La foto de Patricio Pron en portada es de Daniel Mordzinski.
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Patricio Pron fotografiado por Luna Miguel.
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El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia es un libro potente, sólido, con la marca de uno de los autores jóvenes más interesantes que ha parido Argentina, y modelado su tránsito por el mundo. También es de difícil clasificación, si no se apela a ese híbrido tantas veces mencionado que es la “novela de no ficción”. Patricio Pron emprende una expedición al pasado, suyo y de sus padres, recuperando la memoria de una de las etapas más crueles de Argentina. Se expone y expone para entender qué fue de su generación y de quienes la gestaron. El hecho que lo puso en marcha fue la posible muerte de su padre, que lo llevó al pueblo donde vive su familia, con la urgencia de responderse interrogantes postergados.
–Una frase del libro da origen a su título, y a la idea de que hay allí una especie de conclusión después de haberte hecho muchas preguntas. Dice que el espíritu de tus padres “iba a seguir subiendo en la lluvia hasta tomar el cielo por asalto”.
– (Sonríe) Esa es mi versión un poco marxista de unos versos que tomé de Dylan Thomas. Es cierto que en este trabajo llegué a la conclusión de que mis padres y yo tenemos mucho en común, pero la idea no era cerrar nada. Todo lo contrario; quería abrir la historia reciente de Argentina, la mía, la de mis padres y la de muchos, dejando que el lector saque sus propias conclusiones. No tengo la intención de cerrar ninguna herida, sino de abrirla para ver qué hay adentro.
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–¿Esa fue tu premisa de trabajo desde el principio?
–A veces uno escribe por razones estéticas, pero otras veces, sin dejar de lado la estética, las razones son distintas. En este caso fue una búsqueda personal que me permitiera verme, y también que mis padres se vieran. Después, en el camino, me pregunté muchas veces a dónde iría a parar, como se concretaría en libro y al fin salió de esta manera, como una investigación del pasado a través de mi familia, narrada con los recursos de la novela.
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–Hace tiempo que me pregunto por qué hay tan pocos autores de tu generación, la de los hijos de los militantes, aquellos que vivieron el temor y la zozobra sin haber elegido ese camino, que se permitan una mirada sobre una época que los marcó para siempre.
–Muchos no lo han podido hacer porque ese pasado duele demasiado, o lo han abordado desde el humor. Pero otros lo han hecho antes que yo. Felix Bruzzone, con Los topos, novela sobre su padre desaparecido y Laura Alcoba, con La casa de los conejos, por ejemplo. En el caso de Laura hay una adopción de la mirada infantil para recrear su infancia. Yo elijo mirar desde hoy, desde la madurez, cuando muchos de nosotros ya somos mayores que lo que fueron nuestros padres cuando nacimos.
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–Entre los recursos que se emplean en este libro aparece la investigación sobre dos hermanos y amigos de tu padre. Ella, desaparecida y asesinada durante la dictadura, y él asesinado por unos delincuentes hace muy pocos años. Hechos que tu padre, periodista, había recopilado.
–Tomé esos casos porque me parece que es una manera de mantenerlos vivos. No importa que en la Justicia ya se hayan resuelto y cerrado; tienen que permanecer vivos para que uno piense en ellos. Traté de hacer algo distinto a lo que conocía, y no quise acoplarme al género policial porque me parecía que cambiaba todo. En el género el crimen es individual, y aquí se trata de un crimen social, colectivo; algo que nunca cierra.
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Pron, por José Alfonso.
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–Hay un momento de la historia en que tu hermana te recuerda que tu padre ponía en marcha el coche él solo, antes de que ustedes subieran, porque tenía miedo de que le hubieran puesto una bomba. Ese hecho te hace pensar que, aunque estabas seguro de que no tenías un país al que regresar, ahí estaba, en el país de los recuerdos.
–Fue asumir que mi distancia de todo y el dolor que llevaba acumulado habían estado siempre allí, desde mi infancia; aunque parecían tapados por el olvido. Por eso ésta es una historia de padres y de hijos. Porque ellos trataron de protegernos, pero el temor, algo que pesaba en el aire estaba siempre allí, marcándonos; a ellos y a nosotros. Mis padres se retiraron de la práctica política hace tiempo, pero conciben la política desde la ética, y han seguido viviendo de acuerdo a sus principios. Esos valores son los que nos legaron como un mandato.
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–Ese es uno de los temas de tu libro: la conciencia del mandato de quienes nos precedieron. Nos guste o no, con aceptación o rebeldía, siempre hay un mandato que se trasmite, tal vez como una forma de ser coherente en la vida.
–En el proceso de investigación y escritura tomé conciencia de que había recibido un mandato, y que debía hacer algo con él. Al fin de cuentas no se trata de “matar al padre”, sino de entender qué buscaba, y tal vez descubrir que compartes las mismas búsquedas y un sentido similar de lo que es tu concepción de la política como algo personal, más importante en lo íntimo que la participación en un gobierno. En ese terreno la realidad impone lo posible y cierta manera de hacer que las cosas y las ideas se ensucien.
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–Ser niño, o joven, en la época en que te tocó serlo no fue fácil. A veces nos olvidamos que los niños perciben y entienden lo que sucede a su alrededor con una intensidad que no siempre pueden manejar.
–Recuerdo la Guerra de Malvinas. De pronto pasamos de estar ganando la guerra a perderla. La mentira oficial, la palabra oficial, nos había estado engañando. Yo tenía cinco años, y recuerdo que tuve claro que la palabra no podía estar en manos de ellos, que había que quitársela. Entonces pensé que, si un día era escritor, les quitaría la palabra para dársela a los otros.
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–En tu libro se dicen cosas muy duras, que a muchos no les van a gustar. Pero, en el caso de tu padre, habilitaste algo así como el derecho a réplica. Con un link (éste) que lleva a tu blog, uno puede leer los comentarios que hace sobre lo que considera incorrecto o poco acertado sobre su pasado militante y sus compañeros.
– (Sonríe) Es también una manera de que él se pueda ver. No tenemos por qué estar de acuerdo en todo, pero lo importante es que nos sentimos cerca en lo principal.
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–Siempre me digo qué tiene la muerte, la muerte del otro, del ser querido, que nos obliga a replantearnos la vida misma. La situación de tu padre, la posibilidad de que muriera, fue el detonador de esta novela.
–A mí la muerte no me preocupa. Al menos mi propia muerte, pero la de los otros sí me importa, pesa de otra manera. Tal vez sea algo definitivo que trae con ella. Era mi padre, y yo necesitaba saber.
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–Voy a cambiar de palo con una afirmación: nadie va a acusarte de ponerte la camiseta de argentino para escribir. Tu lengua literaria no sólo es rica, también recoge matices y usos españoles. ¿Eso es porque no vas a renunciar a la contaminación natural de haber vivido muchos años en otros países?
–(Sonríe) En Argentina a veces me critican por eso. Les gustan las tramas, las historias, pero me critican que no escribo en argentino. Creo que lo principal del lenguaje literario, aparte de la estética, es la riqueza para comunicarse. Yo no quiero renunciar a nada para parecer más argentino. Tampoco voy a disimular que he ido sumando influencias de todos los sitios donde he vivido.
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Por si queda alguna duda, ahora lo digo: Patricio Pron no puede ser más argentino. No sólo porque se parece mucho a Fito Páez, sino por esa manía nacional de meter la nariz en el lado político de las cosas. En cuanto a la lengua: es Patricio Pron. ¿Por qué tendría que fingir que es otro?
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EL ESPÍRITU DE MIS PADRES SIGUE SUBIENDO EN LA LLUVIA
Patricio Pron











Bruzzone es con zeta. Saludos.
Es cierto. Bruzzone es con Z, y el título de la novela no es “76″, sino “Los topos”. La metida de pata fue mía, no de Pron. Gracias por estar tan atentos.