Constanza Barbazul

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María Zaragoza.

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Para el hombre carece de importancia la postura incómoda. Incluso la mordaza que le ocupa toda la boca es un detalle desagradable pero secundario. Ni siquiera su desnudez, en esa posición sumisa, le es primordial. Lo que de verdad le preocupa es lo que vendrá después. Imaginar el dolor puede llegar a ser peor que el dolor en sí. Y sabe que dolerá. Ha visto los resultados y lo primero que pensó al verlos fue: «eso tiene que doler».

La luz es azul. Azul como el pelo de Constanza. Azul como la tristeza. No en vano en inglés la tristeza y ese color tienen el mismo nombre. Es conmovedora la luz azul que irradia el cristal que muestra la parte baja del lago, sus profundidades ocultas, los peces que habitan en él. Las arraigadas raíces de metal pintado de verde de los nenúfares que flotan, a la vista de cualquiera, en la superficie de aquel lugar que parece calmo. Que parece un cuadro de Monet. Y sin embargo, el hombre sabe demasiado bien que lo único calmo son los peces. O quizá el cristal que separa los dos horrores: el que va a desarrollarse allí dentro y el que ocurre fuera, sin que nadie se percate.

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El hombre se llama Pedro, y hace seis meses conoció al amor de su vida en un parque. Ella estaba sentada en un banco amarillo, agachada sobre un bloc de dibujo, y era lo más bonito que Pedro había visto en su vida. Pálida como la luz una noche de luna llena, sus contornos parecían borrarse y volver a redibujarse ante sus ojos todo el tiempo. Su rostro era sereno y hermoso, de grandes ojos negros y espesas pestañas del mismo color. Su pelo era tan oscuro que azuleaba cuando los rayos del sol lo acariciaban, de tal forma que allí, mientras permanecía sentada en un banco amarillo bajo los árboles, parecía tan azul como su vestido de terciopelo. Cree que, hipnotizado por la visión de aquella belleza inverosímil, se acercó a decir algo estúpido y ella sonrió mostrando todos aquellos dientes blancos y perfectos. Pedro tuvo una imagen que casi hace que se ría también ahora.

—Como si se hubiera tragado un enorme collar de perlas, de esos de varias vueltas que se llevaban en los años veinte.

— ¿Te dijo su nombre? –Preguntó después su hermana.

—Constanza.

— ¿Constanza? ¿La condesa de Barbazul?

— ¿Cómo? ¿La conoces?

— ¿Es que no ves la tele? Por Dios, Pedro.

—No mucho, la verdad.

Pilar se acomodó en el sofá y jugueteó con el mechero.

—Bueno, pues tu princesa es la dueña de todas esas tierras que hay en el este, del parque, del palacio de las afueras, de las caballerizas, del valle. Su padre era el conde de Barbazul, que desapareció cuando Constanza tenía dieciséis años. Nunca se supo qué fue de él. Y como era viudo, la hija heredó todo el condesado. Dicen que también heredó un tornillo flojo en la cabeza, porque todos los condes de Barbazul lo tuvieron.

—Vaya, me vas a contar una historia de nobles tarados…

—No me invento nada. Cuando entré en la poli me fascinó la historia de la familia, no sólo por la desaparición del conde, ni porque estuvieran cada dos por tres en los programas del corazón, sino porque dos de sus antepasados fueron conocidos asesinos en serie. Un bisabuelo del conde fue acusado por su propia esposa de secuestrar y matar niños de la comarca. Y el padre de este se casó hasta diez veces. Dicen que mataba a sus mujeres y las guardaba en un almacén, perfectamente vestidas, con los ojos cerrados y un cuchillo enorme saliéndoles del pecho. De alguna manera que en su momento no pudieron averiguar, conseguía que los cuerpos se mantuviesen incorruptos.

»Fue la décima esposa la que, en un arrebato de curiosidad, abrió el almacén y descubrió lo que allí había. Cuando el conde quiso vengar la traición de la esposa número diez, los hermanos de esta ya estaban en el palacio armados hasta los dientes y mataron al conde a palos. Los dos fueron ajusticiados pese a todo. Y la décima mujer, ya embarazada por aquellos días, dio a luz al hombre que se convertiría más tarde en conde y que se dedicó a hacer lo mismo que su padre, sólo que con inocentes niños pequeños.

—Eso que cuentas es horrible, Pilar.

—Pero es fascinante. Yo siempre que puedo, investigo por mi cuenta, en mis ratos libres. Y lo más curioso de todo es que, tu amada, ya ha estado casada dos veces a pesar de su juventud. Y en ambos casos los maridos se llevaron cosas de valor del palacio y desaparecieron de forma tan misteriosa como el padre.

—Nunca hubiera imaginado que la familia de la mujer de mi vida sería tu hobbie.

Pedro estaba de broma, pero su hermana, comisaria de homicidios desde no hacía mucho, cerró el zippo y se puso muy seria.

—Pedro, aléjate de ella, hazme caso. En el curro veo cosas muy malas todos los días. Y si hay algo que he aprendido es que cuanto peor es la cosa, también es más hereditaria.

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Constanza despertó bañada en sudor. Como muchas mañanas, cuando al despertar el sueño se confunde con la vigilia y la realidad se desdibuja, sintió que las paredes de su cuarto en el palacio se alejaban las unas de las otras, dejándola en medio, sola.

Y de nuevo unas manos como zarpas, enormes, unas manos que debían protegerla y que, sin embargo, la sometían a sus caprichos, trataban de agarrarla a la cama. Pero esas manos no existían, Constanza lo sabía demasiado bien. Ya no podían hacerle daño. Hacía mucho que habían desaparecido. También hacía mucho que la policía había dejado de buscar. No volverían. Nunca más.

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CONSTANZA BARBAZUL

María Zaragoza

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