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En portada y aquí, Pedro de Paz, por Mireya de Sagarra.
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Suele suceder, no siempre, que un escritor se pregunte desde dónde lee, desde dónde escribe. Y la respuesta, a estas alturas más vieja que el alpiste, es única: desde otras historias, desde otros libros. Nada de lo que podamos contar no ha sucedido antes, de una u otra manera. Los arquetipos, los sueños recurrentes, los antiguos recuerdos del simio temblando ante el cazador nocturno, el instinto primario, los símbolos comunes de un imaginario colectivo, están allí, informando cada paso que dimos y damos. La diferencia entre un escritor y otro no está en la originalidad del tema, sino en la manera en que lo cuenta. En la biblioteca universal ya alguien escribió la historia que vamos a narrar mañana, dice Jorge Luis Borges, con otras palabras.
Decimos esto porque Pedro de Paz, construye La senda trazada sobre algo así como un pacto con el Diablo, un punto común en todas las culturas, se llame como se llame el ente sobrenatural que ocupa ese rol.
RAÚL ARGEMÍ. ¿Cómo es que te has embarcado en una historia con un tema mítico, como el pacto con el Diablo?
PEDRO DE PAZ. Por casualidad, como suele suceder. Una noche, tomando unas copas con un amigo, surgió la pregunta: ¿Qué harías si pudieras conocer los acontecimientos que van a suceder en el futuro? ¿Cómo cambiaría eso tu vida? Creo que a todos nos atrae la posibilidad de saber qué sucederá, y al mismo tiempo nos atemoriza. Me volví a casa pensando en eso. Y me dije, si el protagonista fuera alguien que depende de la oportunidad, de estar en el momento justo en cierto sitio, ¿qué haría? Entonces pensé en un fotógrafo free-lance, alguien que depende de la oportunidad. ¿En qué cambiaría su vida, qué estaría dispuesto a conceder, a cambio de saber dónde tiene que estar y a qué hora, para tener la foto que nadie puede tener?
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Apunte cámara en mano
Alfonso es un cazador de fotos, y en los últimos tiempos no le va muy bien. Las deudas y los acreedores lo persiguen. Huyendo de ellos entra en una librería y tropieza con un libro. Un libro sin título, escrito a mano, con entradas poco menos que crípticas. El librero, un hombre viejo, se lo vende por sus últimos diez euros, y no tiene otro remedio que llevárselo a su casa. Se siente estafado. En medio del lío que es su vida, descubrirá que el libro cuenta lo que ha sucedido, y lo que va a suceder.
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R.A. Bonito regalo para un tipo que viene en caída libre.
P.P. Alfonso es un hombre mezquino y el descubrimiento de lo que oculta el libro le da la posibilidad de pensar sólo en él y tratar de ser un ganador. No es capaz de un gesto de grandeza. Podría haberlo hecho de otra manera, pero era más rico reflejar nuestro lado más débil.
R.A. Es cierto que como personaje no es para quererlo, ni siquiera tenerle compasión. Me parece una elección poco habitual y desafiante. Un personaje como Alfonso coloca al lector en un sitio que no es fácil, porque no puede evitar cierta identificación con el protagonista y al mismo tiempo lo rechaza. ¿Cuánto de lo nuestro le damos a esos personajes?
P.P. Es curioso el trabajo del escritor. Uno sabe que nuestros personajes se nutren de nosotros, pero cuando un personaje no nos gusta, porque es como no nos querríamos, uno dice, joder, y tiene que admitir: este también soy yo. Se nos escapan perfiles y gestos que están moderados, o reprimidos. Es el descubrimiento de nuestras facetas más ocultas, las que no vemos habitualmente.
R.A. A veces sólo hace falta un chispazo para que las caras ocultas se manifiesten, y digamos que tu personaje se topa con un regalo que es parte de los sueños de cualquiera: conocer el futuro. Ya me gustaría saber qué soy capaz de entregar a cambio de la inmortalidad o saber el futuro. Alguien dijo que todos somos honestos, pero hay que ver quien se resiste a un cañonazo de un millón de dólares, y éste es uno de esos cañonazos.
P.P. Es cierto. A medida que avanzaba en la historia me fui dando cuenta de que todas las pautas morales o éticas en las que creemos ser firmes se pueden hacer pedazos en una situación como ésta. Que la oportunidad, que se nos presente la oportunidad, puede relativizar todo aquello que pensamos de nosotros mismos. La senda trazada es una posibilidad, para mí y para el lector, de colocarnos en esa situación límite. No me planteo estas cosas antes de sentarme a escribir, pero luego la escritura tiene sus propios mecanismos y me vi envuelto en un dilema moral. ¿Tenía que intervenir el fotógrafo para torcer el rumbo de lo anunciado, por ejemplo, para salvar una vida? ¿O estaría allí para tomar las primeras fotos de un muerto, que le darían dinero y lo sacarían de perdedor?
R.A. Esa pregunta se la hace el escritor, pero también se la hace al lector; porque siempre de trata de un diálogo. ¿Cuál es la imagen que tienes de ese interlocutor, del lector que está del otro lado de tus libros?
P.P. Creo que es muy parecido a mí. Que le gustan las historias con intriga y misterio. Al fin de cuentas, cuando estoy escribiendo hago un esfuerzo y me coloco afuera, como lector. Y, como lector, cuestiono lo escrito. A veces ese lector me dice “no me cuentes esto de esta manera, que no soy tonto”, y tengo que cambiar lo escrito.
R.A. Alguna vez te catalogaron como escritor de novela negra, pero tus novelas siempre rayan, aunque sea tangencialmente, lo fantástico. ¿Te molesta el encasillamiento? ¿Te sientes obligado a responder a un rol asignado?
P.P. Como escritor quiero libertad, no quiero que me encasillen. En el cruce con los mitos encuentro un espacio para explorar que posiblemente me lleve a repetir, porque amplía el rango en el que puedo desarrollar los conflictos. No quiero ponerme límites. Y si tiene que haber alguno, que sea el de la verosimilitud. Una historia, suceda dónde suceda, tiene que ser verosímil para el lector. Si lo es, el lector nos acompaña en el juego de narrar una historia, porque el lector es nuestro cómplice, y hasta disimula nuestros errores. Si no logro que sea verosímil… cerrará el libro para hacer otra cosa. Lo mismo que haría yo.
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Apunte cámara en mano
Alfonso traiciona y es traicionado. La muerte ronda por delante de su cámara fotográfica. Y las preguntas: ¿De dónde salió el libro? ¿Quién era el viejo que se lo vendió? Si todo se compra y todo se paga, ¿cuál es el precio que tendrá que pagar cuando llegue el momento? ¿Todo está ya decidido? ¿Hay una senda trazada de antemano?
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Pedro de Paz
ALGAIDA









Hay un viejo refrán de campo: “Los ladrillos se hacen con barro y mierda de vaca”.
Y con los ladrillos se hacen casas y catedrales. Leyendo las reflexiones de muchos escritores pienso que hacen ladrillos con su propio barro y mierda, para construir relatos, cuentos, novelas, casas y catedrales. Me dan envidia los escritores.