La Virgen de los Puticlub

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Gabriela Cabezón Cámara, por Alejandra López.

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JUAN MENDOZA

“Si el fin del torturador es provocar la presencia absoluta del que tiene atado para sojuzgarlo entero con laceración y dolor, el objetivo del torturado es tomarse el palo”, así empieza Le viste la cara a Dios, el intrépido relato con que Gabriela Cabezón Cámara decidió sumarse a la colección digital de Sigueleyendo.

El relato narra la fuga de La Beya. Ovillada como una araña en su tela de mala leche, pero ávida de despertares, esta Beya del conurbano bonaerense ya muy poco tiene de la legendaria bella durmiente. Conserva algo de la exquisitez oral de la tradicional historia recogida por los Grimm; hay incluso un desenfocado feminismo maravilloso que da vuelta como una media el machismo que algunos leyeron en Perrault.  Pero ya irreconocible, muy poco se conserva de la inocencia de aquel relato en el que la princesa tropezaba con la única aguja del reino. Después del desmesurado past sobre el que Cabezón Cámara hace serie y edifica sus edificios de parodia y lenguaje, la fuga de La Beya alcanza finalmente a una de las más altas cumbres del barroco gótico contemporáneo.

Mistress BDSM de las sintaxis más indómitas, Cabezón Cámara estruja la lengua para que de su prosa caigan hasta las últimas gotas de sexo que la literatura le escatima siempre a los que a ella se acercan sin suficiente pasión. A la tortura, que  tiene su diccionario propio, la autora de La virgen cabeza (2009) le espeta su retórica de Harry Houdini rompiendo todos los corset que habitan en las cadenas del lenguaje. Los renglones de su prosa se sacuden como bandas elásticas haciendo saltar como monedas las palabras. Las palabrasmonedas, como fuegos artificiales a mitad de la noche, en el aire dan su vuelta, y de nuevo caen a los renglones todavía con el otro lado de la luz de la luna a bordo. Un nuevo batir de bandas y al aire sale disparado otro cardumen de monedas flotantes:

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…amatambrado de sogas y en mazmorra sin salida: si a matasiete el matambre, a vos el resbalar en tu sangre y en los charcos de la leche que te ahoga y que te arde. Querés partir y dejar atrás la mazorca, el ardor colorado de sus dientes amarillos y tu esfínter hecho un volado de broderie de tomate, ay, si pudieras esfumarte en un abrazo celestial y no sentir las trompadas ni que te queman con fasos ni esa contracción que duele, la de cada célula tratando de blindarte para que no te entren ni arando. Pero te entran y te aran y te querés ir a la mierda: dejar el cuerpo escorado, dejar el hueso partido, dejar la sangre que late en cada hematoma nuevo y olvidar las convulsiones que te sacuden también. Escuchá la armonía cósmica, el canto de las estrellas, la luz blanca que te llama en la puerta de salida del más, más y más allá, las antípodas de acá, desde donde oís la voz que, suave, te llama «vení hija mía»…

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El relato de Cabezón Cámara podrá recordar lo más selecto de la tupida tradición de la crueldad argentina, aquella entre cuyos zócalos se sitúan El Matadero de Esteban Echeverría, El niño proletario de Osvaldo Lamborghini, La refalosa de Hilario Ascasubi, La fiesta del monstruo de Bustos Domecq, el Fausto de Estanislao del Campo… Pero no son esas las únicas referencias que el texto evoca. Muchos más explícitas, en la historia aparecen referencias a San Juan de la Cruz, a las Bodas de Canaán, a Hiroshima, a Auschwitz, a un vals de Strauss, a Malaquías, a Tom Sawyer, a San Jorge, a los ríos Don y Chir de Estalingrado en el invierno del ’43, a Kill Bill, a Pesadilla en Elm Street y al Ecce Homo de Nietzsche. Todo cómodamente emplazado en una escenografía conurbana, trash, gore y lumpen.

Una Virgen Leather. La Beya sale de la iglesia de San Jorge con su uniforme de Leather, la capa celeste de La Virgen de Luján y su Miniuzi  mildoscientosciencuentamunicionesporminuto. Así pergeña Cabezón Cámara la iconografía de una nueva Supershika de los Cabarets: heroína, salvaje, melancólica, fugitiva, latinoamericana sobrepuesta y, desde ahora, universal. Así despierta La Bella durmiente del letargo de la literatura infantil, devenida ahora en La Beya, transformer del siglo 21, Patrona de los Puticlubs, Nueva Virgen Reloaded, Patrona de las Mujeres que buff & paff, Matan a los Verdugos Miserables y Vuelan, Escapan.

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LE VISTE LA CARA A DIOS

Gabriela Cabezón Cámara

(Colección Bichos / Sigueleyendo ediciones, 2011)

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Vida

Nacida en Buenos Aires en 1968, Gabriela Cabezón estudió Letras en la UBA. Su primera novela, “La Virgen Cabeza”, publicada en 2009 en la Argentina, fue finalista del Memorial Silverio Cañada de la Semana Negra de Gijón. Publicó relatos en diversas antologías. En la actualidad es editora de la sección Cultura del diario Clarín, de Buenos Aires. Acaba de reunir una antología titulada “Verso y reverso”, con los mejores escritores argentinos para la editorial “Nohayvergüenzaeditorial”.

Obra

La Virgen Cabeza (2009)
Le viste la cara a Dios (2011)