CARLOS ZANÓN
Byron: la primera estrella del rock & roll. Habrá quien arrugará la nariz y dirá que antes estuvieron Caín, Cleopatra o Alejandro Magno. Ni caso. Porque lo que ellos no sabían es que también ellos eran Byron. Porque en el mundo del espectáculo o se es Byron o no se es nada.
George Gordon Byron (1788-1824) fue la primera y será la última de las estrellas de Hollywood. Y en medio, todos Byron. Rimbaud, Classius Clay o Kennedy, Picasso, Humbert Humbert, Djuna Barnes, Elvis o los Stones, Capote, Zelma y Scott Fitzgerald. También Orson Welles, Dostoievsky, Lennon, Houellebecq, Lowry, Johnny Depp (y todos los Brandos anteriores y posibles). Los modernos de siempre, los pintores en Montmartre, Rufus Wainwright, Ripley en peligro, los punks, Dorothy Parker, Hannibal Lecter y Billie Holliday. Y todos aquellos que han hecho o tratado de hacer arte con su vida y vida del arte (¿Wilde? ¿Qué es sino Dorian Gray? Byron). Gula, intensidad y aburrimiento. Amarlo todo. Abandonarlo todo. Despreciar a los dioses y ansiar un mundo tan violento como hermoso. Crede Byron rezaba su escudo de armas. Cree en Byron.
Nuestro hombre tuvo la fortuna de colocar su Enola Gay en el momento oportuno. Las peregrinaciones de Childe Harold -sus dos primeros cantos- convulsionan el mundo en 1812. Su arrogancia, su desapego, su abulia nihilista aún nos llega con cada nuevo creador. El ‘lo tengo todo y no quiero nada’ ha sido el lema de casi cualquier revolución de los siglos XIX y XX y lo será las del XXI. El hastío adolescente de Byron –embrión de tedio voluptuoso de su hermano feo y urbano, Baudelaire– es el grito de la contracultura, de Johnny Rotten y del botellón de debajo de tu casa. Su fluir poético –cabeza clásica, corazón romántico– en un relato tramposamente autobiográfico fue la espita. Y después el mundo salvaje a través de los ojos, las manos y la pasión de uno de los nuestros. Byron enfrentando a los suyos un espejo de la alteridad. Pastores albanos, mujeres andaluzas, héroes griegos, pachás y todo el decorado atormentado romántico chic. Tormentas, revolcones y héroes libertarios.
Best seller en su momento, hoy Childe Harold lleva años sin estar disponible en librerías. Y es que Byron es siempre más grande como Byron que como autor. Byron tuvo más tarde caza mayor –Don Juan– pero nadie que haya leído las desventuras de niño rico en viaje fin de curso ha vuelto a ser el mismo. Yo tampoco.
Otro de las argumentos para entender la vigencia de Byron es su uso del exotismo. El exotismo como estado de ánimo contra la educación como una forma de ser feliz. Su mezclarse entre los distintos, más allá de tics clasistas y religiosos, su incoherencia arrogante y a la vez sensible a los débiles. Todo ello conforma una personalidad proteica que lleva a que Byron sea el Poeta Albano, el Poeta Griego, el Poeta italiano. Allí estaba para enarbolar la idea de la libertad aplicada en sus propias carnes. Su viaje no fue sino una suerte de escapar de una moral y una sociedad. Un Grand Tour en el que además de poner imágenes a los nombres míticos, permitía conocer a las gentes y no leer sobre ellas y, todo sea dicho, pegarse un banquete sexual sin distinción de sexo, clase o condición.
También es byroniana la dolorosa separación entre hombre de acción y de letras (¿Hemingway? También Byron). La literatura de Byron es Byron si hubiera podido no ser Byron. Cojo, poeta, civilizado. Sus personajes son corsarios, rebeldes, asesinos, presos condenados a muerte. Él no podía ganar una guerra, sólo podía escribirla. De ahí su fascinación por determinados personajes y sus ganas de proezas físicas. Aún se celebra el paso de los Dardanelos a nado en su honor. Y su muerte ayudó a que Francia e Inglaterra se implicaran en la liberación de Grecia del poder otomano. Murió en Missolonghi en 1824 habiendo invertido todo su capital y salud en la liberación helena. Su muerte –a tenor de la biografía de Maurois– no fue épica. De malaria, sin haber entrado en combate, atrapado en decisiones burocráticas y luchas intestinas griegas.
Lo evidente es que el periplo mediterráneo hizo a Byron lo que fue. Y su obra significativa de principio a fin no es sino el eco de lo que vio, vivió y sintió. Un Grand Tour establecido como formación académica de licenciados ingleses. Pero que gracias a Napoleón y una tonelada de muertos, Byron no puede hacer según el paquete-estándar: Francia, Alemania, Países Bajos, Suiza y Nápoles. Así para el bien de la literatura, hará el paquete-alternativo. Lisboa, Gibraltar, Andalucía en plena Guerra Napoleónica, Cerdeña, Sicilia, Malta, Albania, Efeso, Atenas, hasta Constantinopla Fin de Trayecto. Dos años y doce días.
Cada mes hay un Byron (de, sobre, ante, como, de) en la mesa de novedades de tu librería favorita. En esta ocasión se reedita el Byron de Lampedusa (Editorial Nortesur). Se trata de un pedazo de su curiosa y amena Clase de literatura Inglesa. Digo curiosa porque iba dirigida a un único alumno, Francesco Orlando. Tres veces a la semana a eso de las seis de la tarde, Giuseppe Tomasi di Lampedusa (1896-1957) excelente lector por placer y excelente escritor por asfixia ejercía de mentor. Estamos en 1954 pero su olfato y criterio siguen vigentes hoy en día. Han aguantado las obras que él auguró que lo harían. Y respecto la figura de Byron, también. Alguien que se halló en el momento justo del tsunami romántico personificándolo, no superándolo. Un amante de la Europa salvaje que nunca fue ni será Europa. Un convencido de la alteridad como vía de conocimiento. Un poeta hecho con el material del que están hechos los sueños y las mentiras que no llegan a serlo.
.
BYRON
GIUSEPPE TOMASI DI LAMPEDUSA







