Jamón y romanticismo

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MARCELO LUJÁN

La diferencia entre un gilipollas y un romántico es, a mi juicio, que el gilipollas ignora que es un gilipollas.

Arengado por algunos compañeros de oficio, hace poco, tuve la mala idea de asistir a una de esas reuniones culturales, donde la cultura suele pasar más o menos de largo y los presentes procuran —a golpe de codo— colocarse cerca de la bandeja de jamón, hacerle la pelota a algún editor, ligar, y cosas aún menos dignas.

Dentro de lo posible intento, siempre, eludir este tipo de eventos porque pasada la media hora siento unas ganas despavoridas de huir. Como no vivo en el centro y el dichoso Búho me resulta un tostón, prefiero quedarme en casa. Hacer cualquier otra cosa —incluso nada— es mil veces más productivo.

Sin embargo —como a Morel en la isla de Bioy—, aquella noche ocurrió un milagro. Cinco autores nos habíamos agrupado en un rincón más o menos solitario y no recuerdo a santo de qué salió el tema de la bendita crisis.

Entonces uno dijo: como muchos compañeros y compañeras de oficio puedo afirmar que no comparto esta sensación general, este estado de ánimo al que todos denominan crisis. Y agregó, compasivo, ¿nos hemos librado misteriosamente de la crisis? No, no nos hemos librado de nada: los escritores no estamos en crisis porque la mayoría de los escritores vivimos permanentemente en la más absoluta ruina económica.

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Y agregó, compasivo, ¿nos hemos librado misteriosamente de la crisis?

No, no nos hemos librado de nada: los escritores no estamos en crisis

porque la mayoría de los escritores vivimos

permanentemente en la más absoluta ruina económica

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Asentimos. Todos.

Vivimos permanentemente en la más absoluta ruina económica, repitió. Y continuó: me refiero a los que venimos insistiendo en esta práctica por lo menos desde la adolescencia. Dicha insistencia, abordada desde el más acérrimo fanatismo, que es el único modo posible y serio de abordaje, nos ha impedido ser y hacer muchas cosas. Aunque eso al resto del mundo le dé igual.

Y creo que siguió hablándonos pero yo, en ese momento, pensé en mis padres, en aquellos años felices, cuando aún estaba a tiempo y ellos querían que estudiara alguna cosa seria: alguna ingeniería o medicina o derecho. Y yo, cuando aún estaba a tiempo, no les hice caso. Era muy joven y entendía que esos andariveles me alejarían demasiado del ejercicio narrativo. Que perdería el tiempo, pensaba. Y me apunté a una carrera inútil, según mi madre, y de donde saldríamos todos llenos de piojos, según mi padre. Y aunque en ese momento no tuve palabras para explicarlo, lo único que quería era escribir ficción. Ni abogado ni ingeniero: escritor. Y la escritura literatura —pensaba y pienso— no puede ser una afición: tiene que ser algo superestructural en la vida del individuo. Por eso no tengo un duro.

El que hablaba, dijo: hemos resignado demasiadas cosas para poder dedicarnos a contar historias.

Sí: había ocurrido un milagro en la reunión cultural donde la cultura pasa muy de costado y los presentes interactúan del mismo modo que lo hacen en las sectas.

Entonces alguien dijo que la ruina económica es una situación inherente a los escritores. Que eso es más antiguo que el reuma, joder. Y puso ejemplos de grandes autores, todos muertos en el injusto pozo de la miseria. No hay, agregó, posibilidad alguna de vivir dignamente a menos que entreguemos el culo a las exigencias del mercado.

Para los que nos criamos en barrios de inmigrantes, todos obreros y poco metafóricos, la alusión de entregar el culo suele hacernos poca gracia.

Entonces dije: hablando mal y pronto, nos morimos de hambre ahora y no moríamos de hambre cuando todo dios despilfarraba; no morimos de hambre ahora y no moríamos de hambre cuando banqueros, constructores y el aznarismo nos querían hacer creer el cuento chino que hoy están pagando los que nunca participan en semejantes timbas.

Bebíamos lejos del sector chic. No recuerdo quién asintió.

Y uno, cuya prosa admiro, dijo: ¿por qué nos morimos de hambre si sabemos hacer algo tan complicado que, ciertamente, no se puede aprender?

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Y uno, cuya prosa admiro, dijo:

¿por qué nos morimos de hambre si sabemos hacer

algo tan complicado que, ciertamente, no se puede aprender?

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Hubo un halo de silencio. Y agregó o intimó: ¿Por qué nos morimos de hambre si es por nosotros que existen librerías, libreros, editores, editoriales, distribuidores, agentes y —sonrió, recuerdo—, lectores?

Apartado de las bandejas de jamón, piojoso y lúcido, el que más había hablado volvió al ruedo: pues porque somos gilipollas y escribimos de gratis, dijo.

O casi gratis, dije. Y dije más: resulta dificilísimo encontrar oficio peor pagado que el nuestro. Y la culpa, como siempre, no es del chancho sino de el que le da de comer.

Deberíamos haber bebido más. Deberíamos habernos acercado a la mesa del jamón, a las chicas con gafas de pasta al estilo Isabel Coixet. Deberíamos haber asistido perfumados y sin ánimos subversivos y habríamos, al menos, ligado. Pero empezamos a echar cuentas.

Y uno dijo que en la actualidad, a nivel europeo y para la gran mayoría de los autores, el anticipo que se nos paga por una novela equivale, euro más euro menos, a dos sueldos de un empleado raso de cualquier gran superficie.

Y eso cuando te pagan, agregó. He firmado hace un año con una editorial francesa y todavía me ningunean las dos perras de anticipo. Cualquier día me presento con un revólver.

Y dijo, también, que deberíamos replantearnos constantemente qué cojones es una novela y cuánto tardamos en escribirla. Y cuánto nos cuesta, dijo. Independientemente de su calidad literaria.

Entonces alguien dijo: luego está el cuento. Y fue como si se le escapara una mueca cercana a la sorna. El cuento, dijo: género siempre aborrecido por el mercado y sus titiriteros. Ofrecer una colección de relatos como carta de presentación a un editor vendría a ser como si le quisiéramos tomar el pelo. Salvo excepciones muy excepcionales, los adelantos para estas tomaduras de pelo suelen estar próximos al valor cero.

Y alguien dijo que de las antologías ya hemos hablado bastante: recontra cero euro. Aunque el libro se venda como cualquier otro libro, quiero decir, dijo, al mismo precio que uno de autoayuda.

Cero euro y a dar las gracias, oye. En todos los casos tenemos que agradecer la publicación. Cuando un editor decide publicarte algo, pague o no pague, nos está haciendo un favor. Sobre todo si no paga. Esa es la dialéctica que hemos aceptado. Dijo.

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Cuando un editor decide publicarte algo, pague o no pague,

nos está haciendo un favor. Sobre todo si no paga.

Esa es la dialéctica que hemos aceptado. Dijo.

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Y otro dijo: conozco editores honrados que se avergüenzan de cómo se las gastan los querubines de la edición independiente.

Y yo: a veces enciendo el ordenador y le doy tres veces a Ctrl+Z para ver si de ese modo se escribe, mágicamente y sin tocar tecla, un cuento.

Que además tiene que ser bueno.

No hay explicación plausible a tanto bastardeo: tiene que existir algún paquete Office que incluya esa aplicación.

Buscaremos en los foros, dije.

Tres veces Ctrl+Z. Reímos con un poco de bronca.

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Y repetimos aquello de que esto no es un problema del Tercer Mundo ni del África septentrional. Ni siquiera de que uno escriba bien o con los pies: es algo más viejo que el reuma. Somos gilipollas. Y el mercado editorial —en el que no cortamos ni pinchamos—, lo sabe.

¿Somos gilipollas o es que nos tienen cogidos por las pelotas?

Nos miramos. Todos. Como si la respuesta fuese una obviedad.

Y como si en esa obviedad descansara nuestra culpa.

Entonces, el compañero cuya prosa admiro, dijo: el problema no está en cuando escribimos para algún colega que nos pide un texto, para amigos que tienen proyectos bienintencionados, o para cualquier espacios de diálogo que no alienta intenciones mercantiles. El problema está, dijo, cuando cuatro listos se benefician con nuestros escritos, cuando particulares o empresas lucran a costa de nosotros, sea esto con textos, con la presencia o con nuestros nombres. ¿Y qué nos dan?, dijo.

¿Las gracias?

A veces.

Y alguien agregó que la Administración tampoco se salva. En general, para llenarse la boca y hacer el paripé cultural, montan  fiestitas en donde todos cobran menos los autores. Y si cobramos, agregó, siempre resulta una migaja en comparación con lo que se meten en la saca los funcionarios organizadores.

Dijo más: nos convencen con mandangas generalmente unidas a nuestra promoción. Si vienes a dar la charla, te estarás promocionando, tú y tu pluma y tus libros; si vienes a mi reunión cultural —habrá jamón—, con la que yo lucro, tu nombre será más visible. Mandangas. Todas. Dijo. Tenemos que aprender a decir que no. Tenemos que recordar que a nuestros acreedores naturales de cada mes no podemos pagarles con fotocopias. Ni siquiera con nuestros puñeteros libros, dijo. Y que a Caja Madrid se la trae floja si eres autor, charcutero o sota de copas. No podemos vivir del aire, coño. Parece mentira que actuemos como si olvidáramos esa premisa.

Y pensé: que un inédito acepte, vaya y pase: ¿quién de nosotros no lo hizo en sus años cándidos? Lo inadmisible es que un autor serio, cuya aptitud literaria está comprobada, siga regalando su trabajo.

No hay cojones, dijo uno. Y no los hay porque siempre existirá un motivo para ceder, para callar, para agachar la cabeza y no destapar la olla.

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No hay cojones, dijo uno.

Y no los hay porque siempre existirá un motivo para ceder,

para callar, para agachar la cabeza y no destapar la olla.

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Entonces alguien dijo: deberíamos actuar en bloque, con un mínimo de espíritu corporativo. Pensemos en los litros de saliva que tragamos cuando llega final de mes. O, mejor, que sin nosotros de este lado del ordenador, todo el tinglado se va al traste.

Pensemos que no escribimos por afición sino porque estamos hechos para esto. La mayoría de nosotros no sabe hacer otra cosa.

Más tarde, cuando salí a la calle, todavía me retumbaba en la cabeza eso de que somos gilipollas.

Tuve que esperar el N18 no sé cuándo tiempo aquella noche.

Durante todo el viaje seguí dándole vueltas a lo que habíamos hablado. Recordé la anécdota que contó Osvaldo Soriano cuando Rulfo le confesaba —derrotado— que sus editores no le pagaban. Soriano le dijo que mintiera, que hiciera correr la bola de que estaba terminando otra novela, una nueva y esperada novela: vas a ver cómo se pelean por pagarte. Y pensé que nada había cambiado y que tal vez nada cambie jamás. Pero no somos gilipollas. Y si andamos diciendo que sí a los timos que nos ofrecen —aun sabiendo que son timos— es porque, después de todo, nos importa un carajo. Porque somos unos románticos y porque tenemos la secreta esperanza de que al final, allá en el fondo, ganará la literatura.

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MORAVIA

Marcelo Luján

EL ALEPH EDITORES



Vida

Marcelo Luján, nacido en Buenos Aires, Argentina, 1973, es cuentista y novelista. Autor de los libros “Flores para Irene” (OAC, 2004), “En algún cielo” (Fundación Colegio del Rey, 2007), “El desvío” (Kutxa Ediciones, 2007), “La mala espera” (EDAF, 2009), y “Arder en el invierno” (Baile del sol, 2010). Parte de su obra ha sido traducida a otras lenguas, así como seleccionada en campañas de fomento a la lectura y distinguida con los premios Santa Cruz de Tenerife 2003, Ciudad de Alcalá de Narrativa 2006, Kutxa Ciudad de San Sebastián de Cuento en Castellano 2007 y Ciudad de Getafe de Novela Negra 2009. Obtuvo también la Segunda Mención en el Premio Clarín de Novela 2005 donde se presentaron 1364 originales. Varios de sus cuentos integran antologías de distintos países.

Obra

Moravia (El Aleph Editores, 2012)
Arder en el invierno (Ediciones Baile del sol, 2010)
La mala espera (EDAF, 2009) | La mala espera (Editions Moisson rouge, 2010)
El desvío (Kutxa Ediciones, 2007)
En algún cielo (Fundación Colegio del Rey, 2007)
Flores para Irene (OAC, 2004)