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William K. Hartman.
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LA HISTORIA DE UN MISTERIO
Hace cien años, la simple mención de Marte inspiraba visiones de una vegetación verdeazulada sobrenatural, canales construidos por civilizaciones desconocidas e invasores malévolos empeñados en colonizar nuestro planeta. Sin embargo, en 1976 las dos primeras sondas que pisaron Marte (los módulos de aterrizaje Viking) no revelaron ninguna de aquellas maravillas, sino únicamente vastas extensiones de rocas estériles. El divulgador científico Carl Sagan, que jamás quiso renunciar a la posibilidad de que hubiera vida en Marte, subrayó con memorable modestia que las fotos de las Viking sólo demostraban que Marte no «rebosa vida de polo a polo».
Nuestro conocimiento de Marte ha seguido creciendo desde aquella época. El planeta rojo resultó ser más enigmático que el mundo geológicamente muerto que describieron muchos investigadores de la era Viking durante los años setenta. Hemos encontrado signos de flujos de lava jóvenes desde un punto de vista geológico, y liberaciones recientes de agua líquida subterránea a la superficie. Hemos encontrado indicios de mares antiguos. Cantidades sorprendentes de la superficie marciana han permanecido enterradas bajo estratos y después han vuelto a quedar expuestas. Estos hallazgos conducen a un nuevo misterio apasionante. ¿Engendraron vida los mares antiguos? ¿Podría ocurrir que el desplazamiento por erosión de estratos sedimentarios revelara fósiles en el antiguo lecho marino? ¿Podrían las actividades hídrica y volcánica aportar el calor y la humedad necesarios para que haya vida bacteriana incluso hoy? ¿Y qué ocurre con las afirmaciones de que ya se han encontrado fósiles de microbios marcianos en rocas arrancadas de Marte por impactos de asteroides que luego se estrellaron contra la Tierra y dieron lugar a «meteoritos marcianos»? Si existieron tales microbios, ¿qué extrañas formas de ADN podrían portar? ¿Y qué nos revelarían sobre los orígenes de la vida hace 4000 millones de años en nuestro propio planeta? O, por plantearnos el extremo opuesto, ¿ha conseguido Marte permanecer estéril a pesar de su dilatada historia de actividad hídrica?
Esta «guía turística» de Marte se nutre de los mapas fotográficos realizados por los primeros módulos orbitales, como Mariner 9 y las dos naves Viking, y de las más de 100 000 fotografías nuevas tomadas por la nave Mars Global Surveyor (MGS) desde que entró en órbita alrededor de Marte en 1997. Además, analizaremos los descubrimientos logrados por los módulos de aterrizaje Viking y Pathfinder en la superficie del planeta. Con esta información y los datos procedentes de otros instrumentos de la MGS, del telescopio espacial Hubble y de meteoritos marcianos, exploraremos paisajes extraños donde el viento, el agua y el fuego han modelado formaciones nunca antes contempladas por la humanidad (ni por ninguna otra criatura sensible, al menos que sepamos). Tanto los científicos planetarios como la financiación son limitados, de modo que la mayoría de las fotografías de la MGS no se ha analizado en detalle, y los lectores de este libro se contarán entre las primeras personas que estudien algunas de las que se muestran aquí.
Pero, antes de nada, comencemos con una introducción al planeta que, a pesar de su extraña topografía, sigue siendo el más parecido a la Tierra.
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UNA PRIMERA OJEADA A LAS CONDICIONES AMBIENTALES MARCIANAS
Marte tiene la mitad del tamaño de la Tierra, pero cuenta con casi la misma extensión de tierra firme. Las primeras obras de ciencia ficción retrataban Marte como un lugar extraño y desconocido por completo, pero algunos aspectos de la superficie marciana le resultarían sorprendentemente familiares a un visitante humano. El día marciano dura algo más de veinticuatro horas (casi lo mismo que en la Tierra). El Sol sale por el este y se pone por el oeste. El territorio es un desierto frío pero hermoso de arena, grava, piedras, lava, dunas y estratos. Las estaciones del año, primavera, verano, otoño e invierno, se suceden igual que en la Tierra, con la salvedad de que se reparten a lo largo de un año que dura alrededor del doble que el terrestre, ya que consiste en 669 días marcianos.
Marte prácticamente carece de agua líquida en la superficie porque las temperaturas son demasiado gélidas y el aire demasiado tenue. Un cazo de agua se evaporaría en cuestión de minutos si no se congelara antes. Para ser más concretos, el punto de ebullición del agua en las zonas más elevadas sería tan bajo que el cazo de agua borbotearía hasta desvanecerse. El agua herviría aunque estuviera fría. Esto guarda relación con un fenómeno que conocemos en la Tierra: el agua hierve a temperaturas más bajas en las montañas, donde hay menos presión atmosférica, que al nivel del mar. En las zonas bajas de Marte la presión del aire es lo bastante elevada como para que el agua no hierva, pero se evaporaría con rapidez.
A pesar de las duras condiciones, el paisaje sin hollar es mucho más tentador que el de la Luna. Quienes visiten Marte serán recibidos por estampas de piedras y colinas, dunas de arena y coladas de lava extrañamente atractivas en su imponente desolación. El cielo no es negro, sino de un claro color sepia debido al fino polvo rojizo que elevan por el aire los vientos marcianos. En ocasiones se forman nubes finas en las alturas, sobre todo al amanecer y al anochecer. El viento provoca remolinos de polvo en suspensión. A veces, remolinos de polvo recorren el paisaje y dejan rastros fantasmagóricos en una superficie hasta entonces prístina. Misteriosos lechos de ríos secos dan testimonio de una historia de antiguas corrientes de agua, aunque la superficie esté ahora más seca que una pasa. Colinas estratificadas revelan capas de rocas y sedimentos antiguos. En las visitas que haremos nosotros mismos, más adelante en este libro, encontraremos rasgos de flujos en forma de lengua en pendientes que indican actividad glaciar, y laderas secas donde parece haber regueros excavados por emanaciones de agua recientes en términos geológicos. Las estrellas brillan de noche tras las brumosas puestas de Sol, y las constelaciones son las mismas que vemos desde la Tierra, con una excepción: a veces, durante más o menos una hora después del anochecer, destaca un «lucero vespertino» azulado con una tenue «estrella» compañera.
Ese desconocido de nuestros cielos es el sistema TierraLuna, situado a 80 millones de kilómetros.
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MARTE MÍTICO
Durante doscientas generaciones, Marte tentó a la humanidad con sus misterios. En la Antigüedad lo diferenciaban por su extraño color, un naranja rojizo como el fuego, y nuestros antepasados mediterráneos lo bautizaron con el nombre del dios de la Guerra. Aquella antorcha roja del firmamento no era un mundo sino un dios, una fuerza celestial, un regidor de destinos. En aquellos días había mucha más gente que creía en la astrología, es decir, en que las posiciones planetarias inciden en nuestros destinos. Ésta es una de las muchas supersticiones, como leer la mano o interpretar las hojas del té, que comparten la absurda teoría de que los patrones visuales encontrados en la naturaleza se pueden emplear para explicar y predecir el devenir humano. Como resultado de estas difundidas creencias, la motivación principal para observar Marte hasta el siglo XVII no radicó en lo que llamaríamos ciencia, sino más bien en el deseo de pronosticar horóscopos.
Durante la espectacular revolución copernicana que comenzó en el siglo XVII y que continúa hoy en día, se fue formando una visión de Marte más naturalista. Es una historia de cambios de concepción que poco a poco se fue centrando en el Marte real. La evolución de las concepciones de Marte forma lo que yo llamo la historia del Marte mítico. Se trata de una saga de sueños y teorías, el relato del avance progresivo de los científicos hacia la verdad que, en cada década particular, expresa nuestras mejores estimaciones de lo que puede ser Marte. Hemos realizado una búsqueda de cuatro siglos para conocer las maravillas y secretos ocultos en el planeta rojo. Hoy vivimos los capítulos finales de ese relato. La historia del Marte mítico sólo acabará cuando la humanidad ponga allí los pies por primera vez y los mitos queden reemplazados por la cruda experiencia.
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PRIMERAS OBSERVACIONES AL TELESCOPIO
Hasta comienzos de 1600 ninguna persona que fijara la vista en Marte veía más que un punto de luz ocre. Entonces, unos fabricantes de lentes holandeses inventaron el telescopio que el naturalista italiano Galileo perfeccionó y usó para apuntar con él hacia los cielos alrededor de 1610. Después de 10 000 años de interrogantes acerca de aquellos faroles celestes sobrenaturales, Galileo sólo necesitó unos pocos días para demostrar que la Luna no era un orbe sobrenatural, sino un mundo como la Tierra, con montañas y llanuras. En el caso de Marte, Galileo consiguió divisar poco más que un pequeño disco rojizo. Pero a mediados del siglo XVII los telescopios mejoraron, y otros observadores empezaron a tomar registros de marcas oscuras en aquel disco rojo. En 1659, el observador holandés Christiaan Huygens dibujó con precisión el rasgo más manifiesto, un triángulo oscuro que ahora se conoce como Syrtis Major. Siguiendo esta marca, dedujo correctamente que Marte completa un giro sobre sí mismo en unas veinticuatro horas, de modo que su día es muy poco más largo que el nuestro. En la década de 1670, Huygens y su coetáneo, el italiano afincado en Francia, Giovanni Cassini, comenzaron a detectar los relucientes casquetes blancos de los polos, así como manchas oscuras adicionales.
Para la generación posterior a la de Galileo, Huygens y Cassini, a finales del siglo XVII, aquellos hechos tuvieron profundas implicaciones filosóficas. Por primera vez en toda la historia de la humanidad, la gente empezó a darse cuenta de que las luces del firmamento no eran entidades sobrenaturales, sino otros mundos. Marte se reveló como otro orbe giratorio, posiblemente ¡bastante parecido a la Tierra! Durante aquella generación, la humanidad abrió los ojos y contempló un cosmos renovado.
Esto ocurrió hace tan sólo trescientos cincuenta años. De las mil generaciones habidas desde la desaparición de los neandertales, sólo las últimas quince o veinte generaciones han conocido la realidad de la vida: ¡nuestra relación con el cosmos! El Renacimiento, los viajes de Magallanes y la nueva ciencia de la astronomía ya habían demostrado que la Tierra no era ni un lugar plano con centro en Jerusalén, ni el centro del universo rodeado por siete esferas cristalinas que sostenían el Sol, los planetas y los cielos, tal como lo interpretaba la mayoría de los pensadores medievales. Las observaciones directas obligaron a teólogos y legos por igual a abandonar el amado mito de que la Tierra era la capital imperial del cosmos. En lugar de eso, el Sol era el centro de nuestro sistema planetario, y este pequeño mundo no era más que uno de los muchos que orbitan alrededor del Sol. Éramos parte del universo, no sus dueños.
¿Era el resto de mundos del firmamento realmente igual al nuestro? Cassini señaló que si se observara la Tierra desde otro planeta, ella también exhibiría marcas distintivas, casquetes polares brillantes, y cambios rotacionales similares a lo que él había visto en Marte. Así que, ¿por qué no iba a ser Marte como la Tierra? Tal vez todos aquellos mundos fueran lugares geográficos normales con paisajes como los terrestres. El universo podría estar repleto de Tierras alternativas.
¿QUÉ ME PONGO?:
UNA OJEADA A LA METEOROLOGÍA MARCIANA
En Marte, las temperaturas típicas del aire a diario oscilan entre unos –87 ºC por la noche y unos «agradables» –25 ºC por la tarde. El suelo y las piedras absorben luz del Sol y se calientan mucho más que el aire; las temperaturas del suelo en las tardes estivales pueden subir hasta 10 ºC o más. En cambio, por la mañana y al anochecer el suelo y el terreno situados justo debajo de la superficie suelen estar mucho más fríos, a temperaturas de –70 ºC.
La atmósfera de Marte es muy tenue y está formada por dióxido de carbono casi puro, mientras que la presión del aire suele ser inferior a un 1 por 100 de la que impera en la superficie de la Tierra. Se trata de una presión mucho menor que la que encontramos en el tenue aire por el que se desplazan los aviones comerciales a 10 kilómetros de altitud. Se parece más bien a la presión que experimentan los reactores espía, que vuelan mucho más alto, a unos 34 kilómetros de altitud.
Para pasear por las pulverulentas colinas de Marte necesitaremos un traje espacial parecido al que usaron los astronautas de las misiones Apollo en la Luna. Como el terreno y las rocas de Marte pueden estar mucho más fríos que aquellos en los que aterrizaron los astronautas de las Apollo en pleno día lunar, quien visite Marte necesitará botas y guantes con un aislamiento especial.
Un peligro especial al que se enfrentará el explorador provisto de traje espacial es el polvo. Los astronautas de las Apollo tuvieron problemas con el fino polvo lunar; en Marte podría ser peor porque vientos fuertes ocasionales pueden llenar de polvo las juntas del traje, los reguladores de oxígeno y partes del vehículo. Las tormentas de polvo locales pueden reducir enormemente la visibilidad y crear unas condiciones de «apagón» parecidas a las de los resplandores blancos árticos (whiteouts), durante los cuales la visibilidad desciende hasta uno o dos metros y se pierde por completo el sentido de la orientación. (En mi novela Mars Underground imaginé un encuentro entre un astronauta y un tornado de polvo marciano cuyos vientos arremolinados bombardean el traje espacial con granos de arena y acarrean unas consecuencias alarmantes.)
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William K. Hartmann
Traducción de Dulcinea Otero-Piñeiro
AKAL








