Demasiado humano

Noemí Sabugal.

 

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Un paso más en la curación: y el espíritu libre se acerca a la vida, lentamente, es cierto, casi de mala gana, casi con desconfianza. De nuevo, todo se vuelve más cálido en torno a él, más dorado, por así decir; sentimiento y simpatía adquieren profundidad, y brisas tibias de toda especie soplan por encima de él. Se encuentran casi como si sus ojos se abriesen por primera vez a las cosas cercanas. Está maravillado y se sienta en silencio: ¿dónde estaba?
F. Nietzsche

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I

El hombre de madera

Pinocho quería ser un niño de verdad, y eso que los niños eran crueles y disfrutaban viendo su cara de terror cuando le acercaban cerillas a los dedos en el recreo. Quería ser un hombre de verdad, a pesar de que éstos eran estúpidos y malvados y nunca estaban satisfechos con nada. Quería ser humano, significara eso lo que significara. Pinocho estaba harto de oír comentarios hirientes, harto de las bromas, del chiste de que estallaría en llamas si se hiciera una paja. Él no quería hacerse una paja, no sabía siquiera que era el deseo, el sexo, la locura aquella que arrastraba a hombres y a mujeres a la euforia o la tristeza. En comparación con eso sus sentimientos eran apenas un cosquilleo. Sí, había sentido pena cuando su padre había muerto, el viejo Gepetto que llevaba años en una residencia, sin acordarse siquiera de su nombre, con los recuerdos fosilizados. Pero una pena que casi no había durado nada, porque Gepetto era viejo y tenía que morir y él lo sabía y todos lo sabían.

De eso habían pasado por lo menos ochenta años, pero él aún era joven, su madera estaba bien, la cuidaba y sentía fluir su savia con fuerza. Parte de esa buena conservación la debía a su trabajo. Pinocho era representante de barnices y ganaba mucho dinero, ésa era la verdad. Merecía la pena ver cómo se le quedaba la cara a los clientes cuando entraba en sus despachos y, tras colocar ante ellos varios botes de barniz, se abría la camisa y se aplicaba la brocha sobre el pecho. Era un truco que nunca fallaba. Además su trabajo le tenía en constante movimiento y eso le gustaba. Los largos viajes en coche por Europa, las fronteras, los aeropuertos, las ciudades desconocidas. En todos los países necesitaban barniz y él quería viajar a todos ellos.

También disfrutaba las pocas semanas que estaba en casa. Entonces se pasaba los días viendo las películas más tristes que lograba encontrar, o las más divertidas, intentando despertar algo en su interior, un estremecimiento. Pero nada, apenas nada. Lo más parecido al placer que podía sentir era llenar la bañera de agua y quedarse sumergido en ella durante horas. Entonces su madera se expandía, se hinchaba agradablemente, y él pensaba que algo parecido debía de ser estar con una mujer, porque también el sexo se agrandaba y se llenaba de sangre, igual que su cuerpo se llenaba de agua, y eso le producía una sensación de relajación y a la vez de urgencia que le encantaba. Lo hacía pocas veces porque la madera sufría. Después, cuando se secaba, sólo le quedaba una sensación de vacío y unas cuantas grietas que se aplicaba en curar con los mejores barnices del mercado.

Esa temporada el trabajo había ido muy bien y además en una semana se iba a Marrakech durante unos días. Era un sitio que le gustaba y en el que ya había estado otras veces, Pinocho prefería los países cálidos. Tenía una cita con un importante cliente que poseía varias cadenas de bricolaje por todo Estados Unidos. Un tipo forrado que vivía en Marrakech por puro capricho, y también por dar rienda suelta a los muchos vicios que en Iowa no verían demasiado bien. Si le convencía, su empresa tendría un contrato de varios millones al año y durante muchos años.

—Hombre, Pinocho, pasa –le dijo Hernández mientras ponía una mano sudorosa sobre su espalda.

Le conocía desde pequeño, cuando no era más que un renacuajo gordinflón que corría por la oficina buscando un caramelo chupado en las papeleras. Su padre, Graciano, movía la cabeza al verle, quizás adivinando que lo que había tardado él en levantar veinte años lo tiraría aquel imbécil en tres. Y camino iba de ello, si no fuera por Pinocho, de ahí la mano en la espalda y la sonrisa complaciente y la recepción en la puerta.

—Adelante, siéntate –sugirió Hernández, y le acercó una silla.

Pinocho miró con reparos el asiento, pero finalmente se dejó caer en él. Aún así evitó poner las manos sobre la madera de los reposabrazos. En su casa todos los muebles eran de plástico.

—Ya sabes por qué te he hecho venir. No hace falta que te diga que el trato con Richardson nos puede salvar el año. De hecho, nos puede salvar el cuello.

Hernández encendió un puro y Pinocho miró la brasa de la punta como si viera a su peor enemigo.

—Las cosas no están bien, con esta maldita crisis, y necesitamos ese contrato –Hernández echó una bola de humo hacia la cara de Pinocho y éste se contuvo para no gritar–. El tal Richardson – continuó– debe de ser un pájaro de cuidado, pero de los que tienen los huevos de oro, así que inténtalo todo. Haz lo que sea, ¿entendido?

Hernández mordisqueaba el puro como si se tratara de un chicle, moviéndolo de un lado a otro de la boca. Pinocho sólo quería salir de allí.

—Entendido, lo que sea –dijo.

—Sí, sí, eso es –recalcó Hernández, y abrió uno de los cajones de la mesa–. Toma, ahí tienes varios modelos de contrato y toda la documentación.

—De acuerdo –dijo Pinocho, y se levantó.

— ¿Ya te vas? –inquirió Hernández, decepcionado–. Creí que podríamos comer juntos.

A aquel idiota ni siquiera se le había ocurrido que no tenía estómago.

—Tal vez otro día –mintió Pinocho.

Hernández se levantó y le acompañó a la puerta. No le dio la mano, bien sabía Pinocho que le repugnaba. Todavía no había superado el miedo que le profesaba de niño, cuando sufría pesadillas con aquel hombre de madera que trabajaba con papá.

—Bueno, pues cuando vuelvas pasas y me informas –dijo.

—Por supuesto –respondió Pinocho, cerrándole la puerta en las narices.

En la oficina había poca gente, apenas unos seis tipos y la secretaria de la puerta.

—Trae cara de palo –bromeó uno.

— ¡Shh, que te va a oír! Tú por si acaso toca madera –susurró otro.

—Para mí que tiene prisa por irse al baño a plantar un pino –rió un tercero.

Pinocho les dejó atrás lo más rápido que pudo y se dirigió a la salida. Allí la secretaria le entregó los billetes para el viaje.

—Que tenga un buen vuelo, se… señor Pinocho –dijo ella, sin poder disimular su curiosidad ni dejar de mirarle como si acabara de llegar de Marte. Desde luego, cada vez las cogían más tontas y con las tetas más grandes.

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DEMASIADO HUMANO

Noemí Sabugal

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Vida

Nacida en Santa Lucía de Gordón, León, en 1979, Noemí G. Sabugal es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. Ha trabajado para distintos medios de comunicación como el diario El Mundo, El Mundo-La Crónica de León y Diario de León, el semanario Interviú y los servicios informativos de la cadena Ser. En 2005 su labor fue reconocida con el Premio de Periodismo de Castilla y León Francisco de Cossío, modalidad de prensa, por el reportaje 'De cruce de caminos a cruce de culturas', sobre la inmigración en el barrio leonés del Crucero. “El asesinato de Sócrates”, su primera novela, resultó finalista de la XI edición del Premio de Novela Fernando Quiñones en 2009. Fue publicada por Alianza Editorial en marzo de 2010 y elegida por el Ministerio de Cultura para representar a España en el Festival de Primera Novela de Budapest en abril de 2011.

Obra

El asesinato de Sócrates (2010)


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