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Juan Pedro Quiñonero.
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Tras una noche de intranquilos sueños, se despertaba sobresaltado para caer en el mar sin fondo del dolor y la incertidumbre, cuando los claros del día tocaban sus ojos con el albo matinal. Y se asía sin esperanza a la rama cortada de la fugitiva voluptuosidad que se alejaba vertiginosamente, para intentar preservar –por unos instantes– los últimos reverberos de la impenetrable oscuridad estrellada donde había sido abandonado. La luz desvanecería muy pronto las últimas brumas nocturnas. Al abrir los ojos volvería a apagarse la linterna mágica donde moraban los seres invisibles cuya gracia –llegada su hora– quizá le fuera indispensable para vestir el paisaje con todos los colores del arco iris.
La claridad matinal cubría con el lienzo ámbar de su evidencia inmediata los cuerpos sin vida material de unas figuras de nuevo ausentes, aunque tan visibles para su atribulado corazón, alanceado por el tropel de los recuerdos, anhelos y pasiones que lo perseguirían sin cesar, a toda hora, tocando cuanto miraban sus ojos con la delicada pátina transparente de las cosas de la ilusión. La luz broncínea que pondría fin a las postreras sombras llegaba con la premura de una profecía cumplida. Algunos días de primavera, la blancura radiante del horizonte –donde se recortaba el nítido contorno del campanario de una iglesia, diminuta en su lejanía– daba al azul añil del cielo el sereno fulgor de una armoniosa arquitectura celeste. La paleta sinfónica de los verdes del campo florido proclamaba en todo su esplendor la promesa de los frutos terrenales. La vereda que bordeaba un espejeante curso de agua dibujaba los contornos de un camino por donde no tardarían en entrar en escena los primeros actores del drama, empujados hasta el proscenio de su conciencia por una fuerza ciega, fatal. Aunque no llegaba nunca el único ser cuya ausencia daba a su mirada la tristeza insondable de los hombres conducidos al sacrificio.
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Esther Turiel no podía visitar a su hijo todas las semanas. Y Marc ya comprendía que tal ausencia obedecía a imperiosas razones, quizá incluso anteriores a su nacimiento, catorce años atrás, en la clínica Rothschild de la rue Santerre, en cuya maternidad daban a luz muchas madres judías emigradas, solteras, de modestos recursos, atraídas por las lentejuelas de la gran ciudad, París, donde esperaban salvarse del infierno cierto del que ellas huían.
Años antes de ingresarlo en el internado mixto de Notre Dame-des-Champs –en Fleury-sur-Loing, entre Fontainebleau y Orleans, un minúsculo nudo ferroviario muy próximo a la encrucijada por donde corrían los grandes expresos europeos, entre París-Nemours-Lyon-Ginebra y Beaune-la-Rolande-Drancy-Auschwitz–, Esther había prometido a su hijo que un día conocería a su padre. Pero las burlas feroces de algunos internos mayores, en momentos muy escogidos, ya habían agravado vertiginosamente las dudas que se perdían en el dédalo de su primerísima infancia, cuando su madre lo recogía cada tarde de una guardería municipal del distrito XVIII, acompañada ocasionalmente de señores muy obsequiosos que no siempre dormían en su casa (una habitación de alquiler con cocina y herrumbroso balcón, en un quinto piso sin ascensor de la rue Ordener, con vistas a la estación de mercancías de la Porte de la Chapelle), cuyos modales y volátil deferencia afectada hacia un niño de tan corta edad no correspondían exactamente al calor, la seguridad y serenidad que se presumen a un padre de familia. Aunque, al fin solos, Esther metía a su hijo en la estrecha cama única de aquel hogar muy provisional, para darle mucho cariño, mucho calor, contándole cuentos de cuando ella fue una niña, como él, y soñaba con llegar a ser una estrella de cine.
Esa incierta ruta era para Marc un tesoro mucho más precioso que los regalos recibidos de algunos compañeros nocturnos de su madre, quien, incluso antes de abandonarlo en el internado –forzada por las circunstancias–, no siempre pudo dormirlo en sus brazos, para su desesperación, atormentada por la ausencia de un hogar que no podía ofrecer a su hijo, insensible desde muy temprano a los muñecos de peluche, caballos de cartón, espadas de madera, balones y disfraces de mosquetero con los que creían poder comprar su obligado silencio quienes quizá entretenían a Esther Turiel con dinero. Sin que ese pedregoso calvario infantil consiguiera apartarlo del camino solitario que compartía con su madre como un tesoro secreto: todos los sacrificios, sufrimientos, incluso la separación (a la que fue preparado muy pronto, para intentar salvarlo cuando llegase el momento fatal), tendrían fin cuando alcanzasen su tierra prometida, tan bella como los grandes hoteles de Monte Carlo, las cornisas de la Riviera o las piscinas californianas que ilustraban las revistas de moda donde ella lo enseñaba a leer, hablándole de la fortuna que los esperaba, tan luminosa como aquellas imágenes publicitarias.
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Las revistas de moda donde ella lo enseñaba a leer,
hablándole de la fortuna que los esperaba,
tan luminosa como aquellas imágenes publicitarias.
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En la forzosa austeridad disciplinaria del internado de Fleury-sur-Loing, el recuerdo vivísimo de ciertas fotografías de moda, alta costura y lujo imaginario (al que había sido iniciado por su madre, lectora voraz de publicaciones como Vogue, Chic parisien o Luxe, Mode et Volupté, abriéndole las puertas de ciertos paraísos artificiales, por unas monedas), le permitía cultivar con mucho celo un inmenso espacio invisible y desconocido para el resto de los mortales, hacia donde él se dirigía con mucho sigilo cada noche, desde su litera, una vez apagadas las luces del dormitorio colectivo, cuando cerraba los ojos y se encendía automáticamente la linterna mágica de su conciencia.
Aunque aún no podía saberlo, para iniciarse y cultivar las artes de la iluminación, la composición y la captura de imágenes, le serían muy útiles varios ejemplares atrasados de la revista Vu que pudo comprar en un mercadillo de ropa usada de Bellegarde, durante una de sus primeras salidas dominicales, en grupo, que duraron muy poco tiempo, hasta ser suprimidas por la Kommandantur, para castigar la evasión de dos internos mayores que solo tardaron doce horas en caer, como conejos atrapados con un cepo, cuando creían estar cerca de la estación de Nemours, donde habían esperado ocultarse en un tren que los condujese a Ginebra. Marc conocía de vista a los huidos sin retorno (de quienes se dijo que habían sido conducidos a un campo de Pithiviers, a la espera de su destino final, en Dachau), pero ellos no pertenecían al minúsculo grupito de sus allegados. Los protagonistas de la huida fallida formaban parte de una cierta élite desarraigada que miraba con hostilidad apenas contenida a los internos que recibían visitas de vago relumbrón y podían guardar en sus taquillas metálicas revistas atrasadas, cuya posesión habría sido un delito para otros. Aunque su tratase de publicaciones de casi diez años atrás, consagradas a glosar los encantamientos de la moda.
En su infortunio, Marc creía gozar de unos privilegios ligados de alguna manera a la condición aristocrática de sus ilusiones. Cada mañana, a las seis, comenzaba una dura jornada de severísimos horarios, cumplidos a ritmo de silbato marcial, entre los lavabos, la capilla, el refectorio, la sala de clase y el patio de recreo, colindante con el edificio regido por las hermanas de Saint-Vincent-de-Paul, responsables del internado femenino, donde las pupilas recibían una formación que culminaba con un certificado escolar o un diploma de aptitudes domésticas, con el que se ponía fin –para las más afortunadas– a su transitoria residencia carcelaria en aquel adusto edificio en piedra tallada, sin otro contacto con el pálido azul del cielo que las ventanas de los dormitorios y el claustro empedrado donde Marc escuchaba el eco del griterío de los chiquillos, confundiéndolo en ocasiones con la llegada de las golondrinas, en primavera.
A pesar de compartir dos alas de una antigua leprosería, u hospital de beneficencia, construido a finales del siglo XVIII, los pupilos de ambos sexos del internado de Fleury-sur-Loing solo se cruzaban de lejos los días de paseo; aunque la valla de alambres de espino que separaba los patios de recreo permitía intercambiar mensajes a diario, pasar noticias, mantener diálogos furtivos, a la espera de acontecimientos inesperados, que nadie podía saber si serían felices o fatales, puesto que la suerte de cada interno dependía de circunstancias tan oscuras como el origen último de la entrada en aquella colonia penitenciaria, maquillada con huidizos afeites pedagógicos, o presuntamente tales. Marc sabía por su madre que su estancia en el internado era «muy provisional», como le dijo en el taxi el día de la despedida, conteniendo sus lágrimas, para que no se corriese el rímel. Él siempre tenía lista su maleta de cartón; presto a huir, para seguirla y escapar en cualquier momento. Aunque con el tiempo, tras la patética euforia de las primeras cartas –semanales, durante el primer trimestre–, la provisionalidad de la llegada se transformó en una espera sin objeto ni fin razonable; ya que la aérea caligrafía materna no podía aclarar ninguna duda, trabando sus espejismos. Y las visitas pronto comenzaron a espaciarse indefinidamente, para multiplicar con infinitos arabescos las preguntas sin respuesta. Esther llegaba en taxi hasta la entrada neoclásica del edificio principal del internado. Sus tacones de charol negro, sus medias de cristal, sus trajes de chaqueta, sus camisas de seda, el rouge de sus labios, iluminaban la sala de visitas donde los internos podían recibir a sus familiares una vez por semana, incluso compartir con ellos algún ligero refrigerio, sentados en una mesa de madera desnuda, donde unos padres endomingados o una madre soltera prolongaban indefinidamente su agonía. Tras consumir una menthe à l’eau, mademoiselle Lili Fontaine –el nombre artístico de la madre de Marc Turiel– debía partir, muy pronto; ya que el taxi era carísimo, tenía una cita en París y la noche caía muy temprano.
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Con frecuencia, la llegada o salida de algunos internos, incluso las arrugas o el almidón de la indumentaria de algunos acompañantes, los días de visita, puntuaban la monotonía abismal de los horarios con rumores, noticias, presunciones, sospechas llamadas a establecer una cierta comunicación, fatal, entre la marcha inexorable de la historia de los pueblos europeos caminando hacia el abismo y la asfixiante vida agonal que proseguía su incierto curso perdida por los pasillos de aquel laberinto de piedra.
Pierre Gregnier (13 años, menudo, nervioso, miope, hijo único) fue apaleado y abandonado como un pelele en lágrimas, sangrando por las narices, las gafas rotas y sus cristales pisoteados, caído en la esquina de un pasillo, entre los lavabos y la escalera de servicio que conducía a los pisos superiores, culpable de ser el hijo de una mujer joven, esbelta, sin aparentes escrúpulos, que se había presentado en la sala de visitas acompañada de un oficial de la Wehrmacht –en lustroso uniforme de calle, las botas brillantes, los galones dorados, fumando en boquilla de ámbar– cuyos elegantes saludos, inclinando la cabeza ante las señoras, solo acentuaron el miedo del resto de los visitantes anónimos. Pierre Gregnier hubiera preferido sufrir heridas mucho más graves, para quedarse indefinidamente en la enfermería, lejos del infierno del patio de recreo. Pero nadie podía escapar a su destino; y su sonrisa de niño amedrentado, con ojeras insondables, escuálido, labios morados, la ceja izquierda cubierta con esparadrapo, pronto lo convertirían en una víctima propiciatoria, obligado a volver entre sus torvos condiscípulos, dispuesto a sacrificarse con el más fútil motivo, para expiar una culpa contraída con el nacimiento que debía precipitarlo en un viaje sin retorno.
Año y medio mayor, Marc había llegado al internado mucho antes. Y su experiencia, su conocimiento de las leyes no escritas pero vigentes con crueldad entre los pupilos curtidos en la supervivencia en aquella cárcel, permitieron a Pierre evitar sucesivas trampas que pudieron ser su perdición, aplazando su caída en un infierno sin salida. Pero juntos intuyeron muy pronto una complicidad íntima; porque ambos usaban el mismo lenguaje educado, cariñoso, sensible, para hablar de las jovencitas cuyos juegos atraían sus pasos hacia lo desconocido –como las plantas florecen, retoñan y crecen en busca de la luz–, perdidos en el dédalo de dos patios de recreo separados por una verja de alambre de espino. Marc y Pierre sentían el mismo espanto hacia el lenguaje grosero con el que los internos mayores profanaban de palabra el cuerpo virgen de las niñas en flor. Sin confesarlo, sin saber hasta dónde se hundía tal herida incurable, tanto el uno como el otro sufrían escuchando las obscenidades dirigidas a media voz hacia aquellas chiquillas. La delicadísima naturaleza de su sistema nervioso recibía tales procacidades desvergonzadas como si se tratase de violentísimas agresiones proferidas por el populacho desalmado contra una madre indefensa, desnuda.
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Aurore de Montbessier había contraído matrimonio muy joven con un amigo de sus padres, brillantísimo profesor de filosofía, Henri Gregnier –lejanamente emparentado con Emmanuel Berl y Bergson, a través de la rama alsaciana de su familia materna–, por cuyo salón parisino, no lejos de la Place de l’Étoile, descendiendo hacia la perspectiva del Trocadero, desfilaron grandes personalidades de su tiempo, inquietas por el vertiginoso abismo que comenzaba a abrirse a sus pies. Pero la diferencia de edad se transformó pronto en un dogal de diamantes, tan precioso para la vida del espíritu como insoportable para una mujer sedienta de gloria fácil y mucho más inmediata, atraída por el fasto de opereta que estaba a su alcance desde el lecho adúltero de un aristócrata venido a menos, Leopold de Montbessier; quién no tardó en abrir su hotel particular de la rue de Bellechasse a los oficiales del ejército de ocupación, tras el desfile triunfal de la Wehrmacht por los Campos Elíseos, ofreciendo a su flamante concubina, separada con desenvoltura de su primer esposo (padre de un hijo de corta edad, que terminaría recluido con urgencia en un internado), la oportunidad de brillar con joyas prestadas en las recepciones donde intentaban medrar o sobrevivir brillantes autores de teatro de bulevar, cantantes de cabaret, altos funcionarios, publicistas de la decadencia, actores y actrices que alternaban en Maxim’s con las autoridades civiles y militares del nuevo régimen, brindando con champagne por el éxito de las películas, la música y el arte no degenerado que triunfaba con sus candelillas de fuego fatuo en los saraos más selectos.
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Desembarazándose de su hijo, alojado apresuradamente en una institución «pedagógica», Aurore pudo huir, gracias a un Ausweis facilitado por los amigos alemanes de su amante.
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Desembarazándose de su hijo, alojado apresuradamente en una institución «pedagógica», Aurore pudo huir, gracias a un Ausweis facilitado por los amigos alemanes de su amante; pero las traiciones de su querido Leopold y el señuelo de un título nobiliario –aunque fuese perfectamente inútil y quizá peligroso, por los tiempos que corrían– solo cegaban su descarriado criterio, fingiendo una despreocupación a todas luces suicida y aceptando la compañía galante de algunos oficiales de alta graduación que transitaban por las oficinas donde Montbessier había sido nombrado embajador de Vichy en el París ocupado. Cuando el desembarco aliado en Normandía precipitó la huida hacia Sigmaringen de la colonia de colaboradores que solo podían esperar la horca o el pelotón de ejecución, en su patria, traicionada, Aurore cometió el último y más funesto error de su vida: aceptó un apresurado matrimonio de conveniencia con el que su amante creía poder «normalizar» su precaria situación y ella había especulado, desde mucho antes, confundiendo el cumplimiento de un sueño anhelado con su precipitación inmediata en el Averno del destierro, la persecución y el martirio.
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Las esperadas virtudes salvíficas de su segundo matrimonio (eliminando el Gregnier de sus primeras nupcias, «israelita» o «sucio judío», según los interlocutores; sustituido por un Montbessier cuya antigua nobleza bretona quedó para siempre empañada con el lodo ensangrentado de la colaboración) no llegaron nunca al internado mixto de Notre Dame-des-Champs, donde Pierre Gregnier comenzó por ser supliciado, como represalia por las visitas de su madre en galante compañía; antes de recibir de oficio una estrella amarilla cosida en el pecho, a la altura del corazón, recordándole los orígenes de su apellido paterno y anunciándole el camino que tomaría el tren donde él y otro largo millar de niños fueron conducidos, en fila, cada uno con su maleta en la mano, escoltados por hombres en armas hasta la furgoneta policial que debía trasladarlos al andén de la estación de ferrocarril de Beaune-la-Rolande, a donde no volverían nunca, jamás.
Ni Pierre Gregnier ni sus compañeros de viaje conocían el destino último de la línea ferroviaria Beaune-Drancy-Auschwitz. Pero todos intuían un trayecto muy oscuro, largo, doloroso. Ignorando el destino final de algunos internos de Fleury, y callando sus lágrimas con desenvoltura, Aurore de Montbessier todavía tuvo tiempo de escribir a su hijo querido una larga carta, anunciándole en una sola misiva manuscrita el suicidio de su padre, su nuevo matrimonio, los blasones del apellido que los salvaría a ambos y el viaje de bodas (al castillo de Sigmaringen), que ella presentaba como el principio de una nueva vida, cuando la emigración forzosa les permitiera reunirse con su nueva familia. Aquella carta se perdió antes de alcanzar a su destinatario, cuya estrella amarilla lo había obligado a intimar con otros niños y adolescentes tocados por el mismo honor, descubriendo repentinamente que pertenecían a una misma estirpe, unida por el infortunio, prestos a partir, mañana, tras haberse desprendido de los menudos tesoros que era aconsejable abandonar –así se lo comunicó con voz átona el director del internado–, para hacer más ligero un viaje muy largo.
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Con el tiempo, terminarían confundiéndose el brillo de tales tesoros y el nombre de quienes fueron expulsados de aquel oscuro paraíso, olvidados los daguerrotipos de unos y otros en la misma hornacina polvorienta del tiempo pasado.
Para Marc, la carta manuscrita que le confió el primero de sus camaradas de infortunio, Arthur Blondin, despidiéndose con mucho pudor de su madre y de sus hermanas, siempre sería indisociable de la fotografía en blanco y negro de dos chiquillas con trenzas y abrigo gris perla, jerséis rosa y azul celeste, calcetines blancos muy cortos, que miraban con ojos de peces muertos al objetivo de un fotógrafo especializado en bodas, banquetes y bautizos. Pero no pudo cumplir la promesa de entregar la carta a sus destinatarias, que habían desaparecido de la dirección donde intentó encontrarlas, en un pasaje de la rue Didot, cuando acabó la guerra. Pierre Gregnier no solo le confió la joya de un ejemplar de Vogue que tantas veces habían ojeado juntos, maravillados ante aquella colección de piedras preciosas, inmortalizadas en papel cuché: le entregó con mucha solemnidad una Leica III que solo un militar alemán amigo de su madre pudo regalarle, con un inútil gesto caballeresco; ya que un chiquillo como él no podía apreciar el valor incalculable de tal prodigio técnico, inservible para nadie que no frecuentase el mercado negro, en un internado donde era impensable comprar película fotográfica.
Marc tardaría mucho tiempo en comprender el valor de aquel talismán, que guardó con celo fraternal en su taquilla metálica, envuelto cuidadosamente con un pañuelo depositado en una caja de cartón. Tesoro que solo se atrevía a contemplar en la oscuridad, maravillado, ya bien entrada la noche, emboscado en su litera de aquella colonia penitenciaria, donde nadie entraba o salía por voluntad propia (sino era obligado a partir en una furgoneta de la Gendarmería, escoltada por motoristas de la Gestapo, con destino desconocido), consagrado al estudio casi entomológico de las líneas, el objetivo, el visor, el ruido delicadísimo del obturador anunciando la consumación de un misterio: la captura de una imagen instantánea, única… revelación de seres ausentes, perdidos, difuntos, convertidos a través de la química fotográfica en ejemplares únicos de una caza de mariposas catalogadas con alfileres en un álbum precioso, donde el polvo del tiempo no podría empañar nunca la llegada triunfal de una mujer muy bella a la Avenue du Bois, acompañada por dos perros afganos; o la escultural espalda desnuda de una modelo en camisa de seda, caída, apenas tocada con unas gotas de perfume embriagador; o la luz de un farol iluminando el empedrado de una calle desierta, tras una noche lluviosa, en el instante en que alguien huye ocultándose entre las sombras, para perderse en la jungla del asfalto…
Imágenes que la titubeante luz del día pronto volverían a velar, porque solo eran paisajes de ilusión, iluminados con luz artificial.
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Imágenes que la titubeante luz del día pronto volvería a velar,
porque solo eran paisajes de ilusión, iluminados con luz artificial.
Marc creyó durante algunos años, idos a una velocidad vertiginosa, sonámbula, que nadie conocía su secreto compartido con Pierre Gregnier. Hasta que, ya concluida la guerra, el antiguo director del internado de Fleury-sur-Loing, Jules Stabowiz, le descubrió la verdad sobre ciertos favoritismos que pudieron permitir la ocultación de revistas ilustradas, regalos familiares, o una máquina fotográfica, que un celador menos escrupuloso habría podido confiscar en beneficio propio con mucha facilidad. Stabowiz era el tardío hijo único de una pareja de emigrantes polacos que solo pudieron redimirse a través del trabajo, la disciplina, la humillación y la derrota. Su padre fue un hombre de hierro, que consiguió aplazar la suerte final de los suyos. Su madre –viuda muy joven, tras la desaparición de su esposo en oscuras circunstancias– sobrevivió para estar a su lado, durante su interminable calvario. Porque Jules era frágil, sensible y había soñado con una carrera de cantante de variedades, que solo pudo comenzar tras su jubilación voluntaria, muy prematura, cuando, en la inmediata posguerra, liberado del suplicio de su condición de funcionario disciplinado, fiel a la memoria de un padre autoritario, decidió debutar como crooner avejentado en un cabaret de travestís de la rue Blanche, cerca de Pigalle. Aureolado de una incipiente fama, Stabo –como lo llamaban con cierta maldad los internos de Notre Dame-des-Champs– creyó estar ante una nueva oportunidad cuando leyó en Paris-Varietés el diminuto anuncio de una audición de actores que debía celebrarse dos días más tarde en los estudios cinematográficos de la rue Janner. Allí se cruzó con él Marc Turiel haciendo cola, muy maquillado, peinado con brillantina, luciendo un bigotito de ajado galán hollywoodiense, fular de seda malva y abrigo sepia. Marc no lo habría reconocido; pero el antiguo director del internado mixto de Fleury-sur-Loing le hizo un gesto tan llamativo, tras su careta de momia maquillada de sí mismo, que comprendió repentinamente que la mano febril que tocaba su hombro con descarada familiaridad salía de una tumba para pedir justicia.
Mientras tomaron un café en el bistrot de la esquina, Stabo reconoció con una brizna de orgullo la Leica III con la que uno de los internos a los que él había protegido comenzaba a abrirse paso en la vida, ejerciendo como fotógrafo profesional en un estudio cinematográfico. Él había salvado aquel juguete precioso de las garras de un vigilante nocturno mucho menos escrupuloso. Había intuido el pacto de honor y amistad que unió a Marc y Pierre Gregnier, cuya estrella amarilla ambos habían intentado volver a encontrar, tanteando a ciegas en la noche oscura de la inmediata posguerra, sin conseguir otra cosa que perseguir –sin llegar a comprender su significado– algunas briznas de confusos rastros de seres desaparecidos para siempre de la faz de la tierra.
Stabo tomó la decisión más heroica de su vida cuando ya era muy tarde. Se instaló con su madre, dos gatos y una tortuguita en un piso de la rue de Martyrs. Y seis noches por semana se liberaba de toda su vida pasada, inmolada en el altar vacío del orden y la sumisión, disfrazado con impúdica corsetería femenina, en colores chillones, luciendo con descaro una peluca de rubia oxigenada que se arrancaba con alegría obscena al dejar caer una ridícula braguita negra, en el momento álgido de un número muy atrevido, ejerciendo como estrella invitada en un cabaret canalla. Él, que había dirigido durante cuatro años un internado de niños y adolescentes con dificultades familiares, nunca fue tan feliz como cuando pudo abrir su corazón a un antiguo enfant cheri reencontrado por azar, ignorante hasta entonces de los privilegios que fueron los suyos, ya convertido en un hombre joven, en la flor de la edad, atribulado, confuso, que no sabía como ayudar a una loca envejecida, aferrándose a su hombro como un náufrago desesperado. Marc conocía a una mecanógrafa que quizá podría hacer avanzar su audición. Y era una evidencia que destacó sin dificultad entre los actores anónimos que intentaban conseguir un papel de barman o confidente de la policía en una película que se iba a llamar Deux hommes dans Manhattan. Aunque no era nada seguro que un fotógrafo de estudio pudiera vencer la posible resistencia de la directora de producción, Florence Melville. Por el contrario, Marc prometió pasar una noche por Le Narcisse, para tomar una copa, sin prisa, después del espectáculo, para recordar juntos los años de juventud y adolescencia idas.
Marc todavía volvió a cruzarse con el viejo Stabo, pocos años más tarde. Pero los estudios de cine de la rue Jenner –donde se filmaron varias obras maestras, como Le Samouraï, L’Armée des ombres, o Le Cercle rouge– desaparecieron víctimas de un incendio fáustico, sin que el uno ni el otro encontrasen allí las piedras preciosas que iban buscando. Y estaban escondidas en otro lugar. Marc siguió su camino, sin mirar nunca hacia atrás; aunque su encuentro accidental con Jules Stabowiz volvió a plantearle un problema técnico, moral, que no había podido zanjar durante sus interminables noches de insomnio, a las puertas de la adolescencia, emboscado en su litera de la colonia penitenciaria de Notre Dame-des-Champs. Por aquellos años, el objetivo de 50 mm. de su Leica III solo le permitía captar primeros planos de seres queridos que iban y venían sin destino conocido, antes de perderse en la oscuridad sin retorno, en la tumba donde yacían, quizá, los restos de aquellas sombras errantes en la linterna mágica de su ilusión. Incluso había podido fijar con precisión la panorámica inmensa de los campos de cereales que se contemplaban desde la ventana enrejada de su celda –sin poder alcanzar la silueta de una diminuta iglesia, perdida en la lejanía del horizonte–, ilustrando la armoniosa arquitectura celeste de la creación. Pero aún no poseía los objetivos ni la película que hubieran sido necesarios para captar el movimiento fatal de la vida, mientras contemplaba el paisaje familiar de los antiguos barracones de los campos de concentración de apátridas, desterrados, prófugos, perseguidos, familias y niños judíos –en las afueras de Pithiviers y Beaune-la-Rolande–, convertidos, con el paso del tiempo, cuando creyera despertarse de una pesadilla atroz, en hangares de aperos y máquinas construidas en serie para la explotación industrial de la tierra, nutrida con abonos transportados en vagones de ganado marcados con estrellas amarillo mostaza.
El niño que fue aprendió a crecer en soledad, escrutando el peligro detrás de los ruidos, las luces, las idas y venidas de automóviles que llevaban a seres humanos esposados, cuyo destino intentaba imaginar, emboscado en la oscuridad de su lecho solitario, lobo herido desde la infancia. Condenado desde entonces a errar entre las sombras de la jungla nocturna, acechando, persiguiendo y desnudando a sus víctimas con la limpieza cruel de los paparazzi que frecuentaría muchos años más tarde, insensibles a la tarea nocturna de inmortalizar el cuerpo de una muñeca con ojos de vidrio, instalada en el escaparate de una tienda de gran lujo artificial, para vender su cuerpo a los transeúntes, por unas monedas, con las que comprarse un alma y unas medias de cristal.
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DARK LADY. Historia de una resurrección gloriosa
Juan Pedro Quiñonero
ESPUELA DE PLATA







