Blancanieves

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Llucia Ramis, por Domenech Umbert.

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1. Espejo a través

Me casé con él cuando Blanca tenía cinco años. Ella apenas recordaba a su madre, una cándida mujer perfecta que se mató siete meses después de que Blanca naciera en un accidente de tráfico por culpa de un jabalí que se le cruzó una noche de mayo. Ésta es la versión oficial. En la otra fue por culpa de un viaje distinto en el que colaboraron esa aguja y la nieve que bautizaron a la niña.

Hice lo que pude y lo que me permitió un trabajo que exigía una dedicación de horas y distancias. Un trabajo que me gustaba y al que no estaba dispuesta a renunciar aunque más de una vez me lo pidieran en casa.

Blanca era una niña espabilada y encantadora que no daba problemas; le gustaba dibujar, las calcomanías de Popeye y el zumo industrial. Él me adoraba. Solía decirme: «Te adoro». En otras cosas no era tan explícito, pero yo sabía que admiraba mi paciencia, la capacidad que tenía para organizar nuestro día a día –siempre que no tuviera que pasar largas temporadas fuera–, y alababa mi comprensión, propia de quienes, por sensibilidad, hábito o nostalgia, son capaces de recordar su propia infancia.

Por las noches, abrazados en la cama, mientras me hacía cosquillas en el cuello tras la oreja con su barba, susurraba que en aquel hogar había hecho falta una mujer, que yo era la más bella y él, el hombre más afortunado del mundo. También yo me sentía afortunada: formaba parte de una familia y allí había encontrado mi puerto. Tenía la impresión de que, hasta entonces, había ido a la deriva, sentimentalmente abandonada. Era la mejor en todo, la más responsable, la más aguerrida. Y, sin embargo, notaba que me faltaba algo. Por fin estaba completa. Como dirían las cursis: me sentía realizada.

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Me regaló un espejo importado de la Manufactura de Cristal de Lohr para que cada día recordara quién iluminaba la casa y su existencia. Lo pusimos en el vestidor.

Él repetía: eres mi reina. Vivíamos en un castillo construido sobre el aire, efímero equilibrio.

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Nos caímos cuando Blanca cumplió los trece y en ésas se mantuvo absolutamente para todo. Se volvió una chiquilla rebotona e impertinente que sacaba de quicio a su padre. De las inocentes calcomanías que venían con el Bollycao había pasado a coserse un piercing en el ombligo que se le infectó y, en la espalda, se estampó un par de tatuajes horteras.

Cada vez que volvía de un viaje, el panorama era el mismo: él miraba la televisión hundido en el sofá con el ceño fruncido porque había sido incapaz de sacarla de su habitación, en la que ella se había encerrado tras una nueva bronca, la enésima. Yo le besaba en la frente, él no me hacía puto caso, le pasaba una mano por la mejilla. Luego contenía un suspiro mientras me dirigía al cuarto de Blanca y golpeaba su puerta con los nudillos, le pedía permiso para entrar, ¿se puede?

Casi nunca me lo concedía. «No». Era una cría, pero argumentaba sus caprichos con la vehemencia de los adultos, a grito pelado, y aprendió a hacerme daño. «Vete a la mierda».

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Empezó a tratarme como una intrusa. No era su madre, no tenía derecho alguno a hablarle con condescendencia. Según ella, mientras yo estaba fuera, se llevaba de puta madre con su viejo, tenían una complicidad que nunca lograrían conmigo porque era fría y distante.

––Es curioso que digas eso, puesto que es a ti a quien pusieron Nieves de segundo nombre –le replicaba.

––No eres más que una malabarista de las palabras y las emociones, pero todo esto se te va a caer de las manos –me pareció que contestaba una vez. O tal vez lo haya inventado.

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Intentaba no hacerle mucho caso, chantajes de niñata, pensaba. Además, es otro quien manda. Pero lo cierto es que también él se fue distanciando. Cada vez que llegaba de un viaje, la casa me parecía más grande, largos pasillos se bifurcaban en mundos ajenos protegidos por puertas cerradas con llaves pesadas y densos silencios.

Poco a poco, dejamos de hacer el amor. Al meternos en la cama, se pasaba horas hablándome de su hija, «hoy se me ha puesto a llorar, dice que no la quiero lo suficiente, que es una incomprendida». Yo miraba al techo mientras el viento silbaba a través de la ventana. Me pedía ayuda. Insistía en que, si dejaba mi trabajo y pasaba más tiempo con ellos, todo se solucionaría; la costumbre se convertiría en una suerte de educación, Blanca acabaría por respetarme, todo volvería a ser como antes. Él podría mantenerme. No era capaz de cargar solo con las broncas de su hija, las necesidades domésticas y la añoranza de que no estuviera a su lado.

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Otras veces no hablaba. Simplemente se fumaba un porro para quedarse dormido con la cabeza apoyada en la almohada. Yo acariciaba mis brazos fláccidos, esos pechos que empezaban a arrugarse junto a las axilas, una barriga descolgada y la papada.

Ya no me sentía la mujer más bella del mundo. Otra era la reina de la casa.

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Le quería tanto que acabé accediendo. Sí, tuvo que ser por amor, por qué si no; por amor, claro, esa mierda de amor que te miente y te jura que todo lo puede. Cuando presenté la renuncia en la empresa, mi jefe me miró con ojos como platos y mencionó mi talento, la crisis, habló de la imprudencia, la temeridad, incluso la locura. El resumen vendría a ser: vales demasiado y no tienes edad para esto; no estás jugando, te la estás jugando. Estás perdiendo. Y de nuevo, ese pronombre átono que enfatiza el enunciado y lo vuelve definitivo: te has perdido.

Tenía razón, pero yo no podía o no quería saberlo.

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Los pasillos se estrecharon, las puertas se solidificaron, el silbido del viento a través de las ventanas era el único aire que llegaba, afilado, hasta mis pulmones.

Con Blanca las cosas no se arreglaron, al contrario. Mi marido delegó en mí muchas de sus responsabilidades como padre, en parte harto y en parte porque creyó que había empezado mi turno. Entenderla había dejado de resultarme fácil como lo fue al principio. O al revés, me veía tan fielmente reflejada en su actitud que la sola imagen que devolvía me horrorizaba; era como observarme a través de un espejo. Ella, por lo menos, podía amparar en su edad su libertad. Lo tenía todo menos una madre y esa madre con la que no podía contar le brindaba la excusa perfecta para sentirse una desgraciada y cargarme a mí con las culpas. Yo era una sustituta nefasta, la corroboración diaria de su carencia, la comparación odiosa.

Blanca no era una llorica, sino una chica altiva y muy sagaz que dominaba alegremente el arte de la manipulación. Estaba dispuesta a acabar conmigo. Y sin duda lo hubiera conseguido si yo no me hubiera adelantado.

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Me convertí en una bruja en su decimosexto aniversario. Blanca se había transformado en la viva imagen de su madre, una morenaza con cabellos de ébano, piel invernal y labios jugosos de un rojo sangriento, cuya carne descarada esculpía un pedazo de pin-up natural que tumbaba de espaldas.

No sólo era preciosa; hacía que a su lado me sintiera cascarrabias, regañona, mezquina y vieja. Su padre, confundido ya con el estampado floral de los cojines del sofá, había abandonado cualquier intento por encauzarla, y me tocaba a mí hablarle de las drogas, el sida, la dignidad femenina y esos tipejos con los que andaba.

El día de su cumpleaños, vinieron tres amigas suyas a buscarla para llevársela de fiesta. Se metieron juntas en el baño y salieron al cabo de media hora, con los ojos vidriosos y mordiéndose la boca por dentro, mientras se clavaban las uñas en la palma de la mano sin darse cuenta. Lo habían hecho en mi propia casa, sin respeto alguno por la familia ni vergüenza, dejando los restos  (burda prueba del delito) sobre la cisterna del váter.

Monté en cólera. Le solté toda esa mierda del pero quién te crees que eres jovencita, y de aquí no te mueves, y me importa un carajo que cumplas dieciséis, y estás castigada y vete ahora mismo a tu cuarto como si esto fuera una típica película norteamericana. No obedeció. Respondió que yo no era quién para decirle nada, que mi problema era que soy una malfollada y que le preguntara a su padre qué tal se lo montaban la chica que venía a limpiar y la vecina, porque ellas le permitían sexo anal, a diferencia de mí, que era una puta estrecha. «Nunca he oído berrear a mi padre tanto como cuando les da por el culo», me dijo.

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BLANCANIEVES

Llucia Ramis Laloux

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Vida

Nacida en Palma de Mallorca en 1977, Llucia Ramis es periodista y escritora. Ha desarrollado la mayor parte de su trabajo literario en lengua catalana, colaborando con distintos medios, entre los que destacan los diarios El Mundo y El Periódico. Ha obtenido el Premio Josep Pla de narrativa en catalán en 2010 por su novela Egosurfing, traducida posteriormente al castellano.

Obra

Cosas que et passen a Barcelona quan tens 30 anys. (2008)
Egosurfing, 2010.