fue en un restaurante. Sonaba La Perfidia, versionada por Nat King Cole, bellísima. Entre los trece y los treinta años el baile agarrao pasó a mejor vida a mi alrededor, como pasa con casi todo lo bueno: lo aparcas en pos de lo que se supone que debes hacer. Así, bailamos en raves, en discotecas y en bares. Bailamos hits de pop, nos arrastramos con el hardcore. Pero cada uno en su cápsula particular, qué tiempos. Debíamos andar todos muy traumatizados por los brazos-palo-de-escoba de la temprana adolescencia y lo quisimos borrar como fuera. Pero un día aprendes que, precisamente, los valores seguros en la seducción son los mismos desde hace cien años y es por algo. Y alguien me sacó a bailar entre las mesas con la canción perfecta, de amor arrebatado, lento, agridulce e insano. Como dice un amigo, no hay amor sano, como no hay un feliz lunes.
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El tercer baile para recordar fue después, en unas fiestas populares, en verano. Pero no fue en un exterior, sino en un bar a la madrugada. Venir de un baile de plaza es lo que tiene, que ya no puedes parar de bailar canciones agarrao. Ya te pueden poner cualquier otra cosa, que tú lo que quieres es que te tomen de la cintura y no parar de girar. Teníamos pocas opciones para tal empresa, un bar de barrio es lo que tiene, pero alguien se sacó de la chistera el Cheek to Cheek -según Frank Sinatra-. Un clásico seguro. Recuerdo el gesto, la moqueta marrón del bar y la barbilla rasurada de mi acompañante. Fue un espléndido baile. Ahí aprendí que el mejor bailarín es aquel con el que te entiendes.
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A estas alturas y con obviedades, ¿eh?
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Qué le vamos a hacer.
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BCNmp7 ‘Músiques en procés: La perfidia de tu amor’ es una jornada dedicada a la música y al baile ‘de antes’ en Barcelona.
Se celebrará en el CCCB el viernes, 22 de julio de 2011, a las 20.30h.







La Perfidia es la canción más hermosa del mundo. Buena pinta, ese evento!
Qué cosa… cuando era pibe aprendiamos a bailar entre amigos. El que sabía enseñaba a los otros, porque no era cosa de ir a un baile y pasar papelones pisando minas. De todas maneras, la primera vez que bailé con una mina, a cada rato los ojos se me escapaban hacia los zapatos, y la mina disimulaba que yo estaba verde.
La segunda fue en un baile de carnaval que armó una vecina en el barrio. Otra vez a mirarme los zapatos y la mina que me decía, vos tranquilo, que sale solo. De esta mina lo que recuerdo es que no se sacó nunca la careta, ni el gorro de hilo que le tapaba toda, y digo toda, la pelambre. Pero, en un momento se le escapó una cana muy blanca.
Cagamos, me dije, es una vieja.
Lo comenté en un alto para darle a la cerveza y un grande, que hoy no me parece tanto porque el tipo no pasaba de 40, me batió:
No te hagas problemas, al fin de cuentas desarrugar y romper viene a ser lo mismo.
Obvia metáfora sexual, que no llegué a concretar en ninguna de sus dos versiones porque la enmascarada desapareció del baile, y si se hubiera quedado seguro que tampoco, porque era bastante boludo.
Luego, claro, con el pop y la cumbia, bailar “suelto” venía fácil, pero el gustito era con los boleros, bien agarrado.
“No hay amor sano, como no hay lunes feliz.”
Pobrecita mía.
Pobrecita mía.