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William Burroughs. Foto de Annie Leibovitz.
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Entonces, B.J., quieres que te cuente en una frase de qué va esta película. De antemano te digo que una frase no basta para resumir el argumento –ni siquiera una frase larga como una vida. Para los neófitos diré que trata de la cobertura del Seguro Sanitario Nacional que no recibimos; trata de los ingresos de la ramplona clase media, del rango de un Joe cualquiera que se deja la piel en dos trabajos por 15.000 al año mientras el Departamento del Tesoro le levanta sus dólares relucientes a fin de sufragar el bienestar y la sanidad de negratas y sudacas para que puedan seguir asaltando a su abuela, violando a su hermana y sodomizando a su hijo de diez años. ¿Cuánto dinero le quedará en el banco a ese Joe de los 15.000 pavos una vez pasado el cepillo del fisco? Menos que nada. ¿Podrá permitirse pagar 300 dólares diarios por una cama de hospital?
Todo para que los traficantes del bienestar y la sanidad le escupan a la cara sentados al volante de sus Mercedes… « ¿Para eso les pago?»
«Hay que tener cuidado con los comentarios racistas.»
«Bueno, es lo que sienten ciertos ciudadanos. También ellos forman parte del conjunto. Aunque al final el fascismo caiga derrotado por el sueño americano.»
Esta película va de sobrepoblación y del crecimiento desmedido de los aparatos burocráticos. La FDA y la AMA* y las grandes compañías farmacéuticas son como un pulpo para el ciudadano. Pongamos que te estás muriendo de cáncer, eh, el doctor no te da esperanzas y te quiere lo antes posible fuera de su consulta porque careces de seguro médico y no tienes derecho a recibir asistencia sanitaria. A lo más que llega es a hacerte una radiografía a regañadientes y a recetarte Darvon. Todo cantamañanas capaz de recetarle Darvon a un canceroso terminal merece acabar limpiando jaulas en una clínica veterinaria.
En cambio tú querrías hacer aún algo para combatir tu gran C. Has oído hablar del laetril, del acumulador de energía orgónica de Reich, un aparato magnético inventado en Francia por este doctor, querrías recurrir a otro médico francés que ha curado el cáncer inoculando la enfermedad de Chagas, o a ese otro en Rumanía… ¿Podrías pensar siquiera en probar tales remedios? Una mierda. La FDA jamás los dejará entrar en el mercado –si hasta llegaron a destruir los escritos de Reich. ¿Entonces quién decide que tomes laetril o uses un acumulador orgónico para tratarte un cáncer terminal, la FDA o tú? Al fin y al cabo, el que se muere eres tú.
¿Es eso libertad? ¿Son esos los principios que rigen América?
Así se va hundiendo América. Todos fabricando sus propias medicinas en sus garajes, en sus sótanos, en sus lofts, todos prestando sus propios servicios, todos con un manual de bolsillo titulado: No necesitas un médico. Cualquier chico aprende en el colegio a poner una inyección. No hace falta un médico para tratar dolencias simples como la lepra, la sífilis, el tifus, la malaria o la disentería. Tan sólo es preciso el acceso a los medicamentos.
Para aplacar el dolor y las molestias de esos y otros trastornos, han de administrarse pertinentes dosis de láudano cada ocho horas, acompañadas de las correspondientes inyecciones de morfina en el caso de que persista cualquier molestia residual, ya que un adecuado tratamiento con opiáceos, con sus consiguientes euforias y alivios, es una de las mejores maneras de neutralizar las penurias de la enfermedad. La medicina de Dios no debería faltar nunca en ningún botiquín, y en cambio Mamá Estado nos cierra el candado y se echa la llave al cuello. Ahí la tienen, manoseándola mientras ojea la portada del Saturday Evening Post.
Esta película trata de América. De lo que fue América, de lo que podría ser, y cómo los detractores del sueño americano acaban siendo derrotados. Nos han enseñado que si colocas un producto mejor en el libre mercado, éste, por ser superior, se venderá. Pongamos que fabricas la Píldora Amazónica de los siete años en un laboratorio casero. ¿Cuánto crees que tardarás en obtener el visto bueno de la FDA para comercializar la fórmula en el mercado farmacéutico? No vivirás para saberlo. En esta película prescindiremos de tal permiso. La Medicina ha pasado a la clandestinidad, y la Medicina sumergida salvará al mundo del desastre.
Esta película habla del cáncer, que ya es un argumento poderoso. Los médicos hablan de epidemia. En este filme, el virus B-23, de mutación biológica, logrará detener una cepa epidémica de cáncer-relámpago y devolverá la humanidad a un estado de prístina salud.
Esta película va de esa ciudad que todos conocemos y amamos, una ciudad que representa a todas las ciudades, centro mundial de la medicina sumergida, la más glamurosa, la más peligrosa, la más exótica, con diferencia la más vital que el mundo haya conocido jamás. El único transporte público es el de la vieja IRT, cuyos convoyes surcan a cinco por hora los túneles apenas iluminados. Las otras líneas han caído en un ruinoso desuso. Vagones movidos por tracción humana o a vapor, estaciones convertidas en mercados. Los túneles más profundos han quedado inundados, dando origen a una suerte de Venecia subterránea.
Las azoteas de los rascacielos en ruinas, sin servicio de ascensores desde las revueltas, han sido ocupadas por pandillas de paracaidistas y autogiristas, escaladores y deshollinadores. Un chico del cielo salta desde su ático y maneja las cuerdas del paracaídas hasta posarse a pie de calle. El paracaídas puede recogerse bien enrollándolo manualmente, girando unos tornos, o con un motor delco. (Los chicos del cielo compiten con los del subsuelo por el control eléctrico de la parte baja de la ciudad.) Los chicos del cielo usan a menudo telesillas para zigzaguear de una plataforma de salto a otra o vuelan de tejado en tejado en ala delta o en autogiro. Los edificios han sido unidos por puentes colgantes, un laberíntico entramado de plataformas, pasarelas, poleas y cables. Dentro de los edificios se han instalado montacargas ligeros con capacidad para apenas unos pocos centenares de kilos.
Durante las revueltas de 1984, ciertos gamberros vaciaron los acuarios, y peces, reptiles y anfibios fueron a parar a las alcantarillas de Nueva York, de modo que ahora tiburones de agua dulce nadan en el Hudson, cocodrilos, boas acuáticas, pirañas y anguilas eléctricas infestan túneles del metro, pantanos y canales, a veces se materializan en piscinas, bañeras e inodoros. También fueron liberados los animales del zoo, de modo que una manada de osos asesinos se mueve ahora por Central Park. El leopardo antropófago de la Tercera Avenida fue finalmente abatido junto a un árbol desde una torreta de operaciones tras arrojarle a un maricón a medio devorar como cebo. Otras especies se han asentado en coexistencia: chacales, lobos, zorros y hienas conviven con hordas de perros salvajes.
Éste es el trasfondo en el que se desarrolla la película. Cualquier droga, cualquier vicio puede encontrarse y adquirirse aquí por un módico precio.
Esta película va también de una segunda oportunidad para Billy, el blade runner, y para la humanidad al completo, gracias a que el virus actúa como un agujero en el tiempo que permite a Billy desplazarse al pasado –que es a su vez el futuro.
Esta película habla del futuro de la medicina y del futuro del hombre, incluso cuando el hombre carece de futuro a menos que pueda soltar el lastre muerto del pasado y reabsorber la esencia subyacente en su propio ser. Al final, la medicina sumergida y el establisment de la sanidad acaban fusionándose para el amplio beneficio de ambos. El abultado número de facultativos sin licencia libera de una enorme carga de trabajo al resto de la profesión, reduciendo de forma drástica los costes y los precios de la asistencia médica. Fármacos y tratamientos experimentales tienen ahora vía libre y acceso al equipamiento y los recursos de los laboratorios más modernos. Los médicos aprenden, además de medicina occidental, técnicas de acupuntura, osteopatía, remedios herbáceos y demás métodos de la tradición médica oriental. Emergen nuevas especialidades, como la medicina profiláctica… «Si tú te enfermas, yo te pago.» Los nuevos profesionales han aprendido a contemplar al paciente como un organismo que interactúa con su entorno. ¿A qué enfermedades podrá estar expuesto ese organismo? ¿Cómo pueden detectarse esas dolencias con años de antelación a su desarrollo? Lejos de dejarlo en manos de las computadoras, el diagnóstico pasa a convertirse en un arte. Los hay capaces diagnosticar un caso valiéndose únicamente del sentido del olfato.
El médico aspira para oler, sacude la cabeza al tiempo que lanza una horrible sonrisa.
«Voy a transferir su caso al cardiólogo.»
Otros apuestan por perros detectores de enfermedades. El perro olisquea, acto seguido echa hacia atrás la cabeza y aúlla. El perro enseña los dientes y gruñe ominosamente ante un tumor incipiente.
Hay doctores jóvenes y atractivos que usan el contacto sexual como método diagnóstico. También la fotografía kiriliana, las psicofonías y el análisis caligráfico se consideran procedimientos habituales.
He aquí unas cuantas tomas de muestra.
… y baraja los fotogramas del filme como un mazo de cartas…
La escena es en el bajo Manhattan, 2014. Plantea el problema de cómo recrear el material en pantalla y presentar una ambientación propia de los años sesenta, contada por una voz omnisciente desde los años treinta. El narrador está al corriente de la Segunda Guerra Mundial, la bomba atómica, Vietnam, la lacra de la droga, la inflación, las estrellas del rock, la liberación de los homosexuales, la emancipación de la mujer, los Panteras Negras. ¿Cómo expresar en pantalla esas vivencias ambientadas en los sesenta desde la óptica de los años treinta y determinar los aspectos del saber general a treinta años vista? Cierto que una voz en off podría hacer un breve resumen introductorio de los hitos y sucesos que separan al mundo del espectador de ese otro plasmado en el celuloide; pero sonaría absurdo, esa clase de narrador conferiría un tono forzado, un recurso nada creíble.
¿Cómo construir y montar entonces el escenario a partir de lo que la gente dice, hace y vive en el filme? Una película de la Segunda Guerra Mundial en la tele, un tipo que paga tres dólares por un corte de pelo, un documental sobre el vigésimo aniversario de la bomba atómica, un freganchín cobrando un cheque de noventa pavos en concepto de paga semanal, la brigada de narcóticos arrestando a un ídolo del pop, la guerra de Vietnam en las noticias, manifestaciones, flashbacks. De ese modo el público capta el decorado a cucharadas y de modo fragmentario.
Veamos ahora la ambientación que propone el guión para 1999…
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* Food and Drugs Administration (Deparmento de Alimentación y Fármacos) y American Medical Association (Asociación americana de médicos) (Nota del traductor)
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William S. Burroughs
Traducción de Daniel Ortiz Peñate
EDICIONES ESCALERA









Adquirir la novela será cosa del futuro, pero joder! se presenta “genial” AHORA.