Los cuatro detenidos por el FBI en el cierre de Megauploads.
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Las descargas gratuitas y qué pagar por los contenidos digitales son el eje en torno al que girará el debate editorial en los próximos meses. Los libros, todos los libros, van a digitalizarse. Por derecha o por izquierda. La cuestión es cómo se va a hacer, cómo se ofrecerán y a qué precio. El cierre de Megaupload ha vuelto a atizar el debate. En Sigueleyendo hemos querido preguntarles a algunos escritores sobre este tema. Ellos serán los principales afectados.
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Me molesta profundamente que se use la libertad de expresión como coartada para el robo. Me disgusta que la vagancia y el desprecio se disfracen de héroes revolucionarios. Creo que hay un gravísimo déficit social en el terreno de la cultura; de él se desprende que mucha gente que sería incapaz de robar una barra de pan piratee “productos culturales” sin pararse siquiera a pensar en lo que hace y sin valorar que las consecuencias no las paga ningún rico hacendado, sino un montón de gente que está perdiendo trabajos modestos y honestos. Me encantaría que rindieran cuentas los artistas que, para obtener una imagen “supercool” se dedican a animar al personal a piratear, amparados en la protección del éxito y sin pensar que su chulería la pagan los desgraciados que más necesitan vender un puto libro, disco, peli, etc. Dicho todo lo anterior, dos cosas desde el lado contrario: me parece pésima señal que tenga que ser el FBI quien se oponga a todo eso. Y, por concretar en el mundo de textos que es (o ha sido) el mío, lamento especialmente que la industria editorial haya sido tan reaccionaria, tan lenta y torpe, tan incapaz de anticiparse a los cambios y capitanearlos en su favor. Sólo espero que todos los cretinos que decían que esto no iba a pasar, que nada sustituiría el olor de la tinta, que nunca una pantalla aportaría la intimidad del papel y toda esa sarta de argumentos reaccionarios y miopes, se esté dando ahora con la cabeza contra la pared. Me queda la tranquilidad moral de haberlo advertido por escrito y en público hace demasiados años.
Leyendo las noticias de todo esto me ha parecido que el tipo de Megaupload estaba tan forrado como los de las discográficas, y de una manera igualmente ostentosa y sucia, así que he pensado que tendría que salir una plataforma para piratearle y joderle ese capitalismo exhibicionista del que hacía alarde. Pero se ha adelantado el FBI. Lo que he visto es un pulso entre el viejo y el nuevo dinero en este mundo, que es un campo de batalla del dinero contra los gobiernos y contra la gente.
PENTAGONÍA DE MEGAUPLOAD
1. Que Internet es una revolución, resulta evidente no sólo por los cambios que ha producido, sino por dos de los pilares que más embiste: la propiedad y la autoridad (o la autoría).
2. Que, en buena medida, lo que conocemos como propiedad intelectual ha sido primero apropiación a lo largo de la historia de la cultura, es más que visible si miramos las obras de Shakespeare o Marx, Picasso y Duchamp, Nabokov o Borges).
3. Que las (improvisadas) medidas actuales premian la propiedad y castigan la apropiación, es fácil de constatar en el anacronismo legislativo de la Ley Sinde, SOPA o PIPA, que sustentan a la desesperada actuaciones represivas como la del FBI.
4. Que Megaupload es un monstruo de dos cabezas, es obvio si comparamos la lógica de sus usuarios –que apuestan mayormente por la cultura compartida– y la lógica de sus propietarios –que apelan a estilos más burdos de enriquecimiento y celebridad.
5. Que la manipulación de la masa anónima por parte de estos líderes o gurús sigue siendo el problema irresuelto de cualquier revolución (y el lastre más evidente que las asemeja al antiguo régimen), puede constatarse en los nuevos movimientos sociales, que han renegado de los líderes.
MEGAUPLOAD IS DEAD
Muerto el perro, dicen por acá, se acabó la rabia. Pero hablan de un perro físico. Baskerville les podría decir que el problema es el fantasma del perro. La fotocopia del perro. El archivo descargable idéntico e inmortal del perro. Un click basta para tenerlo de nuevo ahí, moviendo la cola y retozando tan tranquilo, bueno, tranquilo no, un poco con ojos rojos y boca incandescente y dispuesto a la sangre, pero, bueno, todos amamos a nuestros perros no importa como luzcan.
Vean al villano, nos dicen mostrándonos a un gordito, vean sus malditas mansiones llenas de sucio lujo. No recuerdo el arresto de ningún banquero que llevara ese despliegue de imágenes de riqueza obscena. Veo la acusación filtrada a medios: conspiraciones, afirmaciones tajantes de culpabilidad criminal. Como si fueran cosa juzgada, como si fuera una tía solterona hablando de esa parienta soltera embarazada.
¿Quién maneja el tinglado?
Un día después del rechazo absoluto a la SOPA censuradora hay una cabeza cercenada y policía poniendo sus bototas sobre millones de archivos (legales y no) sin importar cuál es cual como no le importan a las hogueras si lo que destruyen sea bueno o no.
La media informa de los millonarios cerrando sus chequeras con gesto amenazador y dueños de cinematográficas pensando azotar a todo un gobierno por no querer su SOPA. Te vas a la cama sin cenar y sin dinero para reelecciones.
¿Es esa la imagen real? ¿Son esos millonarios estilo Montgomery Burns las auténticas fuerzas del mal?
Porque lo que proponen es malvado. No proteger sus intereses sino el hecho que, con el pretexto de protegerlos, ofrecen nuestra intimidad al poder en turno.
Leer nuestros correos, revisar nuestras computadoras, recordar cada página visitada. Guardar electrónicamente cada conversación, cada imagen movida, cada persona a quien le has hablado en tu vida electrónica.
En México se habló mucho de un registro nacional de celulares. Una ley para guardar nuestra identidad celular para impedir chantaje telefónicas y falsas amenazas. ¿Cuánto tardó ese registro federal en llegar al mercado negro? Poco. Diversos periódicos han documentado cómo se vendieron los datos de la credencial de elector a diversas instancias.
¿Qué ojos, que manos, qué intereses tendrán en nuestro poder nuestra intimidad? ¿Nuestros contactos, la forma exacta de quebrarnos, tocarnos, asustarnos?
Si aceptamos SOPa, si aceptamos Doring (la copia mexicana de la Ley SOPA), si nos amedrentan con el cadáver sangrante de Megaupload y sus 50 años de cárcel para sus dueños ¿a qué cedemos?
Sobre el asunto de Megaupload, lo que sucede es que estamos viviendo la aplicación unilateral de las leyes norteamericanas afuera de su jurisdicción, por un lado y el florecimiento de un nuevo tipo de millonario (enriquecido cínicamente) por el otro. Yo pensaría que ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón pero a este ladrón le cayeron con las manos… en el teclado.
Parto de algo básico: la gente tiene derecho a que le remuneren por su trabajo, asunto éste que al parecer se pone en duda cuando se trata de un producto cultural. Hay quienes, bajo la idea de que un bien cultural pertenece a todos, asunto éste sobre el que, con ciertos matices, estoy de acuerdo, dan un paso más y niegan la procedencia material de ese bien, que es el trabajo de una persona o un colectivo. Ese trabajo para el que se han empleado tiempo y medios ha de ser remunerado, de la misma manera que le pagamos a un médico por sus servicios. Los defensores más sensatos de no cerrar los portales de descargas ilegales desde luego no se oponen a que el autor cobre; sin embargo, muchas de las reacciones que he leído en redes sociales a propósito del cierre de Megaupload o sobre la polémica Ley Sinde niegan, explícita o implícitamente y en nombre de un espíritu pseudolibertario que empieza y acaba en el interés personal, el derecho de un artista a recibir dinero a cambio de lo que hace. Hay quienes han salido a defender Megaupload como si se tratara de una ONG, por no hablar de los que meten en este embrollo la libertad de expresión, como si ésta hubiera sido en algún momento coartada, y confundiendo además la libertad con el robo.
A día de hoy cualquiera puede abrirse un blog, decir lo que quiera y colgar su música y sus libros para que se distribuyan gratuitamente; a lo que no tiene derecho es a colgar los de otros, y menos a enriquecerse con ellos. Obviamente el tema es complejo, internet ha cambiado las reglas de juego y además la red es una gran oportunidad para difundir nuestro trabajo. Suprimir intermediarios permite abaratar el producto e incluso que el artista se lleve un porcentaje más justo. Ahora bien, ese camino no pasa porque unos portales hagan negocio con el trabajo de otros. Y tampoco pasa, mientras haya capitalismo, por el intercambio libre. Estamos en un mercado libre, y los artistas pagamos alquileres y tenemos que comer.
Yo estoy dispuesta a luchar en la medida de mis posibilidades por un sistema más justo, un sistema que nos permita vivir mejor y que facilite el acceso a cualquier bien cultural. El cambio que necesitamos es estructural, y no sólo cultural.
Hoy por hoy, sigo siendo muy pesimista; quiero pensar que conseguiremos regularizar el medio digital a través de fórmulas innovadoras que permitan que el trabajo de los creadores obtenga una remuneración digna sin un coste desmedido para el ciudadano, pero no veo la manera de llegar a ese punto sin normalizar las vías que en la actualidad favorecen la apropiación directa de la obra artística.
Nada bueno puede esperarse cuando el FBI te patea la puerta. Internet ha empezado a preocupar a los Estados Unidos, como antes Afganistán, Irak y ahora Irán. Sus “marines” son, en el caso de megaupload, cibernéticos, pero al responsable del emprendimiento ladrón se lo llevaron físicamente de las pestañas.
El tema de nuestros derechos es lo que menos preocupa a estos protagonistas del despojo globalizado. Si de verdad nos calienta a nosotros –a veces sospecho que poco–, debemos encontrar rápidamente las herramientas tecnológicas y jurídicas para que no acabemos difundiendo nuestro trabajo como los memoriosos lectores de Fahrenheit 451. Y cobrándole, como se decía en Argentina en nuestros recurrentes tiempos de crisis, “al banco mamao”.
Como autor, me cuesta encontrarle una lógica razonable a esta “glorificación” de Megaupload y a su conversión en mártir. La misma gente que denosta y desprecia a editoriales, distribuidoras y discográficas porque “son unos parásitos que canibalizan, explotan, roban y se lucran indecentemente del trabajo de los autores y no merecen ganar dinero por ello porque no aportan nada” ensalza, eleva a los altares y enarbola cruzadas para defender… a entidades como Megaupload o Rapidshare. Y yo sigo sin ver la diferencia entre unos parásitos y otros. Bueno, sí la veo. Como autor, a unos “parásitos”, con mejor o peor criterio, con mayor o menor acierto, yo he decidido confiarles el fruto de mi esfuerzo y mi trabajo –no del tuyo, ni del tuyo, ni del tuyo. Del mío– para que lo gestionen. Es la decisión que yo he tomado sobre el destino de mi propio trabajo. Los otros simplemente se apropian de él sin el menor pudor ni consideración para lucrarse con la connivencia, la colaboración y el beneplácito de unos golfos apandadores disfrazados de “libertadores culturales”. El problema no es tanto dónde acaba tu trabajo y en qué condiciones sino en quienes se arrogan el derecho a que termine allí. Es una cuestión de respeto. Porque se tiende a olvidar la premisa, tan sencilla como lógica, de que el único auténticamente legitimado para decidir el destino de su trabajo, para venderlo en un mercado persa, subastarlo o, incluso, distribuirlo en sites de descarga directa de forma gratuita si así lo quisiera no es ni más ni menos que el propio autor.
Internet representa por el momento un modelo económico que en parte se opone al capitalismo neoliberal, podríamos llamarlo, en su vertiente más utópica, cybercomunismo. Aunque Megaupload no fuera precisamente un ejemplo de intercambio horizontal, su cierre es un gesto político de intimidación que indica el deseo del capitalismo de cercar los prados digitales, como un día se cercaron las tierras comunales.
















Excelente que se abra el debate, que se hagan preguntas y que se expongan ideas y opiniones. Pero cuidado con la moralización. Algunos hablan de “robo flagrante” a un trabajador cultural. No lo creo. No es esa la intención. No por lo menos de quienes disfrutamos de la cultura y sus objetos. Que un artista quiera vivir de su arte es un bonito desafío y a lo largo de la historia de la humanidad siempre ha debido ser un sirviente del poder y la riqueza para poder lograrlo. Esto con todo lo que significa. Y es hoy, cuando esta maravilla tecnológica llamada Worl Wide Web que es posible gracias al “regalo” de un generoso y filantropo cientifico Tim Berners-Lee. Él nos ha regalado el protocolo que hace posible que hoy yo pueda estar escribiendo en este espacio. El que hace posible que moralizadores intelectuales añejos como el vinagre hablen de ladrones y piratas y que yo pueda enterarme. QUe pueda ingresar a un sitio como este y por 2€ pueda leer una obra maravillosa o un bodrio sin sentido.
Discutamos, si, no excomulguemos ni seamos inquisidores. La cultura debe ser sagrada pero no religiosa. Sus agentes, sus creadores deben saber que el mundo va cambiando. Que ya no se lleva la rueda de carreta aunque sea un bonito adorno.
Lo de megaupload, y es mi opinión, es solo el fiel reflejo de lo que necesitas para ser millonario bajo este sistema.
Alguien dijo por ahi que al dueño de ese portal no debieron detenerlo por ladrón sino por mal gusto. Pero él solo puso el pavimento para unas calles que ya no se pueden desarmar. Si se enriqueció escandalosamente o no, eso no es el problema. Lo importante es que lo quieran o no si hubo divulgación de cultura. Que el costo es alto, pues es lo que debemos discutir, pero por favor, el mundo de la cultura ha sido un mundo de amos y esclavos y hoy eso puede cambiar…
Una frase con que me quedo de lo leído aquí es la de José Luís Zárate: “No recuerdo el arresto de ningún banquero que llevara ese despliegue de imágenes de riqueza obscena. “.
Saludos.
Es incomprensible que se confunda libertad con expolio. Como lo es que se ensalce y glorifique a los ladrones/aprovechados como si fueran los Robin Hood del siglo XXI. Las cifras de negocio de Megaupload son suficientemente clarificadoras para que nos demos cuenta de que nada se crea ni se destruye, solo se transforma. No gana el creador, ni el intermediario, gana el pirata.
Imagino que preferirías quedarte solo con la relación creador – intermediario. Ya que el pirata sería el lector, el espectador..¿no?
Una idea entonces, encarcelas a los lectores y lo obligas a leer las obras de los “creadores” subvencionados por el ayuntamiento y la transnacional de turno. Así los “creadores” podrán disfrutar del fruto de su trabajo, con la tranquilidad de su trascendencia.
Me parece lúcido el análisis de Iván de la Nuez. Y también ciertas respuestas aquí presentadas. De todo esto se debe buscar la síntesis que encause el camino libertario y la canalización del hecho cultural por su justo derrotero: autor-público. (quede claro que en ningún momento acepto los términos “producto cultural” “consumidor de cultura”). Esos son términos inventados por sujetos tan deplorables como el gordo MegaKim. Que Megaupload esté definitivamente muerto está por verse, aún no es cosa juzgada. Que se lo convierta ahora en el gran villano, no es otra cosa que el trabajo sucio de otros villanos idénticos. Que se lo convierta en adalid de la libertad, no es otra cosa que la desesperación de usuarios que han desarrollado adicción a la descarga de archivos, idéntica a las miles de otras adicciones que la web genera en las personas.
La síntesis deberá ser, a mi entender, asi: El autor hace su trabajo, el público lo descarga gratis, el autor cobra su trabajo, la cuenta la paga la publicidad de los peces gordos. El intermediario mercader,(llamese distribuidora cinematográfica, editorial,sello, etc.), sobra y queda afuera. Siempre sobraron y siempre digitaron el filtro de lo que el público debe, leer, mirar, escuchar, a partir del eterno elemento omnipresente: su dinero. Se trata simplemente de nuevas herramientas tecnológicas implementadas por grandes asociaciones de creadores y la redefinición de la publicidad en internet. Actualmente se paga “por click”, pero debería ser como en TV. Pagas por estar presente. Si nadie ve tu comercial, es tu problema. Ejemplo: Si una asociación de autores musicales lanza una megapágina, sin emprendedor angurriento, y pone en línea para su descarga toda la música existente, tendrá millones de usuarios como Megaupload y habra millones de anunciantes que quieran estar allí. Si es un colectivo cultural autoadministrado con algunos expertos a sueldo, facturará fortunas, repartibles entre los creadores de la música, sin Sony, sin MegaKim, sin parásitos. ¿Cybercomunismo dijo alguien mas arriba? En la web es bastante fácil. No hay que fusilar a los Romanoff ni vencer a su ejército.
MEGAUPLOAD era como una biblioteca privada abierta al público… véanlo así. Sí, el bibliotecario se hizo rico poniendo publicidad en las paredes, pero abrió contenidos culturales de forma gratuita a aquellos que nunca abrían podido o querido pagar por ellos.
En el caso de la literatura (que poca había en megaupload) quizá es más difícil de decir que los autores no ven su trabajo remunerado, pero en el del cine y la música… por favoooor… miren el tren de vida que llevan los que cobrarían los derechos de autor de los productos más descargados y diganme que no es suficiente! díganselo a los mileuristas que deben pagar 8 euros por una entrada de cine o 20 por un CD! Venga hombre!
Después de leer todas las aportaciones, me parecen todas interesantísimas, menos la del Sr. De Hériz, que no es más que una nueva versión de la trasnochada letanía ‘la cultura no puede ser gratuita’. Por supuesto no puede ser todo gratis, pero hay gente que no se entera de los beneficios invisibles que aporta compartir. Como por ejemplo la gente que se compra el dvd de una serie después de verla por internet, o lo mismo con otras cosas. Señores, algunos no comprarán nunca su libro/disco etc. pues una vez aceptado eso, mejor que alguien se lo baje y que hable bien de él. A punta de pistola no se va a vender más, y menos en un país con los índices de lectura que tiene España, aunque eso ya es otro tema con sus propias soluciones. Aún así, hay monos que no sueltan una rama hasta que tienen otra bien agarrada. Es más seguro pero se va más lento. Para quien no me entienda, aquí una entrada de Hernan Casciari sobre la ‘pobre’ Lucía Etxebarría en orsai:
http://orsai.bitacoras.com/2011/12/para-ti-lucia.php
Saludos.
En el asunto de las copias piratas hay una notable confusión de conceptos: se confunde constantemente lo físico con lo intelectual, cuya existencia no es física, y sobre todo se identifica, por ambas partes, el foco del conflicto con la copia, cuando en realidad el foco del conflicto es la distribución. Me explico: el derecho a la copia existe, y siempre ha existido. Y la copia no es un robo porque, tal como postulan sus exégetas y apologetas (muchas veces apolo-jetas) una copia no supone sustraer lo copiado, que sigue estando en propiedad de su propietario original. Físicamente, al menos. Pero aquí empieza la primera confusión: la propiedad intelectual no se ejerce sobre ningún objeto físico. Una novela no es un bloque de papel escrito y encuadernado, sino una serie de palabras, que expresan una serie de conceptos e ideas, puestos en un determinado orden. El libro de papel, o el pliego de folios, o el bloc escrito a mano, o el fichero de texto, o la grabación de audio que la contenga no es la novela en sí misma, sino su soporte físico. Una canción son unas determinadas notas musicales en un determinado orden, y quizá elaboradas con unos determinados instrumentos en un determinado momento. La grabación de la misma sólo es su soporte físico, no la canción en sí misma. Luego cuando se copia lo que hace es reproducirse el soporte físico. El consumidor no compra la novela. Nunca. Compra un soporte físico. La novela en sí misma sigue sin ser suya. Sobre ella sólo puede ejercer privilegios de usufructo.
La copia no atenta contra la propiedad intelectual legítima. Lo que atenta contra la propiedad intelectual es la distribución no autorizada del concepto (cuya existencia es puramente intelectual, no material) objeto de la misma. Luego no necesitamos ninguna legislación anti-copia. Pero sí necesitamos una legislación anti-distribución. Y de hecho ya existía, de hecho toda la historia de la propiedad intelectual, que empezó con la defensa de la propiedad intelectual de los escritores para con sus obras, se basa en prohibir la distribución de la obra no autorizada por parte de su autor o autores. Porque, de hecho, copiar una obra escrita siempre ha sido posible: sólo se necesitaba, aparte de acceso a la obra original, una cierta cantidad de papel y una pluma (o una máquina de escribir), y de ahí a la imprenta. Es más laborioso copiar así que digitalmente, pero se consiguen copias exactas del original, y de hecho la piratería de obras literarias por este procedimiento se ha practicado desde que existe la escritura. Uno de los principales impulsores de la legislación sobre propiedad intelectual fue Charles Dickens, harto de ver cómo sus novelas y relatos eran sistemáticamente pirateados de esta forma en los Estados Unidos. El sistema era simple: un gringo listillo se compraba la edición británica de, por ejemplo, David Copperfield, la copiaba en una linotipia, la imprimía y distribuía las copias en Estados Unidos, pedir permiso ni darle un duro a Dickens. Uno de los grandes logros de la cultura y la civilización occidentales fue que el señor Dickens pudiera cobrar, si así lo deseaba, por todas las ediciones de sus novelas que se distribuían. Con lo que pudo ganarse la vida con ello y dedicar su tiempo a escribir más novelas, en vez de tener que hacerlo en los ratos libres que le dejaba su trabajo en la fábrica de betún (pues sí, Dickens trabajó en una fábrica de betún, antes de poder ganarse la vida escribiendo).
No necesitamos ninguna ley anti-copia. Las copias son y deben ser libres. Lo que sí necesitamos, y mucho, y con mucha urgencia, es una legislación contra la distribución no autorizada de productos objeto de propiedad intelectual.
Mirándolo desde esta perspectiva, el cierre de Megaupload resulta pertinente por cuanto constituía un canal de distribución de productos objeto de propiedad intelectual que operaba sin ninguna autorización para la misma por parte de los propietarios legítimos de los contenidos. Y además lucrándose con ello. Mucho, si tenemos que juzgar por las pintas de villano de James Bond, con cadillac rosa y avión particular incluido, que se gasta su dueño.
Disculpame pero todos tus agrgumentos son verdades de Perogrullo. Se supone que aquí todos sabemos que es copiar, no? Tus ansias de represión me inducen a pensar que eres propietario de derechos de autor sobre obras que no son tuyas (editor?, productor musical?, que?). El tema central, es plantear alternativas que: 1- permitan al autor vivir de su trabajo, 2- permitan al público acceder gratuitamente a la cultura, 3- eliminar intermediarios parásitos. Creo haber respondido con una opción viable en mi aporte anterior.
“La síntesis deberá ser, a mi entender, asi: El autor hace su trabajo, el público lo descarga gratis, el autor cobra su trabajo, la cuenta la paga la publicidad de los peces gordos.”
No sé yo… Si el autor quiere ponerlo a descarga gratis a cambio de cuatro céntimos de publicidad, pues allá él, será que vive de otra cosa.
¿Y si el autor NO quiere eso? No entiendo cómo casas eso que dices con el concepto de Libertad individual.
Brillante
Xabier, te releo y vuelvo a comentar: Brillante!
Si alguien me informa como hago para ver la pelicula de 1969, Escenas de caza en la baja Baviera, que algun coleccionista colgo en megaupload, sin tener que viajar a Alemania y buscar por las cinematecas perdidas de todo el pais una copia que alguien te venda, me contas lo de la propiedad intelectual. La cultura es propiedad comun y su destino es ser distribuida, para ver una pelicula ya esta el estreno en la sala de cine, la gente de 1969 la tiene que haber ido a ver en su momento, pero por qué yo ahora no la puedo ver? Para eso sirven los sitios como mega, para distribuir la cultura.
Maur, cuando las cosas vuelvan a la normalidad (es decir, que dejemos de exigir todo gratis y ya) aparecerán los servicios de video por internet y ahí tendrás toda la historia del cine y de la televisión por cuatro duros. Como el Spotify, pero de imagen.
Ahhh, nooo, que tiene que ser gratis total ¿no es eso?
“Según la leyenda Kim Schmitz, era un barón llamado Robin Dotcom Hood, quien era de gran corazón y vivía fuera de la ley, escondido en el bosque de Internetwood. Hábil hacker, defensor de los pobres y oprimidos, luchaba contra el sheriff de los Derechos de Autor y el príncipe del FBI. Su única consigna era: Robarle a los ricos para darle a los pobres”.
Los vértices de una posible delimitación del debate:
. Un modelo de negocio obsoleto y, por eso mismo, despótico. En un artículo publicado en Sigueleyendo (http://www.sigueleyendo.es/sobreviviendo/) Guillermo Orsi desplazaba la atribución del término ‘pirata’ a la industria editorial: “Estoy en contra del aprovechamiento de la tecnología por parte de editores inescrupulosos, que todavía no han definido reglas claras de edición porque especulan con cuánto de menos pueden pagarnos a los autores”.
. Una conflictividad de intereses escritores-industria editorial que se judicializa. Antonio Tello, que forma parte de la Junta directiva de l’Associació Col·legial d’Escriptors de Catalunya (ACEC) -y cito a Lázaro Covadlo- “resolvió enfrentarse con la industria editorial para dejar en claro que quienes escriben son trabajadores como tantos otros, principales actores de la industria editorial que no tienen porque verse explotados y despojados de los ingresos vitales necesarios para su subsistencia y la de las familias” (http://www.acec-web.org/spa/oo.asp?art=699#.TvcWJ56MdQI.facebook)
. Las decisiones técnicas y políticas que están configurando Internet. “[...] la red podría devenir un espacio perfectamente regulado […]” (Lessig, L. El código 2.0. Madrid: Traficantes de Sueños, 2009 http://www.traficantes.net/index.php/editorial/catalogo/coleccion_mapas/el_codigo_2_0). Asuntos como la privacidad en las comunicaciones, la posibilidad o no de compartir datos, de remezclar información y la extensión de la libertad de expresión dependen de las decisiones técnicas y políticas que están configurando Internet. La razón de este enorme potencial de control no sólo se encuentra en el poder legislativo del Estado, sino en la arquitectura (el código) de las nuevas tecnologías. La ausencia de una discusión política, abierta y masiva sobre estas cuestiones deja campo libre a los grupos empresariales y al Estado para producir tecnologías a su medida.
Un par de aclaraciones:
1)en respuesta al tal Sergio: soy propietario de derechos de autor sobre obras que he escrito yo mismo: tres novelas y los guiones de un puñado de episodios de series de televisión.
2) en mi entrada hablaba de la distribución no autorizada de obras con propiedad intelectual como el quid de la cuestión. Debería haber sido más específico: es la distribución pública no autorizada. Por cuanto la distribución privada siempre ha existido. Y por cuanto, y creo que en eso estamos todos de acuerdo, la única manera de rentabilizar económicamente un producto cultural es en su distribución pública. Así que cualquier beneficio derivado de su distribución (y Megaupload, que ofrecía publicidad, rentabilizaba la distribución de contenidos por los que no pagaba nada) debe revertir, en todo o en parte, sobre su legítimo propietario. Y este razonamiento nos lleva a un punto interesante: los que se benefician de la distribución deberían pagar a los autores parte de sus beneficios. ¿quienes se benefician de la distribución? redes como Megaupload, servidores P2P que incluyen publicidad en sus páginas y… ¿acaso los proveedores de conexión no hacen negocio a costa de las descargas?