Ted Cohen
.
I
EL TALENTO PARA LA METÁFORA
.
No obstante, admito que la metáfora tiene una dimensión pictórica y que la perspectiva que genera no puede expresarse proposicionalmente.
JOSEF STERN1
.
Por lo tanto, podemos considerar la oración metafórica como un «pato-conejo»; es una oración de la que cabe considerar que presenta al mismo tiempo dos situaciones diferentes; mirada de un modo, describe la situación real y, mirada de otro, una situación hipotética con la que dicha situación es comparada.
ROGER WHITE2
.
Hay un misterio en el corazón de la metáfora. Durante los últimos años, una serie de autores competentes han hecho mucho por clarificar el tema y han demostrado que algunas tesis consideradas centrales sobre la naturaleza de la metáfora son insostenibles.3 En concreto, lo que han demostrado es que el significado de una metáfora importante no puede transmitirse de modo literal, es decir que, en general, un enunciado metafórico carece de un enunciado literal que sea su equivalente.
Considerar el significado de una metáfora como un «sentido» puede ser o no ser sensato. Si lo es, entonces una oración metafórica tiene dos sentidos, uno literal y otro metafórico. Si no lo es, sólo tiene uno, el literal, y el significado metafórico tiene que entenderse de otro modo. Con todo, en cualquiera de los dos casos, habrá un significado metafórico susceptible de ser captado por un público competente. El modo en que dicho público lo hace es, en última instancia, un misterio.
En el caso de una metáfora del tipo «A es B», se indica cierta comparación de las propiedades de A con las propiedades de B. Una idea tradicional, repetida al menos desde Aristóteles, es que esa comparación puede explicitarse en una formulación del tipo «A es como B»; y ello conduce a la segunda idea de que es posible expresar el significado de la metáfora como una comparación explícita y literal de A con B.
Ambas ideas son erróneas, y la segunda induce mucho más al error que la primera. La primera idea es, a simple vista, llana y completamente inverosímil. En general y desde luego en el caso de enunciados literales, «A es B» y «A es como B» no son equivalentes. Por ejemplo, «Aristóteles es como Platón» es verdad: ambos son griegos, atenienses, filósofos, llevan mucho tiempo muertos, etcétera; en cambio, «Aristóteles es Platón» es falso. No hay ninguna razón convincente para pensar que esa no equivalencia evidente desaparece cuando resulta que «A es B» es una metáfora; a menos, claro está, que se dé el caso de que una metáfora «A es B» deba entenderse por alguna razón, quizá por convención, como una formulación alternativa del símil literal «A es como B», y no parece existir ninguna buena razón para suponer que se dé ese caso.
La segunda idea es que el «A es como B» asociado con la metáfora «A es B» no es en sí metafórico sino literal; y, por seductora que haya podido parecer, es errónea. Es posible poner el error al descubierto utilizando el útil, aunque trillado, ejemplo «Julieta es el sol». Si el significado de la declaración de Romeo fuera una comparación literal expresada en «Julieta es como el sol», la comparación relevante sería la de las propiedades poseídas literalmente por Julieta y por el sol. Tales propiedades no escasean: tanto Julieta como el sol ocupan espacio, tienen masa, son visibles, etcétera. Sin embargo, esas propiedades son irrelevantes para lo que Romeo desea comunicar. Lo que importa son otras propiedades compartidas: tanto Julieta como el sol son cálidos, ambos iluminan el mundo de Romeo, etcétera. Y esas propiedades —las significantes— son, en realidad, propiedades literales del sol, pero propiedades metafóricas de Julieta.
De modo que, incluso si una metáfora fuera «reducible » a un símil o varios (una reducción más que dudosa), muchos de los símiles más importantes serían también figurativos, no literales. Por supuesto, hay a menudo semejanzas literales; sobre todo, en los casos que más me interesan, aquellos en los que me imagino ser otra persona. Cuando me imagino que soy el rey David, por ejemplo, es a todas luces relevante que ambos somos hombres, heterosexualmente activos, nos sentimos tentados de herir a otros en la búsqueda de nuestros deseos, etcétera.
Parece cierto de un modo evidente que una metáfora «A es B» induce a pensar en A como B, y que eso nos conduce a nuevos pensamientos acerca de A. El modo en que eso sucede constituye un maravilloso misterio; y la capacidad para llevarlo a cabo, para «ver» A como B, es una capacidad humana indispensable que denomino talento para la metáfora. No se trata sólo de un talento para hacer o captar una metáfora, no si sólo entendemos por ello producir o comprender una oración. No es un talento restringido de ese modo; en realidad, es un talento para captar metáforas y luego ampliarlas y alterarlas.
He aquí una metáfora relativamente elaborada de Richard Stern:4
.
Hay, según creo, tres clases muy diferentes de experiencia literaria: la del escritor, la del lector y la del crítico, tan distintas entre sí las dos últimas como la primera de ambas. [... ] Si establecemos la analogía del escritor con un asesino, el lector es el cadáver, y el crítico, el juez forense.
.
Esta figura es una ilustración perfecta de dos rasgos comunes del lenguaje metafórico, pero no siempre presentes de un modo tan llamativo. En primer lugar, hay una capacidad de la metáfora para sugerir otras metáforas relacionadas, casi por implicación. Así, si se piensa en el crítico como alguien que explica el efecto de un libro sobre el lector, y luego se piensa en el juez forense como alguien que explica efectos paradigmáticamente, se pensará en el crítico como juez forense, y eso conducirá a ver al lector como una víctima y al autor como su victimario; y, aunque Stern no se molesta en observarlo, también conducirá a pensar en el propio libro como arma. A partir de ahí, un apreciador competente de metáforas irá muchísimo más lejos. Quizá Tolstói mate con armas de una potencia apabullante, mientras que Proust lo haga administrando sedantes. ¿Y Hemingway? ¿Utiliza una ametralladora? ¿Un rifle de francotirador? Y luego seguro que acude a la mente la expresión idiomática «matar de risa». Y así…
Ahora bien, en segundo lugar, es posible que nos resistamos a la metáfora o a alguna parte de ella. Resulta extraordinario y muy sorprendente que Stern piense en el escritor como un asesino.5 Si no vemos a los escritores de ese modo, pero de todos modos nos atrae el irresistible acierto de su designación del crítico como alguien parecido a un patólogo, alguien que busca comprender el efecto en el lector de lo que lee, ¿qué haremos para corregir esas figuras? A lo mejor concebimos al novelista como un terapeuta, mejorando el tono muscular o la resistencia de su lector, y entonces el crítico se convierte quizá en el juez de un concurso de culturismo o, mejor, en un médico que valora nuestra salud tras habernos sometido al terapeuta recomendado y que puede explicarnos por qué ha tenido ese efecto la terapia.
Ambas formas de pensar metafóricamenten la escritura llevan, por supuesto, a la siempre seductora pregunta de por qué se somete el lector a las atenciones del autor. En la figura de Stern, podemos preguntar: ¿por qué se expone uno a un asesino? No conozco la respuesta de Stern, pero creo que tiene que ser fascinante contemplarla. En la figura sustituta, la pregunta de por qué va uno al terapeuta es menos interesante, menos poderosa, pero no deja de ser instructiva.
Llamar asesino a un escritor quizá sea una referencia desfavorable para el escritor, aunque dudo de que Stern piense en su metáfora de ese modo. Muchas metáforas pretenden, justamente, ser recursos para decir cosas negativas acerca de sus objetos.
Supongamos que uno quiere decir algo desfavorable sobre Bart y quiere hacerlo utilizando una metáfora. Dirá que Bart es un X, y el resultado será una descripción desagradable de Bart. Hay que elegir algún nombre para colocar en lugar de X y existen, de modo sorprendente, dos clases de candidatos. En la elección más evidente, uno elige el nombre de algo inherentemente desagradable, por ejemplo, la palabra gusano. Eso da: «Bart es un gusano», algo mezquino desde luego para referirse a Bart. Los perros, en cambio, no tienen nada de antipático o desagradable, pero si uno opta por «perro» en sustitución de la X, obtenemos «Bart es un perro», lo que muy bien podría ser un insulto para Bart.
Un ejemplo histórico de elección del segundo tipo, de algo que no es en sí negativo, es la observación de Churchill acerca de Mussolini, «Mussolini es un utensilio».6 No hay nada negativo en absoluto en llamar utensilio a un tenedor, un cuchillo o un destornillador, pero algo ocurre cuando Mussolini es visto como un utensilio.
Se pueden aprender dos lecciones de estos ejemplos. La primera, interesante pero menos problemática que la segunda, es que, tengan o no las metáforas nuevos sentidos y sea o no el uso principal de una metáfora comunicar el sentir del hablante sobre su objeto, no deja de ser cierto que diferentes elecciones de predicados dan lugar a diferentes significaciones. Churchill podría haber llamado a Mussolini un lobo, un demonio o un parásito, pero ninguna de esas palabras tiene el mismo significado que llamarlo utensilio. Es decir, se trate o no de un asunto estrictamente semántico, hay significaciones o descripciones relativamente específicas de las ideas presentadas en las metáforas, incluidas las que quieren insultar o degradar. Sin duda, pensar en Mussolini como un cerdo es ser despreciativo con Mussolini, pero pensar en él como un utensilio es, entre otras cosas, pensar en él en relación con Hitler, lo cual es muchísimo más específico y, cabría decir, incluso más preciso e informativo.
La segunda lección es que el misterio de la metáfora —el misterio de ver o pensar una cosa como otra— es aun más enigmático de lo esperado. Ver a Bart como un gusano es verlo con malos ojos, por decirlo así, pero eso parece ser así porque los gusanos ya tienen mala reputación. Sin embargo, ver a Bart como un perro o a Mussolini como un utensilio es diferente. Sucede algo cuando vemos a Mussolini como un utensilio que también nos hace verlo desfavorablemente, pero no por alguna asociación negativa con los utensilios. Lo desagradable es el «Mussolini visto como utensilio».
La lección general, que conecta esta observación con la idea de «comunicación crítica» de Arnold Isenberg, es que un objetivo principal de muchos creadores de metáforas es la comunicación de algunos sentimientos acerca de los objetos de sus metáforas y la inducción a menudo esperada de sentimientos similares en quienes las captan. Por ejemplo, tanto la descripción de Mussolini como el sentimiento asociado son específicos. Churchill no sólo quería presentar a Mussolini bajo una luz desfavorable, sino presentarlo bajo una luz muy específica; y no sólo quería que tuviéramos unos sentimientos negativos sobre Il Duce, sino los sentimientos que acompañan el pensar en él como un utensilio. Mussolini también podría haber sido un cerdo, pero eso es diferente, es una descripción diferente con un sentimiento asociado diferente.
Las oraciones metafóricas son de todo tipo (imperativas, interrogativas, etcétera), pero el único interés aquí son las declarativas, las oraciones empleadas para realizar afirmaciones, y, entre ellas, las que presentan la forma «A es B». Ofrecen una serie de formas lógicas posibles porque, de entrada, «es» puede ser el «es» de la predicación y el «es» de la identidad; y, en segundo lugar, tanto A como B pueden ser nombres comunes, nombres propios o términos singulares. He aquí dos ejemplos al azar:
.
Los hombres de Yale son corderitos
Cole Porter es un corderito
.
La clase de metáfora que deseo explotar es aquella cuyo objeto es un nombre propio o un término singular; de modo específico, un antropónimo o un pronombre singular. Cuando el «es» es de identidad, la forma puede ser «Yo soy N», donde N es un término singular, un nombre propio o una descripción definida, algo que se refiere a una persona específica. Cuando el «es» es de predicación, la forma será «Yo soy un G», donde G es un término general.
Esta terminología fastidiosa y casi técnica puede abandonarse en cuanto resulta claro que lo que estoy intentando describir se encuentra en el centro de nuestros pensamientos cuando imaginamos ser alguien o algo diferente de quienes somos o de lo que somos. Es lo que acude a la mente cuando pregunto:
.
¿Y si yo fuera Robert Pinsky?
¿Y si yo fuera cristiano?
¿Y si yo fuera aficionado a la música de Wagner?
.
Lo que acude a la mente, creo, son los pensamientos expresados con estas oraciones:
.
Soy Robert Pinsky.
Soy cristiano.
Soy aficionado a Wagner.
.
E interpreto estas oraciones como metáforas. Supongo que se trata de una interpretación discutible, y que muchos estudiantes de la metáfora las encontrarán ajenas a su sentido de la metáfora. Admito que se trata de una interpretación novedosa, pero solicito indulgencia porque lo que hay que hacer para captar cualquiera de esas oraciones es pensar en una cosa como algo que a todas luces no es; y es justo eso, creo, lo que hay que hacer para captar una metáfora. Por ello, aun cuando sea inadecuado llamar metáforas a esas oraciones, la habilidad para captarlas es la misma en ambos casos; así que las llamaré metáforas de identificación personal, y llamaré talento para la metáfora a la habilidad para captarlas.
En una metáfora de identificación personal, suele afirmarse que una persona es otra persona o una persona de diferente tipo, como por ejemplo en:
.
Julieta es el sol.
El Señor es mi pastor.
Los pobres son los negros de Europa.
.
Me centraré en casos en que la persona es uno mismo, con especial atención a la identificación de uno mismo con otra persona; casos con la forma «Yo soy N», donde N es un término singular referido a una persona. Será de ayuda escribir semejante caso como
.
Yo = N,
.
pero hacerlo exige una salvedad. Cuando se utiliza en una metáfora, el «=» que indica el «es» de identidad no representa la relación de identidad habitual. La identidad corriente es una relación simétrica. Así, X = Y si y sólo si Y = X. La razón de que eso no resulte cierto en las identificaciones metafóricas es la siguiente: captar una metáfora es ver una cosa como otra; y no es lo mismo, en general, ver X como Y que ver Y como X.
Para comprenderlo quizá sea de ayuda considerar el siguiente relato.
.
Un judío llamado Lev que vivía en Europa oriental a finales del siglo XIX dice un día a sus amigos:
—Si yo fuera el zar, sería más rico que el zar.
—¿Cómo puede ser eso? —pregunta un amigo—. Si fueras el zar, tendrías toda la riqueza del zar, así que serías exactamente tan rico como el zar. ¿Cómo podrías ser
más rico?
—Bueno, si yo fuera el zar —responde Lev—, además daría lecciones de hebreo.
.
¿Qué es lo que falla aquí? ¿Falla algo?
Bueno, de entrada, el zar no daría lecciones de hebreo porque eso no es algo que haga un zar y, en segundo lugar, no es algo que pueda hacer porque, evidentemente, no sabe la lengua. Lev, claro está, sabe hebreo y, en realidad, se gana en parte la vida dando clases de hebreo.
¿Se podría decir entonces que, si el zar fuera Lev, sería aun más rico? ¿Parece eso diferente de preguntar: y si Lev fuera el zar?
.¿Diría usted una de estas dos oraciones?
Si Lev fuera el zar, no sabría hebreo.
Si Lev fuera el zar, sabría hebreo.
.
Mi tema es el fenómeno de la comprensión mutua; y, como he observado más arriba, quizá parezca discutible relacionarlo con el tema de la metáfora. No sé hasta dónde podrá ser relevante la comparación, pero la hago —provisional y también polémicamente— por esta razón: la creación, la expresión y la comprensión de metáforas deben implicar hablar y pensar sobre una cosa como si fuera otra. Estoy convencido de que comprender al otro supone pensar en uno mismo como otro, así que el talento para hacerlo tiene que estar relacionado con el talento para pensar en una cosa como otra y puede que sea el mismo, sólo que desplegado de otro modo. Por eso he intentado considerar metáforas oraciones como «Lev es el zar», «El zar es Lev» y «Yo soy el zar». Seguiré haciéndolo.
Tratar esas «identificaciones personales» como metáforas puede parecer raro e incluso sospechoso, como quizá también lo parezca mi holgada concepción de la metáfora. Mi uso del término cubre una serie de formas en las que una cosa es siempre considerada como algo que no es. Este sentido abarca metáforas en el sentido habitual y restringido, así como símiles figurativos, analogías, alegorías y es posible que incluso lo que se consideraría de modo general parábolas.7
En una metáfora se dice que A es B, en un símil se dice que A es como B, en una analogía se dice que A se corresponde con C como B se corresponde con D (y a veces C y D son lo mismo, como en: «Dios es a mí como mi padre es a mí», y puede haber casos en que A y B sean lo mismo), mientras que en la alegoría lo típico es que sólo se mencione a B, y que le corresponda al lector entender que B quiere decir, representa o «alegoriza » A. A modo de ejemplos podemos considerar, respectivamente, «Julieta es el sol», «Mi amor es como una rosa roja, roja», «Julieta es a las otras mujeres lo que el sol a la luna» y, para algo así como una alegoría, las frases del Cantar de los Cantares en que un hombre y una mujer se aman físicamente cuando se interpreta, como hacen los cristianos, que esas frases representan la relación de Jesucristo con la Iglesia o, como hacen los judíos, que representan la relación de Dios con el pueblo de Israel.
En todos los casos, creo, la figura se basa en la idea de que A puede entenderse (o «verse») como B; y en prácticamente todos los casos interesantes eso ocurrirá no porque A y B compartan alguna propiedad, sino porque B tiene alguna propiedad que se puede pensar, o imaginar, en A cuando en realidad esa propiedad no es literalmente una propiedad de A.
Durante una conferencia dada en Chicago tras ser invitado al Día de la Poesía del 2006, Robert Hass dijo: «Alguien me propuso que escribiera una secuencia de poemas que fueran, en sucesión, símil, metáfora y alegoría ». Y a continuación leyó lo siguiente:
.
TRES CANCIONES DE AURORA EN VERANO8
I
Las primeras sombras largas en los campos
son como dificultad mortal.
El primer canto de un ave no es en absoluto así.
.
II
La luz en verano es muy joven y nadie la vigila.
No la sientan para el desayuno.
Es la primera en pie, la primera en salir.
III
Porque ha abierto los ojos, él será la luz
y ella, dormida a su lado, será lo visible,
con un mechón rizado en torno a la oreja.
En la que él susurra: «¡Despierta!».
«¡Despierta!», susurra.
.
Lo que sucede cuando una persona es (metafóricamente) identificada con otra queda muy bien ilustrado cuando el David bíblico se ve envuelto en esa identificación, pero antes de abordar esa historia mencionaré un ejemplo más prosaico con el fin de aclarar por qué la identidad metafórica no es simétrica y, por lo tanto, no es una identidad literal; y también para ilustrar la ubicuidad de las metáforas de la comprensión humana incluso en los intercambios más pedestres.
.
Notas:
1. Josef Stern, Metaphor in Context, Cambridge (MA), MIT Press, 2000, p. 289.
2. Roger White, The Structure of Metaphor, Oxford, Blackwell, 1996, p. 115.
3. Este libro no intenta contribuir a la bibliografía sobre el tema de la metáfora en sí. Sólo pretende afirmar que la construcción y la comprensión de metáforas, se logre del modo que se logre, requiere una habilidad que es la misma que la capacidad humana para entendernos mutuamente. Existen dos excelentes tratamientos filosóficos de la metáfora. Quien quiera familiarizarse con el tema no tiene mejor opción que empezar con esos libros, y no veo otra forma de hacerlo. No sólo representan la mejor obra actual sobre el tema, sino que también constituyen excelentes guías bibliográficas. Son los libros de Josef Stern y Roger White citados en el epígrafe de este capítulo.
4. Procede del artículo «Henderson’s Bellow», Kenyon Review, 21, 4 (1959). Se encuentra reproducido en diferentes lugares; entre ellos, el libro de Stern One Person and Another (Dallas, Baskerville, 1993).
5. Stern se aferra a su metáfora, y me ha dicho: «Pienso en un libro como una forma de aniquilar al lector, esto es, de colocar la poderosa estructura del libro en sustitución de lo que había ahí antes». La profundidad del pensamiento de Stern sobre estas cuestiones está avalada por el hecho de que sea un consumado escritor de ficción y ensayo, un crítico y un voraz lector.
6. L a observación está adaptada de «Prime Minister Winston Churchill’s Address to the Congress of the United States, December, 6, 1941», tal como aparece recogido por la British Library of Information. Winston Churchill dijo: «El fanfarrón de Mussolini se ha vuelto a encoger. Ya no es más que un lacayo y un siervo, un simple utensilio de la voluntad de su amo».
7. Por extravagante que pueda parecer la idea, no soy el único en sostenerla. En su ensayo «Midrahs and Allegory», Gerald L. Bruns observa que «la lógica de la alegoría es la misma que en las metáforas por lo que hace a la verdad de los enunciados o las proposiciones». Véase Robert Alter y Frank Kermode (eds.), The Literary Guide to the Bible, Cambrigde (MA), Harvard University Press, 1987.
8. El poema está incluido en la colección de Hass Time and Materials, Nueva York, Harper-Collins, 2007, p. 6.
.
PENSAR EN LOS OTROS
Ted Cohen







