El lago

E.L. Doctorow

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Eran presencias aborrecibles. Como una pareja de ancianos en el bosque, solos el uno para el otro, el hijo únicamente un capricho del destino. Aquella era su asquerosa casita y nunca me permitieron olvidarlo. Vivían en un ambiente de linóleo y se pasaban las tardes sentados junto a la radio. ¿Qué esperaban oír? Si entraba temprano los despertaba, si llegaba tarde los enfurecía, lo que los ofendía era mi vida, no podían soportar la sabrosa plenitud de mi ser. Estaban secos. Eran leños apenas humeantes. Se deshacían en cenizas. ¿Cuál era al fin y al cabo la tragedia de su vida implícita en las miradas de profundo reproche que me dirigían? ¿Que las cosas no les habían salido bien? Esto no los diferenciaba de cualquier otro habitante de Mechanic Street, donde hasta las casas eran iguales, de dos en dos, el mismo palacio de asfalto una y otra vez, los tranvías que hacían sonar la campanilla por todo el puñetero vecindario. Solo los locos estaban vivos, los hombres y mujeres que vivían en la calle; había uno al que llamaban San Basura y que iba de cubo en cubo recolectando lo que no servía a los pobres —¡imagínate!— y ponía en su carretilla todo lo que encontraba o se lo echaba a la espalda, usaba varios sombreros varias chaquetas abrigos pantalones, calcetines sobre zapatos sobre zapatillas, no se le veía la cara roja, con barba y en carne viva y de uno de sus ojos manaba una exudación amarilla ¡oh San Basura! y a tres manzanas de distancia estaba la fábrica donde todos los de Paterson se ganaban el jornal para mantener su maravillosa vida, incluyendo a mi padre incluyendo a mi madre que iban juntos y volvían juntos y comían juntos y se acostaban juntos en la misma cama. ¿Dónde estaba yo a todo esto? Solo me prestaban atención cuando enfermaba. Durante un tiempo estuve siempre enfermo tosía tenía fiebre y resollaba, amenazándolos con la escarlatina o la tos ferina o la difteria, mi único poder residía en sugerirles las terribles consecuencias de un negligente momento de lujuria. Se apegaban a sus miserables vidas, celebraban los magros rituales de los domingos yendo a misa con los otros peleles como si se estuviese elaborando algún plan monumental que podía resultarles personalmente doloroso pero que tenía Sentido porque Dios tenía que ponerle Sentido aunque los pobres y estúpidos inmigrantes centroeuropeos de ojos hundidos no supiesen de qué iba la cosa. Yo despreciaba todo aquello. Me crié en un salvaje disloque de salud y enfermedad y al llegar a los quince todo estaba bien, conocía mi vida y la disfruté plenamente, corrí por los callejones y salté vallas unos segundos antes que los polis, robé lo que necesitaba y perseguí a las chicas como a piezas de caza, me busqué problemas y me encantaban, me encantaba la vida, corrí calle abajo siguiendo a los dirigibles que pasaban, trepé por escaleras de incendio y espié a las viejas luchando con sus corsés, me lié con una pandilla y llevaba una navaja afilada como la de un árabe, como la de un sujeto de raza latina, la clavé en el caballo del verdulero ambulante, se la clavé a un débil mental con cabeza de melón, con ella rasgué toldos, con ella jugué a la peonza, robé a los chiquillos con ella, con ella me llevé a una chica al tejado y la obligué a desnudarse con ella. ¡Solo quería ser famoso!

Y los camiones del carbón que derramaban su temible carga de antracita en las rampas de corredera hasta los oscuros sótanos, y Ricco el Boniato que te ponía en la mano una batata caliente envuelta en media página del Daily News por tres centavos, la nieve mugrienta amontonada en las calles, el viento con olor a hollín y a aceite de máquina soplando en Mechanic Street y tú sostenías con las manos ahuecadas el dulce calor y te lo acercabas a la cara enrojecida. La aceptación humilde y casi inconsciente de bondades por parte de críos que lo aceptaban todo, la ira de los padres, la locura de las viejas en las escaleras viciadas, el crimen, el robo, la amenaza en el cielo, la intolerable cárcel de las aulas. En los baratillos la abundancia de pequeños coches mecánicos de hojalata hechos en Japón y polis de goma en motocicleta, y sus jefes de goma en sidecares de Japón y autogiros de hojalata y DC-3 de hojalata. Te acercabas a los objetos pequeños, los modelos de coche de metal moldeado que te cabían en la palma, ojeabas a la señora con bata verde y gafas que colgaban de una cinta negra alrededor de su cuello, que cuando se volvía asomaba la mano blanca a la manera de la lengua de una rana, de una cobra, y bajabas por los pasillos con otro juguete de bondad, un brillante juguete de alegría en el bolsillo.

Pero yo estaba solo en esto, estaba solo en todo, solo por la noche en la propagación del calor, despertando ante la tibia fuente de innegable satisfacción de la meada de mi pito infantil, despertando al plano mundo de la sábana y solo cuando se enfriaba y me rozaba los muslos reconocía que estaba despierto, mamá, oh mamá, la sensación de catástrofe, ha vuelto a mojar la cama… solo en eso, solo durante años en todo eso. No recuerdo el nombre de nadie, no recuerdo quiénes eran los miembros de la pandilla, no recuerdo cómo se llamaban mis maestros, estaba solo en todo, poseía la facultad innata de estar solo en el ruido de la vida y el estrépito de la guerra en las casas de vecindad, mi cerebro estaba solo en el silencio de la observación y la percepción y la comprensión, ese auténtico silencio de esperar conclusiones, de esperar a que todo adquiriera sentido en un juicio, en una opinión, ese silencio peor que el silencio de los sordomudos.

Entonces un día me cogieron rompiendo la cerradura del cepillo de los pobres, el cura gordo con faldas me agarró el cuello con una mano que parecía una tenaza y no por primera vez me golpeó en la cabeza con la mano abierta y a patadas en el culo me llevó a la sacristía, detrás de los Cristos y las Marías y los cirios votivos parpadeantes como un campamento en la selva distante y pensé qué enorme penitencia de piedra abovedada es esta, con su intencionada penumbra y sus duros suelos de piedra y su catedralicio espacio esculpido anunciando el interior de la cruz del hombre la gloria de Dios, el pecado de la existencia, mi pecado de existencia, pegado a él desde el nacimiento para encolerizar a todos a Dios el Padre el Hijo y el Otro de verdad jodiendo a todos con mi existencia me retuerzo me vuelvo pateo al Padre tiene cojones no se cortan sus propias pelotas no llegan tan lejos hijo de la gran puta. Apunto fielmente y no parece un sacerdote el que cae con los ojos a punto de reventar, la roja cara apoplética sé lo que se siente Padre pero usted no es mi padre ahora está por los suelos a gatas y respira jadeante lo que usted quiere es su dinero le grito aquí tiene su maldito dinero y retrocedo lo arrojo a lo alto y corro como si me persiguiera una lluvia de monedas desde los cielos monedas que caen sobre el suelo de piedra tintineantes como un caos desatado sobre el buen y severo Padre. Corro esquivando las monedas que caen como gotas de lluvia de la negra bóveda celestial.

Viví un par de meses en Nueva York. Al principio me pareció un lugar increíblemente limpio con gente bien vestida y coches lavados y brillantes tranvías rojos y amarillos y edificios blancos. Entonces era una ciudad de piedra. En el cielo los rascacielos eran de piedra blanca y los hombres de la limpieza daban vueltas empujando grandes cubos sobre carros de dos ruedas y se detenían aquí y allá y barrían las alcantarillas, me parecía increíble, llevaban chaquetas blancas y pantalones blancos y gorros militares de tela caqui. Y en Central Park, que para mí era como el campo, los cuidadores llevaban palos de escoba con un clavo en el extremo y pinchaban con ellos paquetes vacíos de cigarrillos y envolturas de helados que luego echaban a los sacos de arpillera que cargaban sobre sus hombros. El parque era glorioso y verde, la ciudad bullía de empresas. ¡Una ciudad maravillosa!, pensé, un lugar donde ocurrían cosas y donde todos eran importantes incluso los barrenderos por el solo hecho de estar allí no como en Paterson donde nada importaba porque era Paterson donde nada importante podía ocurrir donde incluso la muerte era poco importante. Era extensa y grande, daba grandeza a la vida era una de las grandes ciudades del mundo. Y se extendía, era colosal, millas de calles con espléndidas tiendas famosas y kilómetros de raíles de tranvía, grandes barcos roncos en el puerto y gaviotas que se paseaban ociosas sobre los muelles. Viajé en los estrepitosos trenes elevados que se zarandeaban e inclinaban en las curvas y cuando hacía frío me quedaba a bordo y daba vueltas enteras alrededor de la ciudad al calor de los codiciados asientos de encima de los radiadores. Llegué a conocer la ciudad. Me serenó. Más allá de sus márgenes siempre podías dejarte caer en algún sitio, todavía había chabolas en las laderas de más abajo de Riverside Drive, había instituciones benéficas en el distrito bajo de Manhattan donde podías conseguir una cama y donde te fumigaban y había toda una red de centros de asistencia social donde te agenciabas una sopa y un pedazo de pan si no eras orgulloso. Pero yo buscaba trabajo, trataba de mantenerme limpio y me presentaba en las agencias de empleo abarrotadas de tipos que se abrían paso a codazos para fijar la vista en las colocaciones descritas con tiza en las pizarras de las agencias y era muy difícil convencerte a ti mismo de que tú y no cualquiera de los otros cien eras el indicado para aquel trabajo.

Un día tuve una inspiración. Vi a un chico gordo que repartía comestibles. Llevaba un mandil encima de la ropa y empujaba un carrito, uno de esos carritos de madera movidos por ruedas gigantescas con llantas de acero. En los listones figuraba el nombre y la dirección de la tienda. Con los brazos llenos de bolsas, el gordito bajó los peldaños hasta la entrada de servicio de una casa con fachada de piedra arenisca, tocó el timbre y desapareció en el interior. ¡La cobra ataca! Corrí calle abajo haciendo resonar el carrito sobre los adoquines, di la vuelta a la esquina, bajé por una calle lateral oscurecida gracias a las sombras en rejilla de las escaleras de emergencia y las puertas de hierro verde oscuro, me sentía como Charlie Chaplin, doblando las esquinas, frenando sobre un pie, dando media vuelta, a velocidad delirante, creo que me reí al imaginar a un pelotón de polis a mis espaldas, pensé en la cara del gordito, aunque supiera dónde encontrarme no me cogería. Me senté un rato en un callejón para recobrar el aliento. Por último, a la manera del más concienzudo repartidor de comestibles del mundo, hice rodar mi carro hacia el lugar de donde venía y entregué uno por uno todos los pedidos. En cada bolsa y en cada caja había una factura con el nombre y el domicilio del cliente. Recibí propinas y cobré las facturas. Fui amable. Empujé el carrito hasta Ultramarinos Graeber, Frutas y Verduras de Lujo, y encontré al mismísimo Graeber cargando otro carrito, gruñendo y farfullando en alemán y maldiciendo a todos sus dependientes. No vi a ningún gordito entre ellos. Graeber parecía estar furioso, suspicaz, escéptico. No me creyó cuando le dije que había encontrado el carrito abandonado en la pendiente de un callejón. Entonces le puse en la mano el dinero de las facturas cobradas. Hasta el último céntimo.

Así me convertí en repartidor de comestibles de los barrios de Murray Hill. Me ponía el largo delantal blanco y empujaba el carrito de madera. Ganaba tres dólares semanales más propinas.

En una casa de Gramercy Park conocí a una criada que me echó el ojo porque le gustaba mi cara de inocente. Era una mujer mayor, una especie de escandinava con el pelo trenzado. No valía gran cosa pero tenía habitación propia y una noche muy tarde me hizo pasar y subir todos los pisos de la mansión para llevarme a un pequeño cuarto de baño en el último piso de la parte trasera. Aquella mujer robusta y con la cara coloradota por el vapor humeante hizo que me sentara en una bañera y me dio un baño. No recuerdo su nombre Hilda Bertha o algo parecido y se conoce bien a sí misma antes de hacer el amor se cubre la cabeza con una almohada para ahogar los sonidos que produce y es realmente interesante tirarse a esta fornida carne vigorosa barrigona trasero suave y tetas flojas pero cabeza hueca, atormentarla con una caricia, ver cómo se estremece, oír sus gemidos apagados, regalarle un polvo que me gusta imaginar que nunca antes había siquiera imaginado.

Goza conmigo

Acéptame así

Gozando está gozando ella

Era en realidad muy decente y por mis favores me hacía pequeños regalos, jerseys y zapatos desechados, algunas veces comida. Yo trataba de ahorrar al máximo mi salario. Mis lujos eran los cigarrillos y el cine. Me gustaba ir al cine donde podías ver dos largometrajes y un noticiario por diez centavos. Me atraían las comedias y los musicales y las películas de gran estilo. Siempre iba solo. En mi mente yo era el tipo reservado que quiere conocerse a sí mismo, ver qué tiene que decir. El que se revestía con los astros cinematográficos a los que descartaba luego. Me beneficiaba porque instantáneamente sabía quién correspondía a la situación y me convertía en él. Para Graeber, que llevaba sombrero de paja y corbata de lazo, un alemán de cabeza de cepillo con un acento del que más te valía no reírte, yo era el joven honrado que quería llegar a ser algo. Para Hilda la criada era el muchacho que se consideraba afortunado por tenerla. Cuando salía después del trabajo con las propinas en el bolsillo, era Rockefeller. Llegué a establecer la diferencia entre la enorme y bulliciosa ciudad gloriosa de la civilización por un lado, y la pobreza o la ostentación de cualquier individuo al que mirase por el otro. Todo dependía de la distancia que uno tomara. Si subías a lo alto del Empire State Building como me gustaba hacer veía que todo era emocionante, tenías que admirar a la raza humana que así acampaba y oía ascender el ruido del tráfico como una canción a Dios y de amor a Su Genio por hacer brillar el sol en lo alto. Pero en los muelles los hombres dormían al aire libre ovillados como bebés en camas de papel de periódico, con una mano sobre la otra a modo de almohada. La cuestión no era su abandono no sino su flaqueza pues también vi aquello en los embarcaderos cuando iba a contemplar a los transatlánticos que zarpaban. Contemplé a los hombres y mujeres bien vestidos que subían por las pasarelas y se volvían para saludar con la mano a sus amistades, vi a los estibadores llevar a bordo sus baúles y sus sombrereras de mimbre, observé a las mujeres subirse los cuellos de piel para protegerse del frío que brotaba del agua, a los hombres con gorras y polainas deportivas y aspecto de autosuficiencia, advertí su fatiga, su ostentación, su terror y también en estos, los afortunados, percibí la pobreza del mundo adulto. Aquel fue un conocimiento importante y no significó ningún sobresalto para el chico de Paterson. De una forma u otra, los adultos eran quienes estaban hechos, acabados, quienes vivían sin esperanzas ni propósito. Hasta las gaviotas posadas en lo alto de los pilotes tenían más clase. Las gaviotas que se elevaban con el viento y extendían sus alas sobre el Hudson.

Me diferenciaba de quienquiera que estuviera mirando y cuando sentía la necesidad de hacerlo, lo cual ocurría a menudo, sabía que podía superarme, hacer mi camino cualesquiera que fuesen las circunstancias. Vendería lápices en la acera frente a las grandes tiendas repartiría periódicos robaría mataría apelaría a toda mi astucia pero nunca perdería mi mirada de espíritu vivo ni me daría por vencido hasta que aquella silenciosa presencia secreta me desbordara y entonces fuese lo mismo que él, explotado al máximo, el mismo hombre que todos los hombres, el único en todos los casos…

Recuerdo al palurdo más consumado que conocí. Bajando una noche las oscuras escaleras de la mansión de Gramercy Park a cuya puerta me acompañaría la soñolienta y agotada criada, afané del comedor una fuente de plata una jarrita de plata para leche una tetera y un par de candelabros de plata. Aún veo las puertas curvas de cristal de la vitrina en la farola, a través de los ventanales. Me oigo respirar. Veo mi propio rostro en la bandeja. Cargado con el botín avancé de puntillas por la espesa alfombra a medias caminé y a medias corrí por las calles apretando mi abultado abrigo. Tenía una habitación en el West Side, en una casa de huéspedes cincuenta céntimos la noche sin derecho a cocina. A la mañana siguiente iba a trabajar andando por la ancha calzada de adoquines pasaban los coches, los tranvías hacían sonar sus campanas los camioneros tocaban el claxon de sus vehículos con tracción a rueda dentada de cadena veo en Ultramarinos Graeber Frutas y Verduras de Lujo a un representante de la ley enfrascado en una seria conversación con mi patrón.

Goza conmigo

Computa conmigo

Ella me saca computerizado

Conmigo mezclada se convierte en mí

Gozando está gozando ella

Gozando es mi camarada

A veces alrededor de las hogueras junto al río hablaba un hombre por lo general un veterano de guerra que tenía una visión de las cosas, que sabía algo más que cómo se sentía o qué era tan injusto o a quién iba a pillar algún día. Invariablemente se trataba de un socialista o de un comunista o de un anarquista que te llamaba hermano o camarada y el tío siempre era contemplativo y no parecía importarle que le prestaran atención o no. No es que fuese sabio ni especialmente decente ni amable ni siquiera que estuviese sobrio pero aunque no hubiera nada de esto en aquellos espasmódicos destellos de lucidez como momentáneas llamaradas de un fuego mortecino solía decir por qué las cosas eran como eran. Aquello me gustaba. Era una especie de música, yo deambulaba por las afueras de la ciudad con los vagabundos y por la noche aquella grandiosa y gloriosa civilización estaba rodeada de muros nosotros nos encontrábamos fuera con la vista fija en esa inmensa presencia descollante, una fortaleza ahora y era una especie de música señalar aquellos muros y sugerir por qué se vendrían abajo. Y si no tenías un verdadero amigo, alguien en el mundo tan cercano a ti como tú a ti mismo, era interesante oír aquel tipo de música. Por la noche olías un río que no olías a la luz del día, yo olí la espuma ribereña y sentí los mosquitos y seguí las sombras de las grandes ratas que se metían a través de las chozas de cartón embreado y se zambullían en los cagaderos, y de pronto algún pobre tipo presentaba con increíble gracia un elocuente análisis del capitalismo monopólico. Se explayaba dos o tres minutos echaba un trago ponía los ojos en blanco y perdía el sentido caía de espaldas en la hoguera y se le hubieran asado los sesos si lo hubiésemos dejado allí con el pelo humeante y chamuscado. Otra vez despabilado, volvía a tomar la palabra.

Pero fue allí donde oí hablar de California. En California podías comer naranjas arrancándolas de los árboles y en los paseos marítimos los aguacates caían cuando estaban maduros y los encontrabas por todas partes y los pelabas y te los comías en los paseos marítimos. Si tenías sueño dormías en la arena y cuando tenías calor te sumergías en las tibias rompientes del Pacífico y por la noche las olas iluminaban la playa con su propia luz. Y más allá de las olas había un barco-garito.

Decidí ir a California.

Armado solo con su apellido impronunciable, bajó a la estación de carga para iniciar su viaje. Ahora la confunde en su mente con el matadero de West Side un atomizado extracto de esencia orgánica tal, un tan perfumado destripamiento, que en la fétida espuma sanguinolenta de la bruma visceral por encima de los patios de carga volaban impotentes bandadas de gaviotas de palomas polillas murciélagos plagas de insectos dando vueltas y vueltas en un gran chillido de inagotable angustia eyaculadora.

Descubrí una puerta corredera, la abrí lo suficiente para deslizarme en el interior, trepé, la cerré casi por completo a mis espaldas permanecí en la oscuridad respirando triunfo. El vagón vuelve a dar un bandazo, casi se detiene, comienza a rodar, me veo arrojado hacia algo que se mueve. Echo un vistazo a mi vagón privado mis ojos se acostumbran a la penumbra, por entre las tablas se filtra el hollín y las acres cenizas, ese olor a ferrocarril, mis ojos descubren en el perímetro de mi vagón privado un cargamento de muchachos. Somos la mercancía fletada por esta nación debemos ser treinta o cuarenta en este vagón, mis ojos calculan gradualmente cincuenta sesenta sentados en el suelo al alba en Pensilvania Este en una vía muerta bajo el helado frío matinal un centenar saltamos y corrimos cuando los matones echaron a correr hacia nosotros desde la locomotora. Más tarde a solas entre las altas hierbas de otro cruce un silbato y disminución de la velocidad en el recodo suena una campanada otra impresionante bola encarnada mi oportunidad me dirijo a ella desde las hierbas a mi alrededor saltan un millar como yo y creía estar solo. La dejé pasar. Mis demacrados hermanos con mis propios andrajos e idéntica maleta atada con cuerdas saltaron al mercancías. Observé cómo se alejaba. Me subí el cuello me encajé la gorra en la cabeza hundí las manos en los bolsillos y me dirigí al norte camino arriba.

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Goza conmigo Computa conmigo Ella me saca computerizado

Conmigo mezclada se convierte en mí Gozando está gozando ella Gozando es mi camarada Compañeros encuentran compañeros Comunistas descubren comunistas Hola. Hola.

Estamos aquí para completar nuestra fusión Estamos aquí para crear confusión ¿Confundes gozar con confesión? ¿Repostas para la nuclear compresión?

Yo apoyo la funicular ascensión.

Rechaza toda palabra de tentación

Delimita toda mundana tensión

Ríete de toda devota intervención

Cables de la computadora orad conmigo

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Antes de la guerra, la guerra, después de la guerra Antes de la guerra la guerra después de la guerra la guerra antes de la guerra Separa del Sistema el temperamento humano.

La procesadora compone poeta Primera Guerra Mundial

Warren Penfield nacido Indianápolis Indiana

Ciudad de indios en las praderas guerras después de la paz

Ciudad de indios ocupados en sus asuntos

Poetas indios con cintas en la cabeza caminan calles cuadriculadas

A buen resguardo en su ciudad de arquitectura india de frío hormigón

Bernard Cornfield Inversores Valores de Ultramar.

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Escape enlace datos esta no es una emergencia

Antes de la guerra antes de la última guerra

Un chico estaba en la calle sin asfaltar de Ludlow Colorado.

El viento del llano soplaba polvo de carbón bajo sus párpados

El viento soplaba el polvo negro por los cañones

de la Sangre de Cristo. El tendedero se extiende en el llano

La ropa del minero restalla brazos y piernas locamente al viento.

La mujer de un minero salió de una tienda de campaña con una cría colgada de sus manos.

Sostuvo a la niña más allá del borde de la acera de madera

sobre la tierra el polvo sopla en el suelo como una horda

de movedizas criaturas microscópicas.

El vestido de la niña levantado bajo los brazos

colgada de las rodillas y las axilas para que se exprese

su fruto infantil sin vello con el propósito señalado

por los sibilantes efectos sonoros de la madre

subrayados con extranjeras palabras de estímulo.

El chico que allí estaba se quedó a observar

descaradamente y la hermosa criatura lo miró con expresión

tan indignada que él inmediatamente la reconoció

dispuesta compañera del viejo monje eres tú

y con la sagrada incapacidad de oponerse a la vida ella cerró

los ojos y dejó caer la delgada hebra de agua dorada

en cascada sobre el polvo donde instantáneamente

se formaron minúsculos tulipanes

él percibió la fructificación de un pequeño universo fértil.

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EL LAGO

E.L. Doctorow

MISCELÁNEA



Vida

Nacido en Nueva York en 1931, Edgar Lawrence Doctorow es autor de varias novelas en las que mezcla historia y crítica social. E.L. Doctorow creció en el Bronx, educado por sus padres, descendientes de una generación emigrante de judíos rusos. En la Preparatoria de Ciencias destacó en la creación artística y como lector voraz. Posteriormente continuó su educación en el Colegio Kenyon, donde estudió con John Crowe Ransom. Más tarde trabajó en la Universidad de Columbia, antes de ser enrolado en el ejército estadounidense y ser enviado a Alemania. Comenzó su carrera como lector en Columbia Pictures y, posteriormente, como editor de la New American Library y también el editor principal de Dial Press, de 1964 a 1969. Aunque había escrito varios libros con anterioridad a1971, fue con El libro de Daniel cuando comenzó a ser reconocido y aplaudido. Cuatro años después salió Ragtime, que representó un éxito comercial y el reconocimiento de la crítica especializada. Miloš Forman la llevó al cine en 1981. Desde 2006, ocupa la plaza Glucksman Chair de Letras Estadounidenses en la Universidad de Nueva York y su archivo personal está bajo la custodia de la Biblioteca Fales de la misma universidad.

Obra

El lago, 2011; Homer y Langley, 2010; La ciudad de Dios, 2008; Creadores: ensayos seleccionados (1993-2000), 2007; El libro de Daniel, 2007; Billy Bathgate, 2006; La gran marcha, 2006; Ragtime, 2006; El arca de agua, 2002; Vidas de los poetas, 1998; Poetas y presidentes, 1997; La feria del mundo, 1991.