Craig Rusell, la semana pasada en Barcelona.
Foto de MIREYA DE SAGARRA
RAÚL ARGEMÍ
Conocí a Craig Russell hace unos años, cuando llegó a Barcelona para presentar su novela Muerte en Hamburgo, publicada por la Rocaeditorial. Era la primera de una serie, protagonizada por Jan Fabel, un comisario mitad alemán, mitad escocés, que se convertiría en un éxito de ventas.
Estos días Craig Russell regresó a Barcelona por la edición, también con Roca, de El beso de Glasgow, la segunda novela de una nueva serie con un protagonista muy distinto al anterior: Lennox, un tipo que sale muy golpeado de la Segunda Guerra Mundial y se convierte en un investigador que trabaja para los dos lados que separa la frontera de la ley.
Pude charlar con él.
Cuando un escritor tiene una serie que funciona muy bien duda mucho antes de deshacerse de ella para buscar otros caminos. Por lo general se convierte en prisionero de su serie, de su protagonista, y repite la fórmula durante años. Usted dejó la serie de Jan Fabel y comenzó una nueva. ¿Qué lo llevó a dar ese paso que pocos hubieran dado? ¿Piensa que una serie al fin se convierte en un chaleco de fuerza?
CR. Exactamente, es eso, un chaleco de fuerza. O un matrimonio mal avenido que se lleva como una condena. Cuando termino un libro tengo que sentir que algo cambió en mí. Si no ha cambiado nada sé que es la hora de cambiar de rumbo. Es que si algo cambia en el escritor, también cambia en el lector; y si esto no sucede ¿Para qué? Estoy muy agradecido a la serie de Jan Fabel, pero ya no me daba lo que yo necesitaba.
¿Puede enumerar las razones del cambio?
CR. Soy un admirador de los clásicos: Hammett, Chandler, Jim Thompson. En sus novelas hay estilo, elegancia, economía de medios, y humor. Quería esos escenarios, un protagonista sin los recursos técnicos de la policía actual, y también recuperar la ironía, el humor sarcástico.
Claro, con un comisario alemán el humor es casi imposible.
CR. (Ríe) Sí, sí… con un alemán no se puede hacer humor, y nosotros, los escoceses, tenemos mucho humor, incluso en las peores situaciones. Por eso me propuse otro protagonista, otra ciudad y otro tiempo histórico. No puedo imaginar a Lennox fuera de la Glasgow de los años 50, en la post guerra. Glasgow es tan protagonista como Lennox.
En eso se nota que no es un escritor inglés. Los ingleses, como Agatha Christie, no han tenido prejuicios para colocar a sus personajes en cualquier ciudad del mundo, aunque apenas la conocieran.
CR. (Sonrisa escocesa) Es cierto. Para los ingleses el escenario es lo de menos. Para mí el escenario, la ciudad, es inseparable de la historia. Jan Fabel en Hamburgo y Lennox en Glasgow. Si pensara en Barcelona ya tendría que tener otro protagonista. ¿Por qué Glasgow y la post guerra? Antes de la guerra era la gran ciudad industrial, la segunda de Gran Bretaña. Con la guerra y la extinción del imperio británico, las cosas cambiaron. Fue una crisis profunda, que alguna gente aún no ha superado, lo que la lleva a vivir del pasado, de los recuerdos de las glorias imperiales. Se sienten superiores y eso dificulta su integración a Europa. Glasgow era una ciudad dura y sucia, tiznada por las chimeneas de las fábricas. Una ciudad con miles de obreros que fuera del trabajo bebían mucho, porque en la industria pesada, en los astilleros, los accidentes y las muertes eran frecuentes. Una vida muy dura atemperada por un humor ácido, negro, el que les permitía burlarse de la caída del imperio y sobrevivir. Y el crimen. Como en toda ciudad portuaria los criminales hacían su negocio y eran un poder real. Un escenario muy próximo a los clásicos.
Allí coloca a Lennox, un tipo que siente que algo muy importante, tal vez la inocencia, se le murió, se la mató la guerra. Un tipo que se ha educado en Canadá y que, cuando la gente de Glasgow piensa en emigrar a Canadá, el hace el camino inverso. Eso nos lleva a un recurso muy rico que usted usa en sus dos protagonistas, el extrañamiento. Jan Fabel, alemán y escocés a medias, es un a medias extranjero. Lo que le permite ver, observar lo que lo rodea con cierta distancia. Lennox, muy canadiense, también mira de afuera el sitio donde le toca vivir. ¿El distanciamiento, el extrañamiento del personaje, esa identidad ajena a los otros, le permite una observación más profunda?
CR. Los escoceses siempre hemos tenido esa mirada, eso de sentirnos ajenos, porque no somos ingleses; pero durante mucho tiempo muchos escoceses se sintieron ingleses. Antes de la Guerra, con el imperio y la prosperidad económica, los escoceses se sentían orgullosamente ingleses. Con el crack posterior volvieron a sentirse escoceses, pero por oposición a lo otro. La prohibición de los toros en Cataluña es, me parece, ese camino de construir una identidad por oposición al otro. Entonces uno es lo que es, pero no sabe qué es. En definitiva, tiene una identidad fracturada, que lo separa de lo que lo rodea y le hace ver lo que los otros no ven.
En la Glasgow de Lennox escoceses e irlandeses se miran con malos ojos y hasta siguen clubes de fútbol distintos. Eso, tal vez en menor medida, sigue vigente. Los seguidores del Celtic se sienten irlandeses y católicos.
CR. Es porque la situación de Escocia sigue sin resolverse. Todavía no sabemos si, alguna vez, seremos otra nación europea, o no. En Irlanda la historia ha sido distinta, y las diferencias tienden a desaparecer. Yo no pretendo juzgar las identidades, pero no puedo dejar de mostrarlas porque están allí, haciendo al entramado de la vida cotidiana. De pronto parece que si un club le gana al otro un partido de fútbol se hubiera hecho una revolución o ganado una guerra. Todo eso en los años 50, con la caída del imperio, estaba muy vivo. En ese mundo se mueve Lennox.
Veo una gran distancia entre la serie de Jan Fabel y la de Lennox. ¿Con esta se siente más comprometido, es más personal? Digo esto porque hacer chistes o críticas a los alemanes de Hamburgo no creo que le importe a los escoceses, pero ahora su personaje los critica a cada rato y lo expone a usted a que alguien le de un par de patadas.
CR. (Ríe abiertamente) Sí, o que me den un beso de Glasgow. (Aclaración necesaria. El beso de Glasgow es un cabezazo por sorpresa, sin aviso, que tritura la cara, la nariz del otro. Y en el Glasgow de Lennox un tipo puede pasar del chiste a la furia demencial, sin tránsito, para meter el cabezazo) Es cierto que me comprometo más, porque lo necesitaba, pero los escoceses tenemos mucho humor, y nos tomamos con risas las críticas, si el que hace la crítica no es inglés. Además la Glasgow de hoy es muy distinta. La suciedad, el hollín tiznando a las paredes y las personas es un recuerdo del pasado.
¿Me equivoco si defino a Jan Fabel como un hombre atado, en tanto policía del sistema, y a Lennox como un hombre libre, que elige su camino asumiendo los riesgos?
CR. No se equivoca. Jan Fabel es un hombre atado, un comisario, y Lennox un hombre libre. La Guerra, que vivió como soldado canadiense enviado a las peores masacres, le mató las ilusiones, las convicciones generales de lo que está bien o está mal. Ve el mundo como un juego de poderes, sin espacio para la piedad, más allá de los discursos morales, y tiene la necesidad de construirse su propia ética. Pero, en el fondo, y eso lo hace muy humano, añora el tiempo en que todavía podía creer en algo, el tiempo de su inocencia, y una parte de él siempre busca un retorno a eso, tal vez imposible.
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EL BESO DE GLASGOW
Craig Rusell









Joder con la identidad. ¿Europa va hacia la unificación o la diáspora? Me tranquiliza pensar que los escoceses tienen los mismos problemas que nosotros. ¿Mal de muchos consuelo de tontos? Tomarlo con humor ayuda a no morir de rabia.
Muchas felicidades por la entrevista. Buenas las preguntas y buenas las respuestas.
Se agradece la valoración, pero, digamos la verdad, siempre es fácil hablar con un tipo inteligente. El gran éxito de un entrevistador sería hacer una buena nota con un imbécil. Bueno, si uno hace crónica “del corazón” se puede. La ventaja estaría en que hay un imbécil en ambas puntas, en el entrevistado y en el que lee.